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Basterretxea dice que la escultura vasca es solemne, hecha para que dure

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domingo, 24/02/13 - 11:26

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Bilbao, 24 feb (EFE).- Néstor Basterretxea, el autor vasco vivo más importante, opina que la escultura vasca "es densa, con cierta solemnidad, es como hecha para que dure mucho tiempo, frente al criterio mediterráneo, que es lo gracioso, lo gestual, más efímero".

Basterretxea dice que la escultura vasca es solemne, hecha para que dure

Bilbao, 24 feb (EFE).- Néstor Basterretxea, el autor vasco vivo más importante, opina que la escultura vasca "es densa, con cierta solemnidad, es como hecha para que dure mucho tiempo, frente al criterio mediterráneo, que es lo gracioso, lo gestual, más efímero".

Basterretxea (Bermeo, 1924) repasa su trayectoria en una entrevista con Efe con motivo de la exposición antológica que con 200 obras suyas será inaugurada mañana en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, de la que está orgulloso: "El montaje es maravilloso, con mucho la mejor exposición que me han hecho".

Coetáneo de los dos grandes escultores vascos, Jorge Oteiza y Eduardo Chillida, fue íntimo amigo del primero, "la única persona" de la que se atreve a decir que "era un genio".

El artista se inició en el arte con la pintura, una época de la que recuerda que le "impresionó horrores Gutiérrez Solana", (Madrid, 1886 - Madrid, 1945), que pintó la España sórdida del 98 del siglo XIX.

"Algunas obras de arte son el testimonio de algo que nos ha pasado: yo sufrí mucho, el exilio, persecuciones... y de eso no puedes olvidarte; por eso, que yo me enamorara de las negruras de Gutiérrez Solana está bien, era el ánimo que yo tenía", rememora.

Años después se pasó al color: "Cuando tuve necesidad de ampliar mi gesto, me fijé en el muralismo mexicano. El que más me interesó fue (José Clemente) Orozco", un autor de grandes y coloridos murales.

En el exilio, en Argentina, conoció a Jorge Oteiza. Al regresar ambos a España, ganaron el concurso para pintar y esculpir la basílica de Arantzazu (Gipuzkoa), la obra que les cambió la vida a ellos y al arte vasco.

Basterretxea pintó once frescos en la cripta, Oteiza hizo las esculturas exteriores.

Su arte rupturista fue incomprensible para los franciscanos de la época, que borraron los frescos. El asunto pasó hasta por el Vaticano. Años después Basterretxea rehizo las pinturas, que hoy se pueden contemplar en el santuario.

"Estando allí nos hicieron unas acusaciones terribles, que si éramos maricones, comunistas, ateos, aquello nos hizo mucho daño. Por lo visto, venía de gente muy importante de Guipúzcoa, muy de derechas supongo, y al final prescindieron de nosotros con una patada", recuerda.

El caso sirvió para reforzar su amistad y para dar el salto a la escultura: "Nos habíamos hecho muy amigos, y él con su mujer y yo con mi mujer y mis cinco hijos convivíamos en Irún", puerta con puerta.

"La gente cree que cuando yo di el paso a la escultura fue por influencia de Jorge, y no fue así; si fuera lo diría, pero fue porque en mis experiencias descubrí que la línea tenía la capacidad de romper el plano ópticamente. Ahí descubrí la tercera dimensión; a Jorge que hiciera esculturas le hacía gracia, me animaba", apunta.

"Le debo a Jorge largas conversaciones fundamentales para mí. Me he llevado muchos disgustos con él, sin enfadarme, pero tenía una capacidad tremenda para romper una relación, para insultar; insultaba con gracia, pero no para el que lo recibía", ironiza hoy Basterretxea.

Fue entonces cuando comenzó su trayectoria escultórica, siempre abstracta, de grandes obras que se pueden ver hoy en numerosos espacios públicos -como la que preside el Parlamento vasco-.

Su evolución le llevó al círculo, la forma de varias de sus últimas obras. "Yo llegué al círculo, así como Oteiza llegó al vacío, y claro, ¿después del círculo qué? Hoy estoy sufriendo esa crisis", confiesa a sus 88 años, inquieto buscando un camino.

"Estoy haciendo unos dibujos monocromos, de ritmos abstractos, pero después me traiciono, los recorto y es un monte, o son paisajes; si yo no pusiera el término paisajes nadie diría que son paisajes, pero sí, ahí sigo, en la valoración de la abstracción", añade.

"Ahí estoy, no creas que estoy contento, todavía me siento capaz de discurrir, si estuviera ya 'txotxolo' (atontado, en euskera) no me importaría, volvería a los principios como hacen muchos. Pasa en muchos artistas vascos que cinco o siete años antes de morirse vuelven a la figuración, habiendo siendo potentes. Yo no, lo que hago ahora es de una gran potencia", declara.

Para Basterretxea, la densidad es lo primordial, lejos del arte actual: "Hoy se exagera el valor de las instalaciones; por su propio sentido son una cosa efímera, breve, pequeña, puede ser graciosa, pero yo quiero ser todo lo contrario, que creo que es la característica del arte vasco, una fortaleza casi muscular, obras hechas para que duren".

El tiempo determinará la trascendencia de su obra, porque, como admite el escultor vasco: "Los jóvenes vienen a esta exposición y lo toman todo como algo pasado, muy caduco, muy sabido".

Roberto Cubero

(Agencia EFE)

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