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energía y recursos

Cómo compartir un yacimiento de gas en la zona más caliente del mundo

4/05/2011 06:15 | Don Duncan, Beirut (Líbano) | GlobalPost
Cuatro países de Oriente Próximo tienen acceso a la mayor bolsa de gas descubierta en los últimos años. Aunque Líbano es el país que más lo necesita, ninguno se atreve a dar el primer paso. Desequilibrar la región es más caro que el beneficio del gas natural.
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Bajo el lecho marino de una extensa zona del Mediterráneo oriental se cree que hay unos 122.000 millones de pies cúbicos de gas. Los países que comparten esas aguas territoriales (Chipre, Israel, Líbano y Siria) se apresuran a intentar sacar provecho del hallazgo.

Los primeros pasos los ha dado Israel, que recientemente anunció el descubrimiento del mayor yacimiento de gas en la cuenca. El yacimiento de Leviatán, a 129 kilómetros mar adentro, en el que se cree que hay unos 450.000 millones de metros cúbicos de gas, la mayor bolsa de este tipo descubierta en el fondo marino en la última década.

El vecino del norte de Israel, Líbano, va más retrasado en la carrera, pero no por ello se muestra menos dispuesto a extraer gas. Además de los obvios intereses empresariales que impulsan las prospecciones, el Líbano también espera poder suplir la demanda energética de su pueblo, que en este momento es superior a la oferta.

El actual suministro eléctrico del estado libanés se colapsa habitualmente entre tres y seis horas al día.

“En mi casa no tengo un generador, así que mis hijos a menudo tienen que estudiar con luz de velas”, asegura Mike Khalil, un barbero de 65 años que vive en la zona de Hamra de la capital, Beirut.

Khalil dice que los cortes de electricidad eran tan perjudiciales para su negocio que tuvo que acabar comprando un generador, que le costó más de 2.600 euros. “Durante los cortes de luz diarios de tres horas podía perder entre siete y 10 clientes, así que compré mi propio generador”, dice. “Aquí todo el mundo es su propio gobierno; cada uno tiene que conseguir sus propios servicios básicos”.

La situación es peor en los pueblos de montaña como Aley, en donde lo normal es que el corte de suministro eléctrico dure entre 10 y 12 horas. Los habitantes de la aldea tienen que buscar otras alternativas energéticas.

“Cortan la electricidad por la mañana dos horas; por la tarde, cuatro horas, y por la noche, seis horas”, dice Nohad Tanneos, de 70 años, sentada en su salón de estar. “Así que hablé con el dueño de los generadores del pueblo y me vendió una suscripción para tener electricidad privada”.

El propietario de los generadores es Wahid El Rayess, el “hombre de la luz” como le llaman. Abrigado con una cazadora raída, va saludando a diestro y siniestro a los vecinos mientras camina por el pueblo. Los hombres como Rayess son habituales en las aldeas a lo largo del Líbano y también en algunos barrios urbanos. A cambio de una cuota mensual, sus 13 generadores, desperdigados por todo el pueblo ofrecen electricidad cuando se cae la red pública.

“Nuestro servicio es realmente simple”, dice Rayess, de pie cerca de dos de sus generadores, colocados en medio de unos edificios en un rincón tranquilo del pueblo. “Llevamos un cable directamente desde uno de estos generadores hasta la casa del cliente”.

A las necesidades energéticas del país se suma su avejentada infraestructura, incapaz también de cubrir la creciente demanda de sus ciudadanos. En este momento el gobierno suministra anualmente unos 1.900 megavatios, en torno al 60 por ciento de la necesidad eléctrica de la población.

“Por un lado tenemos un déficit en generación, y por otro lado tenemos unos costes muy altos de generación”, asegura el ministro de Agua y Energía, Gerban Bassil. “Tenemos que alcanzar el equilibrio por ambos lados”.

La idea que está extendiéndose rápidamente entre los círculos gubernamentales es que la solución, la bala de plata para las necesidades energéticas del Líbano, está cerca de sus costas.

El planteamiento es que hacer funcionar plantas energéticas con gas natural sale más barato que usando diesel o gasolina, que es el modo en que operan la mayor parte de las centrales del país. La prueba está en la única planta libanesa que funciona parcialmente con gas natural, importado desde Egipto.

“Nos está ahorrando 6,7 millones de euros al mes, más de 80 millones de euros al año de media”, dice Bassil. “Si fuese toda la planta [la que funcionase con gas natural], estaríamos hablando de casi 170 millones de euros”. Y si el suministro de gas fuese nacional, el ahorro sería aún mayor.

Los analistas dicen que si el Líbano encuentra yacimientos de gas similares a los de Israel, la escasez energética del país prácticamente se podría resolver. Y también se podría reducir la apremiante deuda pública libanesa, que ronda los 34.000 millones de euros.

“El Líbano no está muy lejos de Europa”, aventura Walid Khadduri, consultor de Middle East Economic Survey. “Se podrían empezar a construir gaseoductos hacia Europa”.
Pero el desafío que supone perforar en unos territorios tan sensibles políticamente es considerable. El Líbano e Israel aún no han llegado a un acuerdo para establecer sus fronteras marítimas.

En 2010 el Líbano definió unilateralmente su frontera con Israel enviando su trazado a las Naciones Unidas. Israel, a su vez, ha desplegado una línea de boyas a lo largo de la zona que considera su frontera marítima con el Líbano.

“Algunos de los yacimientos van a estar cerca de las aguas israelíes, y viceversa”, afirma Khadduri. “Creo que tendremos problemas en ese sentido. No se puede separar el conflicto árabe-israelí de todo esto”.

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