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miércoles, 20/08/14 - 08: 17 h

investigación

Ramón y Cajal, un premio Nobel que no habría superado hoy una prueba psicotécnica

C.S.A.

martes, 01/05/12 - 08:07

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El premio Nobel de medicina español, el científico más importante de la historia de España, tuvo una infancia rebelde, una juventud delincuente y unas aficiones bastante peligrosas. Esta es su fascinante vida. Hoy se cumplen 160 años de su nacimiento. Google le homenajea con un 'doodle'.

Google homenajea a Ramón y Cajal  -Foto: Doodle de Google

¿Chico bueno de pueblo? No exactamente. Santiago Ramón y Cajal era una bestia: le encantaba lanzar piedras a sus amigos, asaltar viñas, robar melocotones, y por supuesto, romper cristales y faroles. El padre le daba soberbias palizas, pero el chico no se enderezaba.

Ramón y Cajal había nacido en un pueblo navarro llamado Petilla de Aragón. Era hijo del médico del pueblo, de origen aragonés.

Desde muy niño era, lo que se diría hoy, un grafitero. Embadurnaba tapias con la misma facilidad que pintaba cualquier pared, fachada o puerta. El padre repudiaba esta manía. Y en casa, en lugar de estudiar, el chico se la pasaba haciendo garabatos y pintando tonterías, un friki de los comics, pues creaba batallas fantásticas con corazas, caballos y guerreros, como el señor de los anillos.

Mamarrachos

Los padres pensaron que a lo mejor este arte era la vocación natural del chico y que podría tener talento. Consultaron con un conocido, que era especialista en restaurar obras de arte. Le enseñaron figuras humanas y el experto respondió: “¡Vaya mamarrachos!”. ¿De veras no tiene aptitudes para el arte?, preguntaron los padres. “Ninguna”, respondió el otro. “Es un pintamonas”. El chico estaba presente y volvió a su casa deprimido.

Fue entonces cuando el padre tomó la decisión de que el chico estudiara medicina cuando fuera mayor. Pero en la escuela, el chico resultó ser muy mediocre. Se escapaba, hacía pellas y a veces, pasaba varios días en el monte sin aparecer ni por la escuela ni por su casa.

El padre le daba palizas con todo lo que tenía a mano: con vergajos, con alicates, con palos.

Encerrado por mal comportamiento

En la escuela, el chaval hacía caricaturas y la pasaba a los compañeros, que se reían a gusto. Pero a los maestros no les gustaban nada estas caricaturas. Encerraban al niño en el cuarto oscuro para intimidarle. ¿Y qué hizo allí? Se ponía a pintar, usando la habitación como una cámara oscura pues entraban hilos de luz y formaban figuras al revés en el techo.

El padre al fin le trasladó a una escuela mejor cuando entró en bachillerato. Seguía con la convicción de que su hijo estudiase Medicina, pero éste discutía diciendo que eso sería perder tiempo y dinero, porque sólo le gustaba pintar, fueran grafitis, o en cuadernos, pero solo pintar. El padre intentó disuadirle refiriéndole la cantidad de artistas que habían fracasado. Incluso famosos artistas como Beethoven y Mozart que acabaron siendo “derrotados y mugrientos organistas de villorrio”. Era más práctico estudiar idiomas y aprender medicina, que ser artista.

El caso es que lo llevó a un colegio religioso para que hiciera el bachillerato pero advirtió a los curas de que su hijo era “corto”. Así lo dijo. “No le exijan lecciones al pie de la letra porque es corto”, dijo el padre, y añadió que el chico tenía problemas de expresión y no sabía explicarse muy bien.

Solitario y huraño

Sobra decir que no hubo piedad cuando el padre se dio la vuelta. El chico fue abochornado en público delante de sus compañeros, castigado y humillado. La única forma que tenía el chico de evadirse de aquel rebajamiento era pintar y dibujar. Se convirtió en un chaval huraño, pues su otra afición era dar paseos y excursiones en solitario.

Por más que lo intentaban, los curas no eran capaz de meter la gramática en la cabeza del chico. Los idiomas se le daban fatal, aunque el chico se defendía diciendo que no entendía un idioma que tenía más excepciones que reglas. Como era un internado y el chico era un mendrugo, los profesores decidieron castigarle con la pena del ayuno. Ya los correazos no servían. Pero el chico reaccionó con violencia: se dio con furia a enredar, a hablar en clase, a tramar burlas, a desafiar a los profesores. Como ya se sentía un apestado, le daba igual que le castigasen un poco más. Ya tenía la piel muy dura.

Le encerraban en una especie de celda, y el chico aprendía la forma de violar la cerradura. La llevaban a otra celda, y se escapaba por la ventana, escalando por la pared.

En la cárcel

En vacaciones, cuando regresó a su pueblo, el chico no mejoró. Se dedicó al boxeo con los amigos, y un día, en su tiempo libre, fabricó un cañón de madera, lo reforzó con alambre y hojalata, y lo ensayó contra la puerta de un cercado. El estampido dejó un enorme boquete en la puerta. Por supuesto, el labriego dueño de la puerta, lo denunció a la policía, y el chico acabó en la cárcel. Tenía once años. Y pasó las noches acompañado de pulgas, chinches y piojos. El padre no movió un dedo. Pero el chico no mejoró, porque al salir, se dedicó a las armas de fuego: le encantaban la pólvora, las escopetas y los fusiles.

Los padres le cambiaron de colegio pero al ver que no tenía aptitudes, dijeron que volviera al pueblo, y que se pusiese a trabajar. Le metieron en una peluquería. Y luego en una zapatería. Pero en sus tiempos libres, se emborrachaba e iba de juerga, y se enfrentaba a la policía. Le tenían fichado.

El chico seguía haciendo grafitis en las paredes y logró matricularse en una academia de esas de dibujo y pintura que anuncian por ahí. En la academia era el más adelantado pues acababa antes los modelos. El profesor tuvo que prestarle más modelos, y reconoció que era el discípulo más brillante que había pasado por la academia.

Médico porque sí

Pero los designios de su padre eran inviolables. Al terminar el bachillerato, se dedicó a la Medicina. El chaval se sumió en una profunda decepción. Nunca sobresalió en la carrera. Presionado por el padre, hizo oposiciones para ganar cátedras en la universidad, pero fracasaba una y otra vez. Para evadirse, salía con mujeres y entrenaba sus músculos con las pesas. Llegó a desarrollar un cuerpo atlético descomunal.

Como no era su vocación, estaba destinado a ser un médico mediocre que acabaría su vida sin mirar los ojos de sus pacientes, malhumorado y despreciado. Todo por culpa de padre. Pero un día, poco a poco, comenzó a mirar por el microscopio. Se fijó en las terminaciones nerviosas. Las dibujó con su arte innato, y descubrió las conexiones en las que nadie se había fijado. Pudo ser un gran pintor.

Al final fue premio Nobel de Medicina. 

Ha sido el mayor científico español. Eso sí, hoy no habría superado una prueba psicotécnica. 

(Este relato está sacado el libro autobiográfico de Ramón y Cajal "Infancia y Juventud", editorial Austral) 

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