“La crítica no tiene crédito” dice la periodista musical Patricia Godes. Patricia lleva varias décadas trabajando en esto, ha escrito muchos libros y ha sacudido casi todas las redacciones de la prensa, la radio y la televisión musical. “Clasificar un disco dentro de la pobre baraja prefijada de las etiquetas de marketing es todo lo que son capaces de hacer los que se arrogan la autoridad de críticos de música ligera”.
Muchos críticos no lo ven pero sus lectores sí: la crítica está —también— en crisis.
A los críticos se les puede encuadrar en tres categorías funcionales, siguiendo la clasificación apuntada por Constantino Bértolo en La cena de los notables, donde habla de los críticos literarios, pero para el caso bien nos vale. Y serían: catadores, guardianes o tribunos. Godes arremetía, en concreto, contra los primeros: “Sin otro bagaje que sus gustos y manías, el crítico se permite el lujo de despreciar géneros enteros y de negarse a adquirir formación especifica alguna” dice en ese mismo post. La función de estos catadores consiste en “animar o frenar el consumo” nos dice Bértolo pero “como el gusto suele ser bastante menos personal que lo que su propio narcisismo les lleva a creer, el gusto de estos críticos coincide casi siempre con el gusto dominante”.
La crítica patriarcal
Para Patricia, la confianza en “el criterio musical masculino y paternalista ha finiquitado” porque el público se ha hartado de leerles.
Que la aplastante mayoría de críticos musicales pertenecen a la categoría catadores se evidencia entre las opiniones de los propios periodistas, que en debates como este o las entrevistas realizadas para este artículo, radiografían un profesional cuyos aciertos y errores se adscriben a los gourmets de las sensaciones y las impresiones. Abundan, como dice Bértolo, porque consiguen apropiarse de un tono “radical” —o “macarra”, lo llama Virgina Arroyo en referencia a Daniel Gómez y “satírico” para Óscar Broc, o “gamberro” cuando Luis J. Menéndez habla de Javier Blánquez— que aún siendo radical, “no cuestione el gusto hegemónico”.
Sigamos con las categorías. Guardianes serían aquellos que juzgan las obras bajo criterios estrictamente musicales, para lo cual se necesita un amplio conocimiento de la música y su historia, que es prácticamente inencontrable entre la crítica, según suele recordar Patricia Godes.
Y por último los tribunos, un espécimen en peligro de extinción —Víctor Lenore, como único ejemplo encontrado— capaz de encuadrar las obras en el contexto de lo público y lo común, y juzgando si el disco es bueno o no por si mismo y si es bueno “para la salud de la sociedad”, como se dice en La cena de los notables.
Amigos y robots
Los críticos ya no están solos. Como dice uno de ellos, Pablo Vinuesa, “Internet ha cambiado las reglas del juego”. Contra el crítico catador o reseñista compiten todos los demás sistemas de recomendación personalizados: los amigos y los robots. “Toda vez que el público puede acceder de manera inmediata y gratuita a todos los contenidos que desee, creo que puede tener la misma influencia sobre el fan un artículo de un crítico musical respetado que la opinión de un amigo suyo en Twitter o Facebook” reflexiona Vinuesa, colaborador de Go Mag y Clone.
Luis J. Menéndez, redactor jefe en Madrid de la revista MondoSonoro y colaborador en otras como Cinemanía, recibía, nos cuenta, una opinión del músico Alexander Häcke, del grupo alemán Einstürzende Neubauten: “si bien las discográficas han dejado de tener sentido, la crítica musical es más necesaria que nunca, porque en un momento de caos total, de estímulos musicales que entran por los ojos y oídos cada segundo, es necesario que alguien ponga orden”.
Al igual que el resto de géneros periodísticos la crítica se tambalea sobre la desorientada transición del papel al digital. “Yo veo —habla Menéndez— que el periodista musical ha dejado de ser alguien que reflexiona y prescribe para convertirse en un portal obligado a escupir un nuevo videoclip o un nuevo mp3 en exclusiva para captar la atención de la gente”. Y añade, “me niego a pensar que el periodismo musical se va a reducir a meros embebedores de Youtubes”.
Personal radical
“Nuestra importancia como críticos no es la de hace unos años”, admite Vinuesa. Si la prensa quisiera avanzar hacia una nueva crítica musical tendría que encontrar la manera de volver a importar. Las críticas Virginia Arroyo (MondoSonoro, Go Mag, H Magazine, Neo2, Calle20), Beatriz G. Aranda (RollingStone, El País) y Laura Fernández (El Mundo Barcelona, MondoSonoro, Playground) parecen estar de acuerdo en que ese nuevo crítico debe reafirmarse en lo personal.
Para Arroyo, “una buena ‘Nueva Crítica’ sería aquella que no dependiera de los amiguismos, ni de las publicidades, ni del quedar bien y que se basara en lo que a uno le gusta y le disgusta” lo cual cree “imposible” porque el crítico es un “asalariado dentro de un engranaje donde marcas, promotoras y discográficas tienen mucho peso”. Fernández, que compagina la crítica musical con la literaria, cree que una de las diferencias es la ausencia de presión en el mundo de la música, donde jamás ha recibido la llamada de una discográfica, al contrario que en con las editoriales. "El mercado editorial se juega más que el musical. El musical prácticamente vive del directo y no tanto de la venta de discos, así que lo que le interesa es que se hable de sus bandas y que a la gente les suene". Sobre el perfil del crítico, Laura se apoya en lo que sostiene Kiko Amat en su ensayo Mil violines: “el crítico musical no debería separarse de la persona que se sirve el café, y a lo mejor se mancha el pijama bebiéndoselo, la persona con sus manías, sus defectos, su estado de ánimo ese día en concreto, todo eso, es el camino”, opina. Lo ve así porque la música “apela a partes de nuestro cerebro vinculadas con la persona que somos: nuestra infancia, nuestra adolescencia, todo lo que amamos y lo que detestamos” y por ello “podría resultar mucho más fiable una crítica en primera persona argumentada a la perfección que una crítica aséptica de un individuo que solo es un nombre al final del texto”.
Cuando la redactora jefa de RollingStone, Beatriz G. Aranda, se sienta a escribir una crítica se pregunta "¿qué opera dentro de un disco para convertirlo en algo bueno, significativo?". Y siente que solo puede dar respuesta a esa pregunta desde posiciones muy subjetivas. Le gusta cuando un disco refleja "la esencia general del momento que vivimos" y antes de escribir investiga sobre el artista como "origen" de la obra.
"Internet ha llenado el mundo de opiniones" reflexiona Aranda sobre los cambios que transforman la crítica. "Todo el mundo tiene su opinión, como antes, pero ahora también tienen espacio para hacerla pública. A veces siento que eso es polución, casi una dictadura. Todos son expertos en música, cualquiera con la Wikipedia abierta puede escribir de las cosas musicales, yo lo veo día a día en muchas páginas web dedicadas a la música. Pero ay, la sensibilidad es otra cosa, que se ha de alimentar con trabajo, esfuerzo, curiosidad y pasión". Para Beatriz hay que aplicar "sensibilidad" a la crítica musical igual que se hace en la de arte o literatura. Y respecto a la formación "falta cultura musical en España, faltan argumentos, falta debate cultural: aislarse de amiguismos, de escenas locales y pequeñas".
El apoyo del público, el arma principal para combatir la crisis.
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