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literatura

La indignación contra un policía fue el germen de `Fahrenheit 451´, de Ray Bradbury

David González | aviondepapel.tv

jueves, 07/06/12 - 06:00

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El origen de la novela `Fahrenheit 451´, del fallecido Ray Bradbury, es un relato titulado `El peatón´. Dicho relato nació de la indignación del escritor de Illinois, una noche que un policía lo detuvo cuando paseaba con un amigo. Poco después, ese relato y muchas otras historias convergieron. Hoy, Fahrenheit 451 es una de las novelas distópicas más importantes del siglo XX, metáfora de la resistencia ciudadana ante un Estado represor.

Viñeta de `Fahrenheit 451´

Ray Bradbury publicó en 1957 la incendiaria Fahrenheit 451 –la temperatura a la que arde el papel- . La novela cuenta la historia de un bombero que quema los libros prohibidos por orden de un Estado represor y la de una pequeña resistencia que los memoriza. El germen de este hito de la ciencia ficción fue un conato de indignación contra un policía que el escritor tuvo siete años antes.

Era la noche de 1950. Ray Bradbury paseaba con un amigo después una cena por la avenida Wilshire (Los Ángeles). De repente, un coche de la policía los detuvo. Un agente se bajó del vehículo y les preguntó qué estaban haciendo por aquella avenida, de noche cerrada.

“Poner un pie delante del otro”, le contestaría Bradbury, indignado.

“El policía siguió interrogándonos, nos preguntó por qué íbamos de peatones, como si el hecho de dar un paseo nocturno nos acercase peligrosamente al límite de la ley. Airado, volví a casa y me puse a escribir un relato titulado El peatón”, confesaría más tarde el escritor de Illinois en el prólogo de una novela gráfica. 

La novela gráfica es Fahrenheit 451 (451 Editores, 2010), cómic que versionaba su célebre libro, con guión del propio Bradbury e ilustrada por el dibujante Tim Hamilton.

En dicho prólogo el escritor relataba que, tras este desquite literario para calmar la indignación contra el agente de la ley, juntó al protagonista de El peatón con una joven llamada Clarisse McClellan. Otros cuentos fantásticos del novelista estadounidense giraban también sobre el abuso de autoridad, y todos ellos confluyeron en una precuela de Fahrenheit 451.

“Siete días más tarde había acabado el primer borrador de El bombero, la novela corta que no tardaría en convertirse en Fahrenheit 451”, añadiría el escritor.

Ray Bradbury también explicaba en aquel prólogo que no solo se sentía Montang, el bombero protagonista de su incendiaria novela, sino que, además, se identificaba con Clarisse McClellan, la joven antisocial tildada de loca por pensar y hacerse preguntas.

“Aunque una parte más oscura de mí es el jefe de bomberos, Beatty, mientas que mis aptitudes filosóficas las representa Faber (profesor de literatura)”, sentenciaba el escritor.

Ahora que Ray Bradbury nos ha dejado a sus 91 años, el mensaje de Fahrenheit 451, prende más que nunca. Es una de las novelas distópicas más importantes del siglo XX, junto a Un mundo feliz (Aldoux Huxley) y 1984 (George Orwell). Las tres coinciden en mostrarnos sociedades que están lejos de ser ideales.

Su influencia se encuentra presente en hitos de la literatura juvenil actual como Los juegos del hambre, Delirium o El corredor del laberinto, libros donde se dibuja un futuro muy poco prometedor.

“Pasados los años, al mirar hacia atrás, pensaba que El peatón era el verdadero germen. Solo en estos momentos, 50 años después de que aquel agente de la policía de Los Ángeles desafiara mi derecho a ser un peatón, soy capaz de ver las ideas insólitas que surgieron para desempeñar un papel en los relatos”, escribiría Bradbury en aquel prólogo del cómic que rejuvenecía su libro.

Así, una relectura hoy de Fahrenheit 451 nos devolvería hacia la misma pregunta dramática que inflama todo su novela. ¿Qué pasaría si prohibieran los libros? La respuesta es que muchos de nosotros nos los aprenderíamos de memoria, como única fórmula de resistencia.

No en vano, Bradbury lanzó una sugerencia en aquel prólogo de Fahrenheit 451 –el cómic-, que hoy rememoramos. El escritor nos pedía que cada uno de nosotros escogiéramos un libro, aquel libro que protegeríamos de hipotéticos bomberos censores.

Visto en la distancia, la propuesta, hoy, resuena como un ardiente epitafio.

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