sábado, 11/02/2012 - 03:49 h
Un grupo de la Universidad de Edimburgo avanza en la investigación del uso de bacterias para detectar explosivos en campo abierto. Víctor de Lorenzo, científico del CSIC cuyo laboratorio realizó un estudio previo en este campo, lamenta la falta de inversión.
Un avión cisterna rocía un campo minado con una sustancia que contiene una bacteria salvadora. En unas horas, este microorganismo reacciona con los residuos del explosivo y emite una luz fluorescente. Como un chivato óptico delata la situación de esa bomba que podría dejar a un ser humano sin un brazo, una pierna o, en el peor de los casos, sin su vida. Pero esto sólo es un deseo porque la financiación destinada a proyectos de este tipo casi no existe.
"La inversión para la investigación del desminado humanitario está bajo mínimos". Este es el lamento comprensible del profesor Víctor de Lorenzo, del Centro Nacional de Biotecnología (CSIC). De Lorenzo coordina un laboratorio centrado en la bioremediación, el uso de bacterias del suelo para eliminar sustancias contaminantes.
Su equipo programó genéticamente microorganismos para que, en contacto con el explosivo químico, emitieran una señal óptica. "Las pruebas en un sistema modelo, no en campo abierto, fueron positivas", reconoce este investigador, que finalmente publicó sus conclusiones en 2008. Aunque su análisis no es pionero en este campo, es un pequeño gran paso en la lucha contra las minas antipersona. "La investigación está en una fase de mucha lentitud por la falta de fondos", asegura De Lorenzo. "Hemos pasado de la preocupación por los objetivos humanitarios al interés por la seguridad", remata.
Pese a la ausencia de dinero, un grupo de científicos de la Universidad de Edimburgo ha desarrollado un proyecto en el que una bactería se pondría de color verde al contacto con las sustancias químicas del explosivo. Ese microorganismo, mezclado con una solución incolora y pulverizado en un terreno minado, detectaría el lugar donde 'duermen' estas bombas. Su coordinador, Alistair Elfick, ha afirmado que "este sensor antiminas es un ejemplo de innovación científica en beneficio de la sociedad".
¿Sólo diseño?
"En mi opinión es más un diseño que una implementación práctica", afirma con prudencia De Lorenzo, a falta de un estudio publicado o una patente. Según este científico español, el equipo de Elfick proviene de la biología sintética, "por lo que domina el campo del diseño, pero no la materialización del análisis teórico", remata. Los investigadores de Edimburgo aseguran que no tienen pensado pasar a la producción comercial, aunque creen que se conseguiría una alternativa barata a los actuales sistema de desactivación.
A pesar de que 156 estados ya han ratificado la Convención de Ottawa sobre la prohición de las minas terrestres, cada año se producen más de 5.000 accidentes relacionados con este tipo de explosivos, según la ONG Handicap
International. En 2008 se produjeron 5.197 casos; en 2007, 5.426; y en 2006, 5.751. Alrededor de 87 países tienen campos de minas sin
desactivar, entre ellos Somalia, Mozambique, Camboya, Irak
y Afganistán. Esta organización, al igual que De Lorenzo, también se queja de que "la financiación y los esfuerzos siguen siendo lamentablemente insuficientes en comparación con las necesidades".
Contaminación ambiental
Aunque el laboratorio de De Lorenzo continúa su investigación sobre bacterias y explosivos por "su propio interés, sin dinero", también se centra en la detección y eliminación de otras sustancias que afectan negativamente al medioambiente como los productos aromáticos, nitrados, clorados o, incluso, metales pesados como el arsénico.
La bioremedación estudia, por ejemplo, la degradación del fuel del medioambiente con el uso de bacterias. "El investigador reorganiza el sitio contaminado para que los microorganismos que permiten la eliminación de estos residuos puedan prosperar", afirma De Lorenzo. No consiste en echar las bacterias como si fueran una pócima mágica, sino de proporcionarles a "el escenario óptimo para degradar los contaminantes", asegura el científico. "Unas necesitan oxígeno para abandonar su inactividad, otras nitrógeno y algunas fósforo", remata el investigador del CSIC.
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