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lainformacion.com

miércoles, 01/10/14 - 07: 06 h

asuntos sociales

La chocolatina que escribe: "Un indigente cobraba por hora más que yo"

Laura Albor

jueves, 04/04/13 - 06:15

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  • Tiene una carrera y un máster pero Javier López Menacho lleva años teniendo que aceptar todos los trabajos-basura que le ofrecen
  • Ahora recoge sus vivencias en un libro al que ha titulado Yo, precario

Javier López Menacho, autro de 'Yo, precario' | Fotografía: Ana Portnoy

Ha trabajado de chocolatina gigante, de controlador de máquinas de tabaco en bares, de captador de clientes, de narrador de partidos de fútbol… Todo ello durante los últimos meses y con un único objetivo: sobrevivir en Barcelona.

El protagonista de esta historia se llama Javier López Menacho, un joven de 30 años que es reflejo de parte de la juventud de nuestro país ‘condenada’ a trabajos precarios. Comenzó a escribir por desahogo y por pasión hasta que decidió enviar su manuscrito a una editorial y... ¡sorpresa! Se lo publicaron. Fue así como vio la luz Yo, precario un retrato emotivo y ácido de una sociedad que desaprovecha el talento de dos millones de jóvenes a los que ha formado para triunfar y a los que ahora niega un empleo.

Con una apretada agenda de promoción del ilbro, que ya va camino de la segunda edición, Javier saca un momento para hablar con lainformacion.com.

Veo que has tenido un montón de trabajos pero ¿qué querías ser cuando eras pequeño? Dibujante de cómics, lo que pasa es que mi destreza con el lápiz no era muy grande [Risas] Lo fui reconvirtiendo, quise ser futbolista como todos los niños y al final lo que más ilusión me hacía era ser escritor.

¿Y recuerdas cuál fue tu primer trabajo precario? Tenía 21 años y estuve montando un cine en Murcia. Yo creo que fue el primero de mucho esfuerzo y poca remuneración. Tenía que montar la sala de cine, cargar con las butacas...

De todos los trabajos que recoges en el libro, ¿cuál es el que recuerdas con más cariño? Sin duda, en el que hice de chocolatina gigante. Trataba con niños y eso te da mucha vitalidad, te da parte de la esencia básica del ser humano, la ilusión, el amor, el trato un poco ingenuo y ese tipo de cosas me ayudaban a salir moralmente de una realidad que es dura, una realidad un poco precaria en la que estaba yo en esos momentos. Los niños de alguna manera me rescataron.

¿Y cuál es el que no recomendarías ni a tu peor enemigo? El de auditor de máquinas de tabaco. Tenía que ir bar por bar anotando la marca que más se vendía. El problema era que por aquel entonces empezaba la ley antitabaco y había algunos bares que se sublevaban. Había un poco de pique entre las instituciones públicas y los bares y cuando yo iba a hacer un control me tomaban por alguien que les podía multar. No me trataban especialmente bien...

Tienes 30 años ¿por cuántos trabajos has pasado? Por muchos, muchos. He trabajado de todo, desde educador ambiental que me ecantó, hasta coordinador de una empresa de proyectos educativos y actualmente de redactor freelance. He tenido también buenos trabajos pero en el libro lo que relato es un año en Barcelona en el que paso por varias dificultades.

¿Cómo encontrabas todos esos empleos? Imagino que acabarías por no hacer ningún tipo de criba... Los que me hacían criba eran ellos a mí [risas]. Navegaba por internet, buscaba por Twitter, por portales de promotores... Me apuntaba a un montón de empleos y al final iba bajando el listón porque veía que no me contrataban. Empiezas a echar a todo, tenía cierta urgencia así que ante cualquier oferta pensaba: ¿Por qué no lo voy a hacer?

Y si pudieses trabajar de lo que quisieras ¿qué te gustaría ser? Escritor. Es lo que me siento, seguiría escribiendo libros y escribiría hasta el final.

Pues eso de alguna manera lo has conseguido ¿Cómo fue el hecho de publicar? Busqué editoriales que tuvieran un pensamiento crítico con la sociedad pero en un sentido constructivo. Me pareció que Libros del Lince era la que mejor casaba y lo envié sin demasiada esperanza porque yo no tengo padrinos y no conozco mucha gente dentro del mundo editorial. ¡Pero bueno! tuve la suerte de que a Enrique Murillo (el editor) le interesaron mucho las crónicas y en poco tiempo ha estado el libro en la calle.

¿Y cómo viviste todo el proceso de publicación del libro? ¿Te tuviste que pellizcar en algún momento? Llevo unos meses viviendo un sueño. ¡Imagínate! yo ahora laboralmente estoy bastante mejor pero uno no espera que Manuel Rivas le vaya a hacer el prólogo o que Miguel Brieva le vaya a hacer la portada. Para mí es un honor. Estoy viviendo un sueño del que no me quiero despertar, quiero seguir soñando.

Cuando estabas en Barcelona encadenando todos estos trabajos precarios ¿no pensaste en irte fuera de España? Lo pensé muchas veces, lo piensan muchas personas. Pero de alguna manera me vine a Barcelona liándome la toalla a la cabeza y buscando un sueño y así lo viví.

Este domingo precisamente hay una manifestación para denunciar la situación de 'exilio forzoso' de miles de jóvenes... ¿Has ido a muchas manifestaciones? Sí, la verdad que sí. Creo que sirven. Sin ir más lejos mira lo que ha conseguido la Plataforma de Afectados por la Hipoteca con el Tribunal Europeo diciendo que es anticonstitucional el tema de los desahucios. Creo que cuanta más gente vaya a las manifestaciones y luche por que exista justicia social a todos los niveles, mejor.

Dices en tu libro que llegaste a sentir envidia de un indigente ¿Por qué? Haciendo de promotor cobraba 4,5 euros la hora, miré al lado y vi a un indigente pidiendo en un supermercado que cobraba más dinero que yo a la hora. Sentí envidia y mucho pudor de mí mismo, porque me parece muy duro y muy doloroso que sienta envidia de una indigente porque no tiene casa, no tiene qué comer y está pidiendo. Sentí pudor, de alguna manera me sentí culpable de ese sentimiento.

Imagino que algo así te hace pensar en qué tipo de sociedad vives… Es verdad, te replanteas muchas cosas: qué estamos haciendo, hacia dónde vamos, por qué esas diferencias abismales a nivel económico entre las personas... Estamos en un momento en que tenemos que pensar en cómo construir una sociedad más justa, más igualitaria.

Cuando volvías a casa del trabajo, te ponías a escribir ¿era para ti una terapia? Empezó como una catarsis personal pero al mismo tiempo estaba yendo a unos cursos de periodismo narrativo en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y estaba conociendo voces como Hunter ThompsonRodrigo Fresán... que me estaban dando ideas de qué podía hacer yo para expulsar todo lo que tenía dentro. Era una manera de agarrarme a mis ilusiones, mi manera fue encauzarme hacia la escritura.

¿Y quién te gustaría que leyera este libro? No tengo ninguna preferencia en el sentido de que un escritor lo que quiere es que le lean pero me gustaría que lo leyeran los que están más arriba y los que tienen más poder. De alguna manera está describiendo la realidad dura de muchas personas que tienen trabajos precarios. Esto existe y hay que tener empatía social con esas personas, hay que buscar la manera de que tengan trabajos dignos.

¿Te sientes representante de tu generación? Me siento parte de esta generación pero no represento a nadie. Soy yo, he dado un testimonio que cualquiera puede coger y leer. Pero no me siento que represento a un colectivo ni soy quién para alzar la voz por nadie, cada uno tiene sus propias motivaciones y dificultades. Yo lo único que quiero es que me lean y tener un testimonio ahí que de alguna manera sirva para sacudir conciencias y emocionar al lector.

¿Con qué te gustaría que se quedara la gente de este libro? Ya me han mandado mensajes. Los que más me gustan son los de personas que lo han leído y que están en una situación regular y me dicen que el libro les da esperanza y optimismo. Cuando uno escribe quiere dar emociones al lector pero si le das emociones positivas es el no va más. Es mi gran recompensa.

Laura Albor

Redactora de cultura y sociedad

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