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lainformacion.com

viernes, 22/08/14 - 19: 57 h

ciencias (general)

Por qué nos fascina el Apocalipsis

Antonio M. Ron

jueves, 20/12/12 - 23:49

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  • Los expertos creen que pensar en el fin del mundo relaja el nivel de estrés en algunas personas.
  • Apocalípticos y seguidores de las teorías de la conspiración tienen aspectos en común.

 

Por qué nos fascina el Apocalipsis  -Foto: lainformacion.com

El 20 de diciembre de 1954 un grupo de personas se reúne en la casa de Dorothy Martin a la espera del fin del mundo. Mediante escritura automática, esta ama de casa de Chicago ha predicho que en la medianoche del día 21 un platillo volante bajará de los cielos y se los llevará a todos para salvarles del Apocalipsis. A las 00,00h están todos reunidos en el salón y no sucede nada. Cuatro horas después, el grupo sigue en silencio a la espera del cataclismo. Finalmente, a las 4 de la madrugada, Martin rompe a llorar y un rato después vuelve a la escritura automática: su acto de fe, le comunican los alienígenas, ha sido tan poderoso que ha salvado al mundo.

Han transcurrido 58 años desde aquello y si alguien esperaba el supuesto apocalipsis previsto por el calendario maya se le habrá quedado la misma cara que al grupo de Dorothy Martin. Esta anécdota, que sirvió al psicólogo Leon Festinger para ilustrar un fenómeno conocido como disonancia cognitiva, es uno de los cientos de episodios de predicción apocalíptica experimentados por los seres humanos en los últimos 2.000 años. Pero, ¿por qué tenemos esta tendencia a predecir el fin de los tiempos? ¿Cuál es el motivo que nos induce a pensar que todo desaparecerá de golpe como consecuencia de alguna hecatombe?

Fascinados por el apocalipsis

El fenómeno tiene que ver con la atracción que sentimos por las películas sobre catástrofes y escenarios apocalípticos. En una encuesta de 2006 realizada por SciFi.com, una mayoría de estadounidenses aseguró creer que algún tipo de catástrofe pondría fin a la raza humana. El psiquiatra de Harvard Steven Schlozman cree que es ese escenario post-apocalíptico el que ejerce una atracción especial en el imaginario colectivo. En su opinión, la propensión hacia el pánico es una constante en la historia de la humanidad y recuerda episodios como la famosa transmisión radiofónica de Orson Welles en 1938 de “La guerra de los mundos”, en la que miles de oyentes huyeron alarmados de sus casas. “Toda esta incertidumbre y todo este miedo se unen y la gente piensa que la vida podría ser mejor después de un desastre”, asegura Schlozman a Scientific American. Por supuesto, no es algo que deseen realmente, sino con lo que les gusta fantasear.

En el caso del “apocalipsis maya”, parece dudoso que alguien crea que el mundo se va a acabar de verdad el 21 de diciembre. A pesar de todo, una encuesta realizada a escala global por Reuters en mayo reflejaba que un 10% de los encuestados creía en el fin del mundo. “Yo me atrevo a decir que la gente no se cree que se vaya a acabar todo”, asegura el astrónomo Javier Armentia a lainformacion.com, “pero este tipo de historias son virales y es muy tentador reenviarlas, o darles un ‘Me gusta’”. Armentia, que lleva años combatiendo como escéptico este tipo de profecías, recuerda la expectación que despertó la llegada del año 2000 o la predicción de Paco Rabanne de que la estación MIR caería sobre París en mitad del eclipse total de 1999. “El milenio llegó sin más”, recuerda Armentia, “pero la gente se olvida de lo que fue noticia y así se abre paso la siguiente predicción apocalíptica. Como sucede con la repetición anual del cuento de que "Marte se verá tan grande como la Luna el próximo 27 de agosto". 

Lorenzo DiTommaso, profesor del departamento de Religión de la Universidad Concordia, en Canadá, es especialista en teorías apocalípticas. En su opinión, las visiones sobre el apocalipsis apenas han cambiado en los últimos 2.000 años y se diferencian poco de las anunciadas en el Libro de Daniel, un texto judaico del siglo 2 antes de Cristo. “De alguna manera”, asegura, “somos prisioneros de nuestro pasado”. Para DiTommaso, las personas que se refugian en estas creencias tienen una respuesta adolescente, pues delegan cualquier responsabilidad. Este impulso refleja, en su opinión, “el deseo de escapar de esta existencia, castigar a los enemigos y ser justificado a la luz de un poder superior o una realidad trascendente”.

“Siempre hay algo”, asegura el psicólogo social Jeff Greenberg, “ya sea la bomba nuclear, el comunismo o ahora el terrorismo. Necesitamos estas cosas contra las que combatir heroicamente y superar nuestra ansiedad y desprotección”. Él y otros psicólogos creadores de la “Teoría del manejo del terror” consideran que los humanos elaboramos complicadas teorías por nuestra conciencia de la muerte y nuestro deseo de trascender de manera simbólica. Para Greenberg, los “Armagedones” atraen a ciertas personas – a menudo marginadas – como una expresión de descontento y esperanza en un futuro mejor. Para las personas religiosas, dice, el apocalipsis traería el paraíso en la Tierra y para las no creyentes prepararse para el fin del mundo es una manera de distraerse de la ansiedad de la vida diaria.   

Una respuesta evolutiva

El neurocientífico Shmuel Lissek, de la Universidad de Minnesota, considera que el circuito primitivo del miedo, el que se localiza en la amígdala, tiene que ver con estas respuestas irracionales. Y que la tendencia a ponerse en lo peor tiene una explicación evolutiva. “El miedo nos ha protegido de las amenazas”, asegura Lissek. “El coste de una amenaza inadvertida es mucho mayor que el de una falsa alarma”. Por otro lado, en colaboración con otros colegas, Lissek ha descubierto que cuando se somete a un sujeto a una experiencia desagradable, como por ejemplo un shock eléctrico, el estrés es mayor cuando aumenta la incertidumbre. En otras palabras, cuando alguien sabe que le van a dar una descarga, y le avisan del momento en que se va a producir, se relaja. Este proceso por el que la ansiedad se reduce a medida que desaparece la incertidumbre explicaría por qué algunas personas dejan de preocuparse cuando conocen que se va a producir un final o encuentran una especie de excusa mental para rebajar los niveles de estrés. El mismo mecanismo mental, quizás, por el que alguien va mucho más relajado a un examen cuando ha interiorizado de verdad que todo está perdido.

En cualquier caso, determinado tipo de personalidades son más propensas a refugiarse en las teorías apocalípticas. La psicóloga Karen Douglas, de la Universidad de Kent, estudia a las personas que creen en las teorías de la conspiración y cree que comparten algunas características psicológicas con los amantes de las predicciones del fin del mundo. Un elemento común en estos sujetos es su propensión a difundirlas. Y en la era de internet, tienen una herramienta ideal para divulgar sus fantasías.

“La tecnología está cambiando la manera en que pensamos”, asegura DiTommaso, quien cree que éste es “el primer apocalipsis público a nivel mundial”. “La inmediatez de los medios y las redes”, opina Javier Armentia, “no ha sido ajena al fenómeno del apocalipsis maya, y la amplificación que reciben estas noticias”. También se han difundido una y otra vez los desmentidos de estas predicciones, e incluso la NASA publicó un vídeo para el día después del 21 de diciembre explicando por qué no se ha acabado el mundo. Pero esos esfuerzos suelen tener pocos resultados. Como también da igual que el fin del mundo no llegue este viernes 21 de diciembre: probablemente, ‘conspiranoicos’ y ‘apocalípticos’ ya están preparando su predicción catastrófica para el año que viene.

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