sábado, 26/05/12 - 00: 42 h
Steve Jobs no deja Apple, porque Apple tiene el mismo sentido sin Jobs que Microsoft sin Bill Gates o Facebook sin Mark Zuckerberg. Cada uno a su modo, se han convertido en tres exponentes de un estilo de gestión que ha causado furor en el mundo de la tecnología. Su influencia proviene de algo más que el poder y el dinero. Ellos han dado a luz a toda una filosofía de vida, que hunde sus raíces en lo más profundo de Silicon Valley y actualiza el sueño americano a su versión 2.0.
Pero Jobs está un paso más allá. Jobs siempre viste de sport, con esos polos negros de manga larga que se han hecho célebres, y calza zapatillas de deporte. Incluso cuando el presidente de los Estados Unidos le invita a cenar con otros magnates del mundillo tecnológico, prescinde de formalidades y acude con su atuendo habitual, que a fin de cuentas se ha convertido ya en su uniforme de trabajo. A la derecha de Obama, el fundador de Facebook luciendo camisa. A la izquierda, un hombre a la altura de las circunstancias.
Probablemente no veremos muchas más fotos como esta. Jobs abandona las trincheras y vuelve a los cuarteles, al remanso de paz de Cupertino, donde podrá descansar de los pesares del cuerpo. La salud no le ha dado tregua en los últimos meses, aunque ha preferido no abandonar el campo de batalla hasta tener perfectamente trazado el plan de retirada y un reemplazo digno de ocupar su puesto. Después de todo, siempre se ha dicho de Jobs que es un aunténtico 'control freak', un fanático de tenerlo todo bajo control.
Entonces, ¿es preocupante su renuncia?
Mucho, y a la vez no tanto, ya que seguirá moviendo los hilos de la compañía desde un nuevo perfil. Jobs es para Apple lo que el oráculo era a la antigua Delfos: una fuente de sabiduría en la que depositar toda la confianza, alguien a quien consultar, el hombre con la clave del éxito. Da la impresión – o al menos eso ha logrado transmitir con su depurada forma de comunicar – de que Jobs siempre ha sabido lo que la gente andaba buscando.
Desde el primer momento. Y es que hablar de Jobs es hablar de dos etapas. Está el joven ingeniero que inventó el Mac y pasará a la historia como un pionero de la informática. Y luego está el Jobs que todos conocemos: el que dio en la tecla con el iPod, el iPhone y ahora el iPad. Entre medias, una etapa de desintoxicación fuera de la compañía que le llevó a fundar Pixar y Next, ambas adquiridas posteriormente por Apple.
Y no es sólo eso. Apple es Steve y Steve es Apple. No se trata de un simple juego de palabras. La empresa nació de la mano de dos Steves: Wozniak y Jobs. Ambos son símbolos de la compañía, pero sólo el que ahora renuncia ha alcanzado cotas de reconocimiento público y popularidad que le sitúan al nivel de la mismísima manzana como marca comercial. ¿Exageramos?
Se dice – no sin parte de razón – que gran parte de las ventas de Apple provienen de la estética, de una filosofía de vida asociada a un cierto nivel económico. Es cierto, mucha gente compra sus productos sólo por la manzana. Pero también, desde hace unos años, mucha gente los ha estado comprando porque lo decía Steve Jobs. Mejor dicho, por cómo lo decía Steve Jobs. A pesar de que, por sus problemas de salud, su imagen (y la de la empresa, sobre todo ante los mercados) comenzara a estar de capa caída.
Precisamente ahí es donde reside la lectura positiva de su dimisión: una vez más, Jobs ha sabido leer el futuro y ha supeditado su interés al de la compañía. Tarde o temprano, más temprano que tarde, acabaría perjudicando a la empresa. Lo sabía, y ha preferido retirarse antes de que ocurriera lo peor. ¿Otro éxito comercial? Como se suele decir, veremos lo que depara el futuro. O, mejor, ¿por qué esperar? Leamos qué dice el oráculo:
“Creo que los momentos más brillantes e innovadores de Apple están por llegar A partir de ahora pretendo seguir contribuyendo a su éxito desde un nuevo papel”.
Sólo una cosa parece segura: Jobs seguirá vistiendo un polo negro.
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