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Ser músico en Irán donde el 'rock' está vetado y tienen prohibido bailar

18/01/2012 10:21 | Elena Cabrera
Hacer rock'n'roll, rapear, ser mujer cantante o montar un concierto sin permiso son acciones prohibidas que han llevado a la cárcel a muchos de los músicos indies de Teherán.
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Un año después de que Ahmadineyad ganara las elecciones presidenciales en Irán, el grupo de Saeid ‘Natch’ Nadjafi planeó un concierto secreto en Teherán para el que esperaban unas 200 personas. Se corrió la voz y se presentaron 700. Las autoridades también se enteraron de que el grupo de rock de Nadjafi estaba dando un concierto sin permiso en aquel año 2006, tocando unas canciones de influencia occidental que no solo no pasaban el control de la censura sino que además las cantaba una mujer. Ahmadineyad había prohibido la música rock y, al igual que hiciera Jomeini en 1979, la decretó satánica.

Aquella noche en Teherán más de 200 personas fueron arrestadas. Los tres miembros del grupo, llamado The Plastic Wave, pasaron quince días en la cárcel, les impusieron una multa del equivalente a 38.000 euros y les acusaron de satanistas.

Natch y su compañero Shayan Amini viven ahora en ese epicentro musical que es Brooklyn, y allí planean quedarse, aunque “no para siempre”, explica Saeid. “Nos gustaría vivir en un lugar donde podamos hacer nuestra música y estar orgullosos de ello, por ahora Brooklyn es un buen lugar para ello”. Él se pregunta “si volvemos a Irán, ¿podremos salir del país de nuevo o no?, me temo que, a tenor de nuestra condición, estaríamos en problemas”.


Según Nacht, sigue habiendo una escena underground en Teherán a pesar de que es aún más difícil que antes organizar un concierto, ni siquiera en la embajada de Austria, como ocurrió durante algún tiempo. “El que nosotros hicimos -recuerda- fue el más grande, pero no el último, aunque debido a lo que nos sucedió es ahora más arriesgado para todos. La escena aún está viva, esta ola no se va a detener, encontraremos la manera, de una forma u otra”.

“Es obvio que trabajar bajo estas circunstancias es difícil”. El que habla así es Sohrab Mahdavi y lo hace desde Teherán, con el habitual comedimiento empleado que usan los iraníes a la hora de expresarse sobre ese recorte de libertades que desde occidente definiríamos como régimen o dictadura sin mayor reparo. “La situación política del país está coartada, cualquier voz considerada peligrosa para la integridad del país es reprimida con medidas enérgicas”. Sohrab es el editor de la web TehranAvenue.

TehranAvenue es una página apasionante, incisiva y crítica sobre la vida artística menos conocida de la capital iraní. Al entrar en ella, aparece una pop-up sobre el dibujo de una reja. “En estos tiempos de censura ideológica y confusión ética —nos dicen— necesitamos reagruparnos y repensar cómo permanecer fieles a nuestras intenciones”. Y, en el párrafo final, nos indican que el sitio resurgirá de sus cenizas con el Año Nuevo.

Pero no la esperéis el 1 de enero de 2012, pues en esa fecha seguirá el mismo aviso, la misma reja y el mismo archivo con diez años de artículos. El Año Nuevo en el que esperaban renacer es el de hace doce meses, no este. Y no lo consiguieron.



Sohrab Mahdavi nos explica que tuvo que dejarlo “por razones personales” y dado que además querían rediseñarla, decidieron “suspenderla hasta que los tiempos sean más apropiados”. ¿Podéis escribir sobre cualquier cosa que queráis?, les preguntamos para este reportaje. “¿Si somos libres?”, se preguntan. “Sí y no, pero para explicar eso con detalle necesitaríamos escribir libros. Y preferiría no hacerlo” termina el editor a la manera bartlebiana.

Irán vive una situación tensa que el mismo Sohrab califica de “amenaza de guerra”. Esa tensión, situada dentro de un escenario de represión y control político-religioso sobre los iraníes, nos dibuja el asfixiante contexto de la protagonista de este artículo, la música underground.

En Occidente llamamos música underground a aquella que no tiene los atributos comerciales necesarios para vender masivamente. La etiquetamos como alternativa e independiente incluso cuando deja de serlo, como por ejemplo Nirvana despachando millones de copias desde los despachos de una multinacional. Pero underground en Irán es, en cambio, prácticamente todo lo que no es propaganda religiosa institucional.

Todos los músicos que deseen sacar un disco en Irán tienen que pasar primero por el Ministerio de Cultura. Allí escuchan las canciones y, si son del gusto de las autoridades, obtienen el permiso para ello, tres años después. Muy pocas obras consiguen esa aprobación, por ello, algunos grupos adaptan su música a las normas del Ministerio de Cultura, otros no.



“Ellos [las autoridades] quieren que la música pop dé la versión de la República Islámica de Irán que a ellos les gusta, y esa obviamente no es nuestra música. Ellos tienen miedo a que influyamos a la gente joven, porque el rock’n’roll va sobre rebelión y ellos le temen a eso” habla libremente Obaash que ahora vive con su grupo de punk Yellow Dogs también en Brooklyn, durante esta entrevista realizada por el periodista australiano Paul Farrell

Los miembros de Yellow Dogs sabían que nunca obtendrían permiso, así que ni siquiera lo intentaron. Decidieron permanecer en el underground, convertir el sótano de su lugar de ensayo en una sala secreta de conciertos. Tiraron abajo algunos tabiques y pusieron una pista de baile, decoraron el lugar, pusieron luces y vendieron entradas solo a los amigos para que no se corriera la voz, como le sucedió a Nacht. Las canciones de Yellow Dogs necesitan movimiento, baile. Pero bailar es ilegal en Irán, “piensan que es satánico”, dice Obaash. Es obligatorio que el público permanezca sentado. Los músicos pueden estar de pie, pero moviéndose poco. Esto es un poco difícil para los grupos de metal. O los de punk. O los de rock. En realidad para casi cualquier músico salvo los folk. El folclore, si se atiene a la tradición iraní, no está mal visto por el Ministerio de Cultura.

Los Yellow Dogs aparecieron en la película de Bahman Ghodabi Nadie sabe nada de gatos persas, su popularidad creció y tuvieron que salir del país. Esta película nos llamó la atención a los occidentales acerca de la censura ejercida sobre una juventud que quiere divertirse y montar grupos influidos por los Pixies, Stereolab o Animal Collective, como ocurre en la gran mayoría de las ciudades. El filme, tan bien acogido como el resto de la filmografía de Ghobadi por los festivales europeos, fue en cambio muy criticado por la propia escena que retrata. Esa crítica queda reflejada en una buena serie de artículos publicados por TehranAvenue. La objeción principal es la de tratarse de una película engañosa que intenta plantear una ficción como si fuera un documental. Sohrab lo explica mejor: “Ghobadi es un director talentoso cuyo talento también reside en calcular lo que el ojo occidental quiere y dárselo” y añade “nos gusta que los occidentales aprueben la manera en la que nos vemos a nosotros mismos”.



Paul Farrell ha viajado a Teherán, Estambul y Nueva York para realizar un reportaje sobre el underground iraní. “Por las conversaciones que he tenido con músicos, algunos de ellos involucrados en la producción de esta película —nos cuenta— la queja es que quizás este no haya sido un retrato muy realista de la escena musical, y además contiene algunas licencias dramáticas”. Pero el periodista, que admira tanto la película como al director, admite que si Ghobadi no la hubiera realizado, todas estas historias reales no habrían salido a la luz. La película obtuvo dos premios en el festival de Cannes en 2009. “Yo quería que ellos —las autoridades— sintieran la vergüenza de que un famoso artista iraní no pueda estrenar en su país” declaró en la rueda de prensa que siguió al estreno de esta película en el Festival de Cine de San Sebastián.

Bajo la amenaza de guerra, o bajo la crisis económica en Europa y Estados Unidos, nos arrebatan muchas buenas cosas” analiza Sohrab Mahdavi. “Irán es un país que ha sufrido los codazos y las intromisiones imperialistas. Y eso nunca nos ha hecho bien. En realidad, la música prospera bajo esos condicionantes. Cuando la gente sufre y se da cuenta de cuáles son las cosas esenciales en sus vidas, es cuando la música aflora como vehículo para comunicarlas”.



Hasta la instauración de la Revolución, la escena musical iraní de los años 70 fue una de las más notables, fértil en psicodelia, rock y folk, con afamados guitarristas como Kourosh. Cantantes pop tan populares como la actriz y solista Googoosh es un fenómeno impensable desde que Jomeini prohibió en 1979 que las mujeres pudieran cantar en solitario, a no ser que el público sea enteramente femenino.

Los grupos del underground pop, rock, post-rock, electrónico, blues o metal no tienen una actitud política, tan solo quieren hacer música. En el hip-hop, en cambio, sí hay intención, según nos cuenta el crítico musical Nassir Mashkouri expatriado en Suecia desde 1983. La escena alternativa no-autorizada que incluye todos los géneros corre en paralelo al mainstream autorizado de música popular. “Los músicos alternativos son conscientes de su poder y de la situación en la que viven”, algo que no sucedía hace cinco años. Pero el cambio reciente más importante reside, para Nassir, en como el hip-hop “ha creado un movimiento musical con conciencia política y social que expresa la vida de la actual generación de jóvenes iraníes en las grandes ciudades”. En los últimos años este género se ha convertido en una “formación” para que “la juventud cuente cómo es la vida underground en una sociedad opresiva” y también un “canal” para mostrar “la alienación de una juventud moderna y progresista”.

Es obvio que chicas raperas como Salome y la abiertamente lesbiana Saye Sky no pueden residir en Irán, por ello la primera vive en Japón y la segunda en Canadá. Desde allí, siguen rapeando.



“Estos jóvenes músicos están inmersos en una guerra muy silenciosa contra un sistema que les empuja hacia la discriminación cultural” explica Mashkouri, que actualmente trabaja en un reportaje sobre el hip-hop iraní. Para él, este género se ha convertido en una “contracultura en oposición a la cultura islámica”, se trata del “único canal para sacar a la luz y mostrar la realidad del duro y violento día a día de ciudades como Teherán”.

Internet y en especial Facebook, Twitter y YouTube son los medios que tienen los grupos del underground para salir del subsuelo mediático y hacerse oír. De igual manera, se conectan online para poder descubrir y escuchar música occidental, cuya venta y distribución está prohibida en Irán, o les llegan algunos programas de televisión vía satélite gracias a las parabólicas camufladas dentro de cajas de aire acondicionado, pues su instalación tampoco está permitida.

El grupo actual de Natch y Shayan Amini se llama The Casualty Process y en 2012 publicará un nuevo single digital titulado Mad World. Sus canciones de electrónica oscura influenciada por grupos como Depeche Mode o Nine Inch Nails y similares a, digamos, IAMX o She Wants Revenge, se descargan gratuitamente desde Soundcloud. “Nuestro público iraní no puede comprar el álbum online, así que por gratitud a nuestros fans y amigos que nos han ayudado durante años, ponemos el disco gratis en la web, aunque hay algunos enlaces donde comprar el álbum para aquellos que quieran apoyarnos” explica Nacht añadiendo que “por otro lado, esto nos ayuda a darnos más a conocer y alcanzar un público mayor”.



Aquel grupo que Nacht tenía en Teherán, The Plastic Wave, no podía tocar ni fuera ni dentro de las fronteras de su país. Fueron invitados dos veces a participar en el prestigioso festival de Austin (Texas) South By Southwest pero les denegaron el visado la primera vez, por lo que en lugar de viajar, participaron en el proyecto Impossible Music en el que otro grupo tocaba sus canciones y ellos asistían al evento por videoconferencia. Algo triste, pero pone el foco en la falta de libertades esenciales. “Nosotros hacemos música para tocarla y presentarla, no tiene sentido hacerla para ti mismo para siempre. O lo dejas o te vas a otro sitio donde te respeten como artista” reclama el músico. “Queremos tocar nuestras canciones y ver a la gente enfrente, sentirlos mientras nos escuchan, queremos comunicarnos con gente de cualquier parte del mundo. Por eso dejamos nuestro país, solo nos importa la música, no hay ningún motivo político para emigrar a Estados Unidos o cualquier otro país, es solo por la música”.

Farrell, que se encuentra elaborando un documental radiofónico sobre sus encuentros con los músicos indies iraníes, concluye que, en su opinión la escena se está enfrentando, en estos momentos, a grandes retos, "cada vez es más y más difícil trabajar bajo el radar del régimen pero, a la vez, hay una increíble cantidad de experimentación musical dentro de Irán ahora mismo, y continuará creciendo

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