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domingo, 20/04/14 - 03: 26 h

tecnología (general)

Obsolescencia programada: el debate sobre los productos diseñados para durar menos y ser más rentables

Alvy / Microsiervos

martes, 11/01/11 - 20:10

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Que muchos productos parezcan fallar de forma inexplicable o que duren menos de lo que idealmente podrían debido a su diseño no parece ser una sensación ni una casualidad. Un documental emitido por RTVE mantiene que es una estrategia de las grandes corporaciones para generar más consumo y obtener más beneficios a costa de los consumidores
Bombillas: ¿cuánto deberían durar?  -Foto: (CC) Phil Roeder @ Flickr

Estos días se ha generado un interesante debate en Internet acerca de la obsolescencia programada, un concepto que, lejos de ser nuevo, proviene de hace casi un siglo. Que este debate haya surgido en estos momentos –lo hace de vez en cuando– ha sido principalmente por la emisión del documental Comprar, tirar, comprar, de Cosima Dannoritzer, emitido por RTVE, que analiza este asunto desde diversos puntos de vista.

Comprar, tirar, comprar se centra básicamente en tres casos, que curiosamente también tienen poco de «novedosos» para los habituales de encontrar rarezas en Internet. El primero es la famosa bombilla centenaria, que luce desde hace más de cien años en un parque de bomberos de California. ¿Cómo puede durar tanto una bombilla? O más bien, ¿Por qué las bombillas actuales no duran tanto, si tenemos mejor tecnología para fabricarlas? Otro de ellos es el caso de las impresoras que mienten sobre los cartuchos de tinta y dejan de funcionar pasado un tiempo (incluyendo un famoso vídeo que hizo las rondas por Internet allá por 2008) y el último es el notable problema de los primeros iPod de Apple, cuyas baterías recargables sólo duraban 18 meses y «oficialmente» no se podían reemplazar.

La tesis defendida por el documental es que desde principios del siglo XX muchas empresas de tipo industrial se organizaron en cárteles y asociaciones «secretas» (o casi) con el objetivo de aumentar sus beneficios a costa de crear productos inferiores. Si las primeras bombillas podían durar 1.500, 2.000 e incluso 2.500 horas, ¿por qué casi cien años después nos conformamos con que duren 1.000 horas? El documental mantiene que ese es el límite que se impusieron los fabricantes –compinchados– para poder vender más bombillas, una y otra vez.

En el caso de las impresoras y otros artilugios electrónicos la decisión de los fabricantes parece ser limitarlas mediante programación o chips especiales de modo que imprima sólo cierto número de hojas y luego se bloqueen o requieran de servicio técnico. Esta forma artificial de acortar la vida de sus componentes, especialmente de los carísimos cartuchos de tinta, ha creado en varias ocasiones cierta «alarma social» ante una acción probablemente fraudulenta y cuando menos cuestionable. Los usuarios que hackean sus impresoras para alargar su vida y la de su tinta, rellenando cartuchos y saltándose los límites programados por los chips de «obsolescencia programada» comparten en Internet sus descubrimientos, haciendo que otros puedan aprovecharse y reparar los productos pretendidamente «defectuosos» por diseño.

En ocasiones los propios fabricantes reconocen o acaban reconociendo todos estos problemas como parte intrínseca de su forma de hacer negocios. A veces usan publicidad engañosa. Otras, han de reconocer sus estrategias ocultas: un fabricante de impresoras explicó hace relativamente poco que el alto coste de los cartuchos de tinta es completamente artificial y que no se corresponde con el coste real de la tinta en sí – que no está fabricada precisamente con sangre de unicornio ni nada parecido. La tinta subvenciona el ridículamente bajo precio de la impresora, que es lo que se anuncia al público. El fabricante en cuestión afirmó incluso que ese precio subvenciona también todo el proceso de I+D que durante años deben llevar a cabo para conseguir impresoras de mayor resolución y calidad. ¿El resultado? El precio de la tinta es el que el fabricante quiere, porque le da la gana. Al fin y al cabo es una empresa privada cuyo objetivo es conseguir beneficios para sus accionistas: invierte en I+D y luego vende productos a precios superiores para cubrir esas inversiones. Económicamente hablando, ninguno de sus inventos tiene por qué ser poco rentable o deficitario; ni siquiera suelen ser «productos de primera necesidad» para la sociedad. Que quien lo quiera lo pague, mantienen las corporaciones. Mientras no estén haciendo publicidad engañosa, no están haciendo nada ilegal.

Algo mismo tuvo que aprender Apple, pero «por las malas». En el documental se explica que en los primeros iPod la batería no se podía reemplazar. Y que por los materiales empleados su vida máxima a un ritmo de uso normal era de unos 18 meses. A partir de ese momento, las recargas ya no funcionarían bien y el producto estaba destinado a acabar en la basura. Los consumidores que llamaban a Apple se encontraban con una respuesta estándar: «no vendemos baterías de repuesto»; una demanda colectiva puso al fabricante en su sitio, que tuvo que llegar a un acuerdo extrajudicial con los consumidores y cambiar su política. Desde entonces Apple está obligada a ofrecer la opción de cambio de baterías y un periodo más amplio de garantía.

Aquí nuevamente hay un interesante conflicto: el de una empresa que quiere diseñar un producto «con limitaciones» y venderlo tal cual y los consumidores, que quieren otra cosa pero pagan por lo que pueden encontrar en las tiendas. Mientras lo que se anuncia no sea engañoso y cumpla la ley, la compañía debería poder limitarlo como le venga en gana. Tal vez no sea idóneo, o justo, pero es legal. Son las normas de cada país las que en realidad determinan qué puede hacer un fabricante y qué no: por ejemplo en España contamos con una buena ley de consumo que garantiza que haya piezas de repuesto durante al menos cinco años, y que el periodo de garantía mínima sean dos años (en Estados Unidos suelen ser 90 días). En otros países las normas son distintas. Algunos fabricantes se plantean a veces incluso no vender en ciertos países debido a las variaciones en estas regulaciones, si no les son favorables.

Otro aspecto de debate es el ecológico y de la sostenibilidad: si bien estas tácticas industriales podrían «pasarse por alto» en el pasado, hoy en día con los problemas medioambientales que padecemos pocos cuestionan que la mejor solución es crear productos más duraderos y que puedan reutilizarse y reciclarse. Las bombillas de larga duración (y bajo consumo) son un buen paso, y están radicalmente enfrentadas a la idea de que es más interesante crear productos más baratos que se «rompan» artificialmente en menos tiempo. Este cambio de mentalidad puede que ayude en el futuro a que la obsolescencia programada no sea siquiera una opción.

En los miles de comentarios que han inundado Internet tras la emisión del documental se aprecia claramente el interés surgido por esa «alarma social» que causa tradicionalmente la indignación de ver enriquecerse a las grandes multinacionales. Pero por otro lado, todo lo relacionado con la obsolescencia programada está explicado con una serie de datos que sólo pueden calificarse como sesgados, dado que en los 50 minutos de duración del documental ni siquiera se escucha la opinión de las empresas en cuestión defendiendo su postura.

Por otro lado, y aunque el tema viene de antiguo, quien investigue un poco en Internet verá que las principales páginas web que tratan el tema parecen también calificarlo como controvertido y «falto de neutralidad», por ejemplo las entradas en la Wikipedia tanto en inglés como en español. Esto es típico de nuevos conceptos y situaciones generalmente «interesadas» en las que parece más bien que se ha creado un nuevo nombre para denominar y perseguir ciertas prácticas a pesar de que históricamente no hayan sido relevantes. Tal vez haya cierta verdad y fundamento en lo que se dice, pero es arriesgado reunir una serie de anécdotas sobre bombillas, impresoras o aparatos que dejan de funcionar para sembrar la alarma social y plantearlo todo, en cierto modo, como si hubiera una especie de «gran conspiración» contra la sociedad: el tema requeriría probablemente algo más de profundidad y estudio.

En cualquier caso, el documental muestra diversos aspectos interesantes que examinar y debatir: las estrategias de diversas industrias, los casos concretos y «sangrantes» que indignan a los consumidores, el problema del aumento del consumismo, sus implicaciones medioambientales y demás. Desde luego merece la pena tanto disfrutar de Comprar, tirar, comprar como luego debatir con los amigos sobre el tema para profundizar algo más en una compleja situación llena de matices e implicaciones sociales.

{ Foto (CC) Phil Roeder @ Flickr }

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