martes, 9 de febrero de 2010 - 22:38 h
El primer intento de transmisión de datos a través de la red precursora de Internet terminó con un error, demostrando que hay algunas cosas que nunca cambian por mucho que avance la tecnología
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El 29 de octubre de 1969 Charley Kline, en aquel momento estudiante de pregrado en la Universidad de California en Los Ángeles, y bajo la supervisión del profesor Leonard Kleinrock, se sentaba delante del ordenador Sigma-7 de la universidad dispuesto a intentar conectarse con y usar un ordenador SDS-940 instalado en el Instituto de Investigación de Stanford (SRI), a varios cientos de kilómetros de allí.
Esto, que en la actualidad nos parece trivial y no nos llama la atención en lo más mínimo, en aquel día era la primera vez que se intentaba, y para ello que no solo hubo que instalar una línea de datos especial que conectara las dos instituciones, sino que hubo que diseñar y construir también unos ordenadores especiales, conocidos como Interface Message Processors (Procesadores de Mensajes de Interfaz, IMP) que permitieran a dos ordenadores distintos y que nunca estuvieron pensados para comunicarse con otro ordenador hacer tal cosa, realizando una tarea muy similar a la que hacen los modems y routers que hoy en día conectan los ordenadores de nuestras casas y oficinas a Internet.
El objetivo de esta prueba era comprobar si en efecto era posible poner en la práctica la idea de conectar distintos ordenadores entre si de tal forma que los investigadores que trabajaban con la Agencia de Proyectos Avanzados de Investigación (ARPA) pudieran tener acceso a ellos independientemente de la ubicación física de ordenadores y personas y así poder optimizar el uso de los primeros, en aquella época un recurso muy caro y escaso pero que cada vez más investigadores solicitaban.
El primer IMP había sido instalado y probado en UCLA a principios de septiembre, pero solo se había comunicado con el ordenador al que estaba conectado. El segundo IMP, el de Stanford, llevaba allí desde el 1 de octubre, y también se había comunicado solo con «su» ordenador, por lo que aunque todo estuviera dispuesto físicamente desde unos días antes en realidad no había habido todavía ninguna transmisión de información a través de esa red recién montada.
Así que a eso de las nueve de la tarde Kline descolgó el teléfono que llevaba el IMP de UCLA, pulsó un botón, y a través de un canal especial de la línea de datos se puso en contacto con uno de los miembros del equipo de Douglas Engelbart en el SRI que descolgó el teléfono correspondiente del IMP allí instalado.
Una vez puestos en contacto Kline avisó de que iba a escribir una L, la primera letra del comando LOGIN que debía indicar el SDS-940 que deseaba iniciar una sesión en él, y pulso la tecla correspondiente. Después de hacerlo le preguntó a la persona que estaba en Stanford si la habían recibido, y esta le contestó que había recibido un código uno uno cuatro, lo que en efecto Kline pudo comprobar que se correspondía con una L en el código octal que manejaba el 940.
Luego pulsó la tecla O y de nuevo preguntó si la habían recibido, a lo que le contestaron que habían recibido un uno uno siete, en efecto una O.
A continuación escribió una G, pero en lugar de recibir la confirmación de que se había recibido del otro lado lo que oyó fue «El ordenador acaba de colgarse».
Lo que había pasado es que el 940 interpretó, correctamente, todo sea dicho, que Kline estaba intentando escribir LOGIN, y envió el comando entero para así evitar que tuviera que escribirlo todo, pero el programa que se encargaba de comunicarlo con el IMP, escrito por el investigador Bill Duvall del SRI, no estaba preparado para recibir varios caracteres a la vez, lo que provocó el cuelgue en cuestión.
Tras realizar las modificaciones oportunas en el programa, volvieron a intentarlo a las 22:30, y en esa segunda ocasión consiguieron iniciar la sesión sin ningún problema y Kline se puso a usar el 940 desde su terminal del Sigma-7 como si estuviera sentado delante de él, demostrando que el proyecto podía llevarse a la práctica, con lo que el 5 de diciembre ya estaban también conectados a la red los nodos de la Universidad de California en Santa Bárbara y de la Universidad de Utah.
Visto en perspectiva, fue un momento histórico, pues supuso la transmisión de los primeros datos a través de ARPANET, una red que, junto con otras similares que se fueron creando y conectando entre si, terminarían por convertirse en la Internet que usamos hoy en día, con lo que podemos decir que hoy Internet cumple 40 años, aunque para los protagonistas, tal y como recordaba Kleinrock en una entrevista en 2004, se trataba simplemente de hacer un trabajo, y no eran conscientes de lo que iba a acabar suponiendo aquella prueba que estaban haciendo.
También es cierto que como suele suceder en estos casos al final el uso más popular de ARPANet y las otras redes no fue el previsto inicialmente, que recordemos que era el de dar acceso a los investigadores a ordenadores, sino que los usuarios de la red fueron viendo muy pronto que el verdadero valor de esta era ponerlos en comunicación -el correo electrónico fue la primera aplicación en hacerse realmente popular- y más tarde la de dejar a su alcance cantidades ingentes de datos como se puede comprobar hoy en día dándose una vuelta por la World Wide Web.
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