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lainformacion.com

miércoles, 16/04/14 - 13: 57 h

ciencias (general)

Nikola Tesla, ni médium ni mago ni extraterrestre

Antonio Martínez Ron

miércoles, 10/02/10 - 06:00

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La editorial Turner publica en español la biografía sobre el inventor más genial y visionario del siglo XX, un hombre capaz de predecir el funcionamiento del radar o de la electricidad sin hilos, pero cuyos logros han sido sistemáticamente distorsionados.

Nikola Tesla, en su laboratorio de Colorado Springs, hacia 1900  -Foto: lainformacion.com

Es quizá la fotografía más famosa de Nikola Tesla, está tomada hacia el año 1900. El inventor aparece leyendo apaciblemente en el centro de su laboratorio mientras varios rayos de millones de voltios cruzan la estancia y descargan sobre su cabeza. “Como cualquiera  se imaginará…”, reconocía más tarde Tesla en su diario, “no estaba presente mientras se producían las descargas”. La imagen era un montaje realizado mediante doble exposición, pero le sirvió durante años como reclamo publicitario.

La vida del inventor más genial del siglo XX se parece bastante a la historia de esta fotografía. A pesar de haber sido una de las mentes más privilegiadas de la historia, el creador de la corriente alterna, inventor de la radio o el control remoto, cultivó una imagen sobrenatural de sí mismo que acabaría pasando factura a su credibilidad y a la financiación de sus inventos en sus últimos años.

En los límites de la realidad


El afán de Tesla por dejar boquiabierta a la multitud le llevó a protagonizar espectáculos que tenían más que ver con la magia que con la ciencia y a realizar los anuncios más descabellados en cuanto se topaba con un periodista. “He captado señales extraterrestres”, era capaz de asegurar, cuando no se exhibía con su bombilla sin hilos o anunciaba a los medios la creación de una “máquina de hacer terremotos”, capaz de “partir la Tierra en dos mitades”.

Con semejantes puestas en escena, no es de extrañar que algunos empezaran a ver al inventor serbio como un extraterrestre procedente de Venus o un mago capaz de lanzar rayos con las manos. Y en buena medida los inversores dejaron de creer en él por las promesas desorbitadas que nunca terminaba de cumplir.

Nikola Tesla, el genio al que robaron la luz, publicado por la editorial Turner, es una biografía tan fascinante como la propia vida del inventor, un repaso a los hechos del hombre que permitió iluminar las ciudades, que tomó las primeras fotografías en rayos X, que predijo los principios que servirían para inventar el radar y que diseñó los primeros misiles teledirigidos.

El libro contiene todas las claves para entender a un personaje que se movió entre la realidad y la fantasía, y recoge sus sueños para iluminar la Tierra por la noche, construir un túnel bajo el océano Atlántico o “poner en pie un gigantesco anillo sobre el Ecuador” para viajar de un extremo al otro del planeta.

Sin embargo, algún lector escrupuloso encontrará que la biografía cae en el mismo juego que marcó la vida del inventor: no separa sus verdaderos logros de las simples imaginaciones, cuando no se desliza por la peligrosa pendiente de lo misterioso y sobrenatural. Así, la autora llega a dar carta de naturaleza a los poderes “extrasensoriales” de Tesla (página 84) y a aceptar la existencia de entidades fantasmagóricas que aparecen en fotografías (página 120).

Un análisis distanciado

La figura de Nikola Tesla fue maltratada por algunos de sus contemporáneos (que robaron sus patentes) y olvidada injustamente por las generaciones posteriores. Lo que sobrevivió estaba envuelto en el misterio y la mixtificación (conexiones marcianas o “rayos de la muerte” capaces de quemar vastas extensiones de la tundra). Tantas décadas después, Tesla está reclamando un análisis distanciado y objetivo sobre lo que realmente logró y lo que solo fue un producto de su imaginación. Un relato capaz de separar el grano de la paja, los apabullantes logros de un inventor sin precedentes y los frutos de su imaginación desbordante y a veces disparatada.

Ese Tesla humano y equivocado, el defensor de la eugenesia, el que pretendía demostrar que la teoría de Einstein era errónea, también se asoma en las páginas del libro. Aunque se intenten minimizar sus desaciertos con la vaga excusa de que se trata del “otro Tesla”, ese anciano que paseaba por los parques de Nueva York alimentando a las palomas, ese viejo arruinado con su maleta capaz de destruir el mundo, es tan real como el genio obsesionado con conducir energía por el aire.

Tesla no fue un médium, ni un mago ni un extraterrestre. Tuvo arrebatos de genio y de falsificador. En sus papeles, intervenidos por el Departamento de Defensa, seguramente no había ningún secreto extraordinario ni ninguna fórmula para crear armas del futuro. Sus patentes, en cambio, las que registró durante sus años más creativos, sí están negro sobre blanco y han servido para desarrollar buena parte de la tecnología del siglo XX, desde el radar hasta los aviones de despegue vertical.

Su mente fantasiosa y desbordada, sus equivocaciones, no hacen de Nikola Tesla un personaje más pequeño sino mucho más grande. Apartemos los fantasmas y quedémonos con el hombre, tal vez el inventor más brillante e imaginativo del siglo XX.

Algunas "visiones" de Tesla:

“Cualquier persona, en mar o en tierra, con un aparato sencillo y barato que cabe en un bolsillo, podría recibir noticias de cualquier parte del mundo o mensajes particulares destinados sólo al portador, la Tierra se asemejaría, pues, a un inconmensurable cerebro, capaz de emitir una respuesta desde cualquier punto”.



“Sentí el impulso entonces de acariciar el lomo de Macak, y lo que observé fue un hecho portentoso que me dejó sin habla […]. El lomo del gato resplandecía y, al pasarle la mano, saltaban crepitantes chispas que se oían por toda la habitación […] ¿Sería acaso la naturaleza como un gigantesco gato? Si así fuera, ¿quién acariciaría el lomo?”.



“En las capas altas, la atmósfera está enrarecida. Alcanzar unos cuantos kilómetros de altura en la atmósfera no entraña mayores dificultades que las de índole puramente mecánica. No hay duda de que con las posibilidades que brindan las altas frecuencias y los materiales aislantes, las descargas luminosas podrían surcar kilómetros de aire enrarecido, transportando así una energía de cientos de miles de caballos de fuerza capaces de poner en funcionamiento motores o lámparas, por alejados que estén de la central generadora”.



“Si se construye la central pertinente en una región árida y la ponemos en funcionamiento según determinadas observaciones y pautas, podríamos extraer de los océanos cantidades ilimitadas de agua para regar o generar energía eléctrica. Aunque no viviré para verlo, alguien lo conseguirá. Estoy convencido”.



Antonio Martínez Ron

Colaborador de Ciencia

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