viernes, 25/05/12 - 15: 04 h
Después de un duro día de trabajo, nada como llegar a casa, soltar las cosas, cerrar la puerta tras de sí y disfrutar de la paz y la tranquilidad del hogar. La estampa es tan idílica que parece casi sacada de una película. Sin embargo, a veces el cine se empeña en incomodar al espectador violando ese espacio privado en el que todo ser humano debería sentirse seguro. ¿Qué pasaría si un extraño entrase en medio de la noche con oscuras intenciones? ¿Y si la casa propia se convirtiese en una cárcel de la que resulta imposible escapar sin un rasguño? Ese es el planteamiento de Bajo amenaza y de tantas otras películas que giran en torno a la entrada de delincuentes en una vivienda en la que sus propietarios se convierten en rehenes. Inquietante.
En Bajo amenaza, que se estrena esta semana, Joel Schumacher coloca a Nicolas Cage y Nicole Kidman en la complicada tesitura de ser secuestrados en su propia casa. Son un matrimonio aparentemente bien avenido que una noche como otra cualquiera celebran una cena familiar. Con lo que no contaban era con tener invitados sorpresa. Un grupo de criminales que disfrazados de agentes se cuelan en la tranquilidad de su millonaria casa y les convierten en rehenes. Quieren lo que sea que haya en la caja fuerte, pero el marido no parece dispuesto a dárselo. Error.
Algo muy parecido al caso de los Miller en Bajo amenaza, aunque un poco más rocambolesco, es lo que les ocurría a Jodie Foster y Kristen Stewart en La habitación del pánico (2002). Lo de rocambolesco viene porque no es muy habitual, por rico que se sea, que uno se construya una habitación como la que da título a la película. Pero estando David Fincher de por medio… El caso es que el personaje de Foster se ha comprado una fabulosa vivienda de cuatro pisos en la que entre las múltiples estancias con las que cuenta se encuentra una que es un auténtico búnker. Así que si un grupo de hombres con mala pinta y armados irrumpen en casa por la noche, ningún sitio mejor para esconderse que la mencionada habitación. Lástima que sea en ella donde se esconde lo que entraron a buscar.
El dinero, las joyas o cosas de valor suele ser el móvil más recurrente a la hora de plantear un guión en el que los protagonistas son secuestrados en su propia casa. Incluso en España hay ejemplos de este tipo de películas. Secuestrados, estrenada el pasado año y dirigida por Miguel Ángel Rivas, contaba cómo una familia es asaltada el primer día en su casa de las afueras por un grupo de ladrones en busca de dinero. El tema del beneficio económico es recurrente, pero también lo de las casas aisladas. No parece muy inteligente por parte de los protagonistas de este tipo de películas lo de vivir tan a las afueras y, menos aún, lo de no poner rejas o contraventanas. Con un golpecito en el cristal los intrusos se cuelan dentro. Conclusión: casa aislada en medio de ninguna parte es sinónimo de problemas. Se ve venir desde la primera escena. Como en la francesa Ellos (2006).
Otro claro ejemplo de esto es Los extraños. Estrenada hace cuatro años y con Liv Taylor como protagonista, lo más descorazonador de esta película es que el objetivo de los intrusos no es el monetario. Simplemente, buscan emociones fuertes y hacer el mayor daño posible. La situación es la siguiente, una pareja joven que de vuelta de una boda decide pasar la noche en la casa de campo de la familia. Una velada romántica que se convierte en una verdadera pesadilla cuando tres extraños que cubren sus rostros con caretas irrumpen en la tranquilidad de la noche con una inocente pregunta. “¿Está Tamara?”. Lo más inquietante es que la historia está basada en hechos reales.
Pese a no tener anclajes con una historia real, más incómoda que Los extraños resulta Funny Games en cualquiera de sus dos versiones. El desasosiego que genera tiene su base en que continuamente se interpela al espectador introduciéndolo en las violencias escenas quiera o no. Dos jóvenes que irrumpen en las casas con la excusa de pedir huevos y secuestran a sus propietarios. Les torturan física y psicológicamente y resulta ingenuo pensar que la cosa va a terminar bien. Michael Haneke rodó esta historia por primera vez en 1997 y diez años después él mismo realizó el remake americano con Naomi Watts y Tim Roth.
Lo de secuestrar a gente en su propia casa y hacérselo pasar realmente mal no es algo de ahora ni una moda de la última década. En 1990, Mickey Rouke le hizo pasar 37 horas desesperadas a Anthony Hopkins cuando tras escaparse de la cárcel se refugió en la casa que ocupaba (su personaje, se entiende) junto a su mujer y sus dos hijos a la espera de que su cómplice llegase para echarle una mano en la huida. Remontándose a 1967 se encuentra el caso de la dulce Audrey Hepburn y como quedó a merced de unos gánsteres que buscan una muñeca llena de droga en su apartamento. Y para darle mayor dramatismo, el personaje de Hepburn en Sola en la oscuridad era ciego, lo que añadía mayor tensión a la historia.
Otro clásico que se enfrentó a un secuestro casero fue Frank Sinatra, aunque en Repentinamente (1954) él era el delincuente. Junto con otros dos hombres más irrumpe en una casa y secuestra a toda una familia. Todo porque desde sus ventanas tenían a tiro al presidente de los EEUU, que iba a pasar por allí, y querían eliminarlo.
¿Cómo sobrevivir a un secuestro en tu propia casa?
Por más que se le de vueltas y más vueltas, de las películas que existen de este tipo (y son unas cuantas) no puede sacarse una guía de comportamiento útil para la víctima de un secuestro así. En algunos casos, basta con seguir la corriente a los asaltantes, bailarles el agua y hacer lo que dicen en todo momento. Darles lo que quieren (sean joyas, dinero, droga o lo que se les antoje) puede funcionar.
¿Qué tal plantarles cara? A veces funciona, pero lo cierto es que el secuestrado suele estar en desventaja. Normalmente atado y sin armas. Y luego están los secuestradores desequilibrados de manual, como los de Funny Games, con los que resulta imposible acertar. Si se les sigue la corriente, malo. Si se les planta cara, peor aún. Lo mejor, vivir rodeado de vecinos, usar la rejas tan típicas de los primeros pisos y casas bajas españolas y no abrir la puerta a desconocidos.
Tampoco hay que ponerse siempre tan dramáticos
La tónica dominante es tender al dramatismo, la violencia y el terror. Pero, a veces, se dan casos extraños que son más bien para tomárselos sino a risa, al menos poco en serio. Por ejemplo, la adolescente Secuestrando a la señorita Tingle (1999), en la que Katie Holmes y dos compañeros más del instituto secuestran a su horrible profesora (Helen Mirren) para conseguir que esta no se chive de que estaban intentando hacer trampas en un examen.
También puede pasar que los rehenes elegidos no sean precisamente los más fáciles de manejar. En Esto (no) es un secuestro (1994) el pobre delincuente (sí, pobre) acaba desquiciado con la pareja formada por Kevin Spacey y Judy Davis. No son capaces de mantenerse unidos y evitar sus peleas ni con un secuestrador armado en su casa. Y para acabar, una que podría entrar dentro de la categoría: Coraline (2009), la adaptación que Henry Sellick hizo de la novela juvenil de Neil Gaiman. Una niña que un día descubre que al otro lado de una misteriosa puerta se encuentra una casa exactamente igual a la suya con unos padres como los suyos, pero que la prestan más atención. Eso sí, aquí el secuestro casi que lo va buscando ella misma y la llave para escapar está en su poder.
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