31/01/2010 01:30 Leer artículo completo en
La Razón digital
Es jueves, como casi siempre, y las manecillas del reloj están a punto de marcar las once de la mañana. Marcelo Álvarez llega al Teatro Real medio encogido, con un gorrito negro de lana calado hasta las cejas; calza zapatos blancos de suela de goma. El tenor cordobés (de la Córdoba argentina) es uno de los grandes y él lo sabe. Divertido, excesivo, cercano, fieramente humano, sería imposible amordazarlo. «Me gusta», dice riendo después de escuchar a María decir, mientras subimos en el ascensor, que «hace un frío pelón».