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Miércoles, 05/08/15 - 00:01 h

La primera noche

Viernes, 08 de febrero del 2013 - 03:02

Lee el artículo completo en: La Voz Digital de Cádiz - Opinión

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La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.

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