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sábado, 27/12/14 - 06: 30 h

videojuegos

La tumba de Atari: en busca del tesoro enterrado (3/3)

Víctor Navarro

martes, 05/02/13 - 06:00

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Los operarios cavaron una zanja en la que vertían los cartuchos y las consolas. Luego pasaban con las excavadoras sobre ellos para romperlos y después lo cubrían todo arena. Al final, vertieron una gruesa capa de cemento. “Atari pensaba que con el cemento evitarían que la gente llegara hasta los juegos”, explica Joe, “pero lo que hicieron, en realidad, fue protegerlos. Habría sido mejor dejar que la basura se pudriera sobre los juegos y los dañara”.

En 2005, el diario El Paso Times contaba la historia de Bruce Snyder, un turista que visitaba la zona armado con una cámara de vídeo con la idea de descubrir el tesoro enterrado de Atari. “Quiero enseñarle a la gente dónde está para que dejen de especular”. Bruce decía que le gustaría encontrar el lugar exacto y cavar, pero no creía que esta “arqueología digital” fuera realmente posible.

“Cada poco tiempo aparece alguien diciendo ‘puedo probar que la leyenda es cierta’, empieza a hablar sobre el tema y al final fracasa estrepitosamente”, comenta Joe.

Podría decirse que Steven Clontz protagonizó uno de esos intentos fallidos. Steven y sus amigos montaron el proyecto ‘E.T.’s March’ en 2008, “una mezcla entre documental y falso documental” que habría narrado su viaje hasta Alamogordo para entrevistar a la gente de la zona y buscar la famosa tumba. Al final, por motivos personales y de presupuesto, el viaje nunca sucedió, pero consiguieron algo de ruido en la prensa especializada antes de cancelarlo.

“No llegamos muy lejos”, reconoce Steven, “pero llegamos a concertar una entrevista con el alcalde de Alamogordo y recopilamos artículos de aquellas fechas”. “Lo más importante”, continúa, “es que me di cuenta de que a lo mejor la historia puede ser un mito. Hay muchas pruebas de que pasó, pero desde luego no hay un montón de tierra con una señal de Atari clavada encima”. ¿Habría cavado, de todos modos? “Creo que ahora es un parking y no creo que a los propietarios les gustase la idea”, responde, “pero sí, seguramente habríamos buscado algo de tierra y lo habríamos intentado. Habría sido una gran escena, al fin y al cabo”. No se habrían topado con un aparcamiento, pero sí con una valla, según la descripción de Joe..

Enterrando a Atari

Hoy los videojuegos facturan más que el cine y la música pero, hace exactamente treinta años, la industria del ocio electrónico estuvo a punto de irse al carajo. El entierro masivo de cartuchos de Atari es un símbolo de ese gran crack del videojuego en 1983.

La burbuja empezó a mostrar síntomas de la inminente explosión un año antes, cuando Atari anunció que esperaba un incremento del 10 o el 15% en sus ventas, y no del 50%, como habían anunciado sus ejecutivos anteriormente (Kent, Steven L. 2001: The Ultimate History of Video-Games). Atari tenía problemas con sus proveedores y su nueva consola, la Atari 5200, no terminaba de convencer al público porque sus joysticks no funcionaban bien. La firma era la niña bonita de Warner, y esta noticia inesperada hundió las acciones de la multinacional.

Ese mismo año había puesto a la venta la versión para Atari 2600 del mítico Pacman. El juego  fallaba, los personajes parpadeaban, desaparecía de la pantalla y frustraba a los jugadores. Por si fuera poco, fabricaron 12 millones de cartuchos del juego, cuando sólo habían vendido 10 millones de videoconsolas en todo el mundo, confiando en que las ventas se dispararan gracias al tirón de la famosa máquina de arcade. No fue así. Mientras tanto, una empresa formada por exempleados de Atari, Activision, empezaba juegos de muchísima calidad. La confianza de los compradores se derrumbaba.

En julio, Atari y Steven Spielberg llegaron a un acuerdo para adaptar el taquillazo E.T. a la consola. El director cobraría 25 millones de dólares en royalties, independientemente de cómo se vendiera el juego y el título debía estar en las tiendas para la campaña navideña, en noviembre. Normalmente la creación de un juego llevaba unos seis meses, pero este se hizo en pocas semanas. El resultado fue desastroso. Ni “teléfono mi casa”, ni vuelos en bicicleta, ni Elliot: solo un extraterrestre dando vueltas y cayendo por agujeros. Fue la puntilla que necesitaba Atari para hundirse y arrastrar con ella a toda la industria.

Cuenten lo que cuenten los periódicos de la época o gente como Joe Lewandowski, la tumba de Atari estará rodeada de un halo mágico para siempre, o hasta que alguien la abra. “Algún día ocurrirá”, dice Joe. Pero en 1983 la industria del videojuego murió, fue enterrada en medio del desierto de Nuevo México y no resucitó hasta que, dos años más tarde, Nintendo puso a un fontanero italiano a comer setas y rescatar princesas.

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