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jueves, 21/08/14 - 15: 23 h

ciencias (general)

Los tres duelos que Neil Armstrong le ganó a la muerte

Antonio Martínez Ron

domingo, 26/08/12 - 01:43

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Además de ser el primer hombre que pisó la Luna, Neil Armstrong fue un piloto excepcional y fue elegido para la misión por su sangre fría. Al menos en tres ocasiones sus nervios de acero y su destreza salvaron su vida y la de sus compañeros. Estos son los tres momentos en que Armstrong, fallecido este jueves a los 82 años de edad,  le ganó un órdago a la muerte.

El último desayuno de Neil Armstrong antes de viajar a la Luna  -Foto:

En la fotografía de su último desayuno antes de salir hacia la Luna, Neil Armstrong parece un simple oficinista. Lleva camisa blanca y corbata, y mastica un trozo de pollo mientras ojea la correspondencia.  Bajo esta apariencia anodina se oculta un veterano de guerra y uno de los más experimentados pilotos de las Fuerzas Aéreas estadounidenses. Aunque no aparenta la edad, a sus 39 años Armstrong ha volado en 78 misiones de combate en la guerra de Corea, tiene tres medallas por sus servicios y ha probado más de 200 modelos de aeronaves, incluyendo planeadores, helicópteros y el famoso avión cohete X15 que volaba en el límite de la atmósfera a velocidades por encima de los 6.000 kilómetros por hora.

Mientras se come el pollo empanado, Armstrong no parece un tipo que le haya ganado varias partidas a la muerte. Estuvo a punto de estrellarse en Corea, cuenta Andrew Smith en su libro "Lunáticos", y su cohete X15 se negó a encenderse tras ser arrojado desde un B-52. Pero los dos momentos clave que le han convertido en una leyenda entre sus compañeros han tenido lugar más recientemente, hace apenas unos meses, y el tercero está a punto de llegar.

Primera partida

La primera cita con la muerte tiene lugar en marzo de 1966, durante la misión Gemini 8, en el ensayo del primer acoplamiento en órbita de una nave tripulada, una maniobra tan compleja que ni siquiera los rusos habían conseguido realizarla. La idea era que Armstrong y su compañero David Scott acoplaran la nave Gemini al cohete Agena. Las cosas van más o menos bien, la nave se acopla al cohete, pero cuando se separan empiezan los problemas. De pronto, la nave Gemini empieza a girar sobre sí misma dando una vuelta de 360 grados cada segundo. Los giros son tan rápidos que ambos astronautas corren el riesgo de desmayarse o de chocar contra el cohete y parece imposible que el piloto Armstrong se haga con el control de la nave. La visión se le nubla y tiene fundidos a gris.

Durante largos segundos, Houston pierde la conexión con ambos astronautas y hay quien teme estar ante las primeras bajas estadounidenses de la carrera espacial. Un instante después, los controladores escuchan la voz de Armstrong por los altavoces. Con "sorprendente calma", según dijo después del director de vuelo, el astronauta explica que ha recobrado el control de la nave. Durante un instante de lucidez, y a la vista de que los propulsores de Gemini se habían atascado, Armstrong había usado el juego de motores auxiliares pensados para la reentrada en la Tierra, y había salvado la situación.

Segunda partida

La segunda cita con la muerte tiene lugar pocos meses antes del lanzamiento del Apolo 11. El 6 de mayo de 1968, Neil Armstrong participa en una serie de vuelos de prueba del módulo lunar de entrenamiento, un amasijo de hierros que vuela a duras penas y que los astronautas han bautizado como el "somier volador".

La idea es probar en un prototipo las maniobras que luego tendrán que hacer con el módulo lunar. Mientras se eleva con el módulo en un campo cerca de Houston, el aparato se pone a ascender, se ladea y empieza a propulsarse fuera de control. Un segundo y medio antes de que el aparato se estrelle contra el suelo y estalle en llamas, Neil Armstrong activa el botón de eyección y sale propulsado del vehículo mientras se despliega un paracaídas.

El primer hombre en la luna está a apenas un segundo de perderse la aventura y morir en el intento, pero su destreza y sangre fría le vuelven a poner a salvo.

Tercera partida

La tercera y última gran prueba la gana Armstrong el día más importante de su vida. El 20 de julio de 1969, después de tres días de viaje desde la Tierra, él y su compañero Buzz Aldrin se disponen a aterrizar sobre la superficie lunar a bordo del  vehículo "Eagle". La maniobra entraña un indudable riesgo para sus vidas, hay un plan para comunicar su muerte a la nación y el presidente Nixon tiene preparado un discurso alternativo por si fracasan.

A diez minutos del alunizaje y a 15.000 metros sobre la superficie lunar, una luz naranja empieza a brillar en la pantalla del ordenador. La palabra PROG aparece sobreimpresionada y el dispositivo anuncia que se trata del error 1202. Nadie sabe de qué se trata y nunca ha ocurrido nada parecido en las simulaciones. "Dadnos una lectura para la alarma 1202", reclama Armstrong con la mayor frialdad. El control de Houston supone que el ordenador está acumulando demasiadas tareas y decide seguir adelante con la misión.

Unos instantes después, descubren cuál es el problema del programa. Los radares del módulo corrigen súbitamente su posición y muestran que han estado volando a más velocidad de la programada y se han saltado el lugar de alunizaje. El ordenador les está llevando hacia un gran cráter con un montón de rocas y una zona completamente insegura. Houston se plantea abortar la misión, pero siguen adelante. Armstrong  activa un programa de control semiautomático, toma el control de la nave y la coloca prácticamente en vertical para buscar un lugar adecuado para aterrizar. Quedan noventa segundos de combustible y cuando el contador llegue a veinte el módulo les enviará automáticamente hacia arriba para salvarles con lo que queda. Cuando en tierra cantan 30 segundos, Buzz Aldrin observa la luz de contacto. Unos segundos después, justo al límite del tiempo de combustible, Armstrong logra posar el Eagle en lugar seguro.

"Houston, aquí base Tranquilidad. El Eagle ha alunizado".

 

La personalidad fría y distante de Neil Armstrong ha sido motivo de todo tipo de especulaciones. El escritor Norman Mailer, que convivió con algunos de los astronautas que fueron a la Luna, dijo de él que "era extraordinariamente remoto". "No era como los demás", escribió. Armstrong era metódico y calculador y conservaba la calma en las situaciones más extremas. "Neil nunca admite la sorpresa", decía su compañero Michael Collins, el astronauta que les esperó a Aldrin y a él en la órbita de la Luna. No le gustaba alardear ni le daba mayor importancia a los logros que había conseguido. Durante los siguientes cuarenta años se dedicó a huir de la prensa y a permanecer escondido de una hazaña que se le venía grande. Y quizá todas estas características le convirtieron en el héroe que la humanidad necesitaba para pisar la Luna. 

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