Me encontré por primera vez con Fausto cuando tenía cinco o seis años de edad. Recuerdo perfectamente la portada del libro de la colección Pulga y todavía más la manera en que me escondía por los rincones de casa para devorarlo. Dirán ustedes que no es el tipo de lectura que se espera en un niño de esa edad, pero aquella adaptación superaba con creces a las memeces que suelen publicar las editoriales de literatura infantil y confieso que pocas obras me han apasionado más.