sábado, 26/05/12 - 03: 54 h
Este año se cumple el décimo aniversario del euro como la moneda en circulación. Se suponía que su introducción era el preludio de una era de prosperidad, no sólo económica, sino de una integración más estrecha en todo el continente.
Pero a medida que la crisis financiera aprieta a Europa, el entusiasmo por el euro está disminuyendo rápidamente entre la opinión pública en muchos Estados miembros. Las naciones que una vez se comprometieron a adoptar esta moneda empiezan a percibirla con cajas destempladas.
Aquí, en Malta, el euro reemplazó a la lira como moneda oficial en 2008 en medio de celebraciones marcadas por fuegos artificiales, la actuación de una orquesta sinfónica, y una ceremonia de gala con invitados de alto perfil.
El primer ministro Lawrence Gonzi, anunció el cambio como un triunfo, diciendo: “Estamos orgullosos de que Malta sea ahora parte de la zona euro. Estamos deseando dar la bienvenida a los inversores locales y extranjeros y a los turistas de Europa y más allá”.
Pero cuatro años más tarde, la desilusión con el euro está muy extendida.”En general, no ha sido bueno”, se lamenta Carlos Demech, gerente desde hace muto tiempo de un hotel en La Valeta, la capital de Malta. “Después de llegar el euro, los precios subieron, pero los sueldos no. Todo se hizo más caro para la población media de Malta”.
Otros comparten el sentimiento de que el caso de la adopción del euro ha sido más bien asumido que efectivamente demostrado.
El maltés Alfred Sant dice que bajo las reglas de la zona del euro, Malta “había adoptado un sistema de políticas interesadas; como lo había hecho para adherirse a las políticas adoptadas por los países más influyentes en la UE, era evidente que Alemania y Francia marcasen la dirección. Mientras tanto, se ha mencionado poco respecto a los intereses de los malteses”.
A finales de diciembre, el Gobierno maltés se comprometió a contribuir con 260 millones de euros (342 millones de dólares) a un paquete del FMI que se utilizará para rescatar a algunos de los vecinos más endeudados de Malta.
Oliver Briffa, un taxista de Msida, un suburbio en las afueras de la capital de Malta, expresa una profunda frustración con el acuerdo. “Los países grandes deben ayudarnos, no nosotros ayudarles a ellos. Todo iba mejor con la lira”.
Lino Briguglio, director del Instituto de Islas y Pequeños Estados en la Universidad de Malta, es más optimista sobre el futuro de la moneda. “La zona euro seguirá existiendo, sobre todo porque Alemania y Francia tienen mucho que perder si no lo hace”, explica.
Sin embargo, Briguglio reconoce que la opinión pública de Malta se ha levantado contra el euro, diciendo: “Creo que estamos viviendo una depresión en la actualidad, pero cuando la situación mejore, habrá una recuperación de las economías del euro y de las actitudes hacia el euro”.
Briffa no lo ve tan claro: “El Gobierno sigue diciendo que las cosas van a mejorar. Queremos saber cómo”.
Se han empezado a abrir escisiones en todas partes, entre la opinión pública y los gobiernos de la zona euro, la mayoría de los cuales manifiestan su compromiso con la preservación de la moneda única.
Las naciones deudoras como Grecia y España han sido testigos de episodios de grave agitación social y de protestas contra las medidas de austeridad impuestas desde el exterior, mientras que los ciudadanos de las economías más fuertes como Alemania y los Países Bajos se erizan ante la idea de que sus impuestos van a sacar de apuros a los vecinos a los que ven como despilfarradores e irresponsables.
Mientras tanto, otros estados europeos que han estado viviendo un largo noviazgo para unirse a la zona del euro han comenzado a expresar sus reservas.
“El euro ha perdido parte de su atractivo, y Polonia no tiene ninguna prisa por entrar en la zona euro”, ha declarado Belka Merk, el gobernador del Banco Nacional de Polonia.
El primer ministro checo, Petr Necas, menospreció recientemente a la zona del euro como una “unión de deuda” y ha rechazado deliberadamente poner una fecha límite para que su nación se una a la moneda común.
La posibilidad de una ruptura de la zona euro, que antes parecía impensable, de repente parece mucho menos remota.
Una encuesta de Bloomberg entre inversores internacionales llevada a cabo a finales de 2011 reveló que casi la mitad de los encuestados cree uno o más países saldrán de la unión monetaria a finales de 2012; cerca de un tercio más esperan que un Estado miembro se retire antes de que acabe 2016.
En la misma época, los analistas de Nomura, un conglomerado bancario japonés, escriben: “La crisis financiera de la zona euro ha entrado en una fase mucho más peligrosa… ahora parece más probable la posibilidad de una ruptura del euro”.
Muchos predicen consecuencias nefastas de la desintegración de la zona euro.
Christine Lagarde, director gerente del FMI, ha advertido de una depresión mundial. Un análisis de UBS predice: “las consecuencias incluyen cesación de pagos, incumplimiento empresarial, el colapso del sistema bancario y el colapso del comercio internacional.
Estimamos que un país con un euro débil que deje el euro incurrirá en un coste de entre un 40 al 50% de su PIB en el primer año. También cabe destacar que casi ninguna unión monetaria fiduciaria se ha roto sin algún tipo de gobierno autoritario o militar, o de guerra civil”.
Entonces, ¿a qué se podría parecer el final de la zona del euro? Una pesadilla apocalíptica, teniendo como fondo un campamento donde los fantasmas de Jean Monnet deambulan por las calles como zombis y donde los europeos harían bien en abastecerse de productos enlatados y de metales preciosos.
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