(Budapest, Hungría).
En el distrito octavo de Budapest, conocido por su pobreza y numerosa población gitana, la escuela primaria Lakatos Menyhert es una las 200 que los defensores de los derechos civiles de Hungría consideran “segregadas”. De hecho, la totalidad de los 120 alumnos matriculados en el centro son de etnia gitana.
Ninguno de los profesores, excepto dos, son gitanos. Además, carecen de formación específica para tratar con las necesidades especiales de estos alumnos. Solo una ínfima porción de estos alumnos gitanos conseguirán terminar sus estudios superiores en un centro de élite, el billete de entrada en Hungría para un trabajo decente e ingresos de clase media.
“La segregación en Hungría no se produce como consecuencia de unas leyes racistas”, explica Lilla Farkas, una abogada que trabaja con la ONG Chance for Children, cuyo objetivo es erradicar la segregación en las escuelas. “Hay una segregación de facto. Por diferentes razones en diferentes lugares, todos los niños gitanos, o al menos la gran mayoría de ellos, terminan en las mismas aulas o escuelas que los niños de familias desfavorecidas”.
En el distrito octavo, explica Farkas, en primer lugar hay una importante población gitana. Pero además los padres de los niños no gitanos se aseguran de matricular a sus hijos en otros lugares, en otras escuelas, en distritos más acomodados y “menos gitanos”. Muchos familias simplemente acaban por mudarse, lo que aumenta la concentración de gitanos en lugares como el distrito octavo. El resultado es que instituciones como la escuela Lakatos Menyhert terminan siendo una de las “escuelas para gitanos” de Hungría.
El European Roma Rights Center (ERRC), con sede en Budapest, calcula que hay unos 25.000 niños gitanos que reciben educación segregada en 1.500 aulas de escuelas públicas. La situación en Hungría, según la organización, no difiere demasiado de la de otros países vecinos de Centroeuropa, como Rumanía, Eslovaquia, Bulgaria y la República Checa.
Aunque las estadísticas no son del todo fiables (muchos gitanos ocultan su etnia a los encuestadores), se calcula que en Hungría viven entre 500.000 y 600.000 gitanos, un 5,5 por ciento de los 10 millones de habitantes del país. La gran mayoría de gitanos están por debajo del nivel medio de vida, y una tercera parte de ellos viven en la extrema pobreza. El colapso del comunismo no ha sido generoso con el pueblo gitano en Europa central. Muchas de las fábricas de poca especialización en la que trabajaban durante el comunismo desaparecieron al desmoronarse la industria.
En la década posterior a la caída del comunismo la pobreza entre los gitanos en Hungría de duplicó y el desempleo se disparó. La creciente disparidad de los niveles de ingresos han generado la segregación en vivienda y educación, alimentando asimismo la discriminación.
La segregación en las escuelas de Hungría es algo habitual, aún siendo un país que explícitamente lo prohíbe en su legislación.
“En papel somos los mejores”, asegura Victoria Mohasci, activista gitana y ex diputada del Parlamento Europeo. “Pero parece que tenemos esta ley para nada. El Ministerio de Educación no observa la segregación y no ejecuta la ley. No hay tampoco una gran oposición a esto, por parte de los padres húngaros, de la policía y de las autoridades locales”.
La escuela primaria Lakatos Menyhert es solo un modelo de segregación. En otras partes los niños gitanos son separados de los demás tras un examen, que les acaba arrinconando en aulas de menor nivel y con menos recursos presupuestarios y de personal. Los niños gitanos son a menudos diagnosticados erróneamente como niños intelectualmente discapacitados y colocados en escuelas especiales que perpetúan el ciclo de bajo nivel educativo, pobreza y exclusión. La ONG Chance for Children calcula que uno de cada cinco niños gitanos están diagnosticados de manera incorrecta.
En la escuela Lakatos Menyhert los profesores admiten que la situación es extrema, pero rechazan que se les asocie al término “segregación”.
“Los desafíos de enseñar aquí son inmensos. Cada día y cada lección es un desafío”, dice una de las profesoras de primer curso, que no es gitana. Admite que el entorno social y la cultura de los niños gitanos son especiales, y que a ella no le vendría mal formación especial para trabajar con ellos. Pero asegura que está haciéndolo lo mejor que sabe en las condiciones en las que tiene que trabajar.
“Los directores de estas escuelas o los alcaldes de algunos pueblos dicen que esto no es realmente segregación porque ni el sistema escolar ni el estado lo imponen.
Dicen que esto ocurre simplemente así como resultado de la composición étnica del distrito o del pueblo”, explica Farkas. De hecho, el equipo docente y los administradores de las escuelas segregadas luchan a menudo contra su cierre. “No quieren perder sus trabajos y no les culpo por ello”, dice Farkas, que reconoce que hay profesores que han enseñado en las “escuelas de gitanos” que después encuentran difícil encontrar trabajo en otros centros.
Todos los Gobiernos de Hungría (a nivel federal y local) tienen políticas para erradicar la exclusión y la pobreza de la población gitana. Los niños de esta etnia tienen garantizado el derecho a la educación y reciben libros de texto y comidas calientes gratuitas. El Gobierno y los fondos sociales de la UE han financiado algunas iniciativas para evitar la segregación y para formar a los profesores.
Pero los activistas dicen que los programas y la financiación son inadecuados y a menudo se implantan sin demasiada convicción. Lo cierto es por lo de ahora no se ha evitado ni la pérdida de nivel adquisitivo de los gitanos ni su segregación en las escuelas.
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