Consulta la entrevista original en www.capital.es
El cruce de la calle Houston con Broadway, en la archiconocida
isla de Manhattan, se ha convertido en un
hervidero de turistas que inundan la multitud de tiendas
que invaden el corazón del Soho neoyorquino. Entre
los fornidos modelos de Hollister, los trapos de Kenneth Cole
o la lencería de Victoria´s Secret, en un modesto edificio
que se codea con establecimientos como Adidas o Urban
Outfitters, gestiona su compañía Ben Kaufman, un joven de
23 años.
Quirky.com es su tercera empresa. Se trata de una
plataforma online que permite a personas de todo el mundo
desarrollar, construir y distribuir sus productos. Y Quirky.com
es sólo el resultado de la extensa carrera profesional de su
fundador. Sin estudios universitarios y desde su periplo por
el instituto, Kaufman comenzó desde adolescente a convertir
en realidad los modelos de negocio que rondaban por su cabeza.
“Ha sido una larga andadura de cinco años. Primero
fundé Mophie, una compañía de accesorios para el iPod. Más
tarde Cluster, un negocio de colaboración tecnológica. Y finalmente,
Quirky fue el resultado de una tormenta perfecta de
ambas ideas”, explica este joven emprendedor.
A día de hoy, Quirky podría calificarse como el ejemplo perfecto
de la multitud de pequeñas compañías tecnológicas que
nacen en la costa Este norteamericana, en lugar del mítico Silicon
Valley. Un negocio que comenzó con una inversión inicial
de 1,6 millones de dólares y que ya ha conseguido captar hasta
seis millones de dólares gracias al capital riesgo. “Conseguimos
financiar los primeros pasos de la empresa gracias a la confianza
de amigos y familiares que nos prestaron el dinero”, aclara
Kaufman.
¿Un chaval de 23 años al frente de una compañía con una
financiación millonaria? Esto puede chocar en España, pero no
en EEUU, donde el espíritu emprendedor se respira a lo largo
y ancho del país y donde el 52% de los puestos de trabajo dentro
del sector privado está generado por la pequeña y mediana
empresa. El caso de Kaufman se repite hasta la saciedad en la
historia empresarial de Estados Unidos.
Basta recordar casos
como los de Steve Jobs o Bill Gates, que comenzaron sus aventuras
en un modesto garaje o, más recientemente, de Mark
Zuckerberg, fundador de Facebook, una red social que cuenta
con más de 500 millones de usuarios y un valor aproximado de
33.700 millones de dólares.
Así que, con este espíritu emprendedor, es lógico que uno de
los principales pulmones de la primera potencia del mundo
esté en las pymes: las 29,6 millones de pequeñas y medianas
empresas que existen, según datos de la Administración de Pequeñas
Empresas (SBA por sus siglas en inglés) son responsables
de más de la mitad del Producto Interior Bruto (PIB) privado
y no agrícola del país. Además representan el 99,7% de
todas las compañías que generan empleo.
Las pymes han sido una fuente continua de dinamismo
para la economía norteamericana. En los primeros cinco años
de la década de los 90, crearon las tres cuartas partes de los
puestos de trabajo. Así que más vale cuidarlas. El propio Congreso,
consciente de esta necesidad, apoyó ya en 1953 la creación
de la SBA para promover la asistencia financiera y educativa
que las pymes necesitaran. Además, el 35% de los contratos
federales se reservan para pymes, mientras que en un año
convencional, sin crisis y recesión de por medio, el gobierno de
EEUU garantiza más de 10.000 millones de dólares en préstamos,
cifra a la que se suele sumar el capital riesgo con otros
2.000 millones de dólares más. Eso sin olvidar los cerca de
26.000 millones de dólares en créditos con tipos de interés bajos
aprobados para los negocios afectados por catástrofes como
el huracán Katrina o, más recientemente, el vertido de British
Petroleum en el Golfo de México.
Bud Konheim, consejero delegado de Nicole Miller Inc, el
grupo de boutiques que engloban la compañía de la célebre
diseñadora norteamericana, resume a la perfección el espíritu
emprendedor que reina en el país: “Las grandes compañías no
tienen por qué ser las mejores”. Konheim tiene una amplia experiencia
en la industria de la moda, donde empezó en 1982 con un capital de 100.000 dólares. Y desde luego tiene claro el
valor de lo pequeño. “El problema con las grandes firmas que
salen a bolsa es que son esclavas de sus inversores y se ven obligadas
a aumentar su margen de beneficio en un 20% continuamente”.
Por esta razón, el primer ejecutivo de Nicole Miller
insiste en que su empresa no venderá su alma al diablo y protegerá
con recelo su pequeño tamaño e independencia.
¿Se podría replicar el modelo estadounidense en España? Pues
parece que, tal y como están las cosas, la respuesta sólo puede
ser negativa. En primer lugar, por razones casi psicológicas o
sociológicas: en EEUU, la falta de éxito de un negocio no conlleva
ningún estigma social y se toma como una de las mejores
lecciones empresariales, apunta un estudio realizado por Diamanto
Politis, profesor de la Escuela de Economía y Negocios
de la Universidad de Lund. Sólo en 2008, en EEUU un total de
595.600 compañías echaron el cierre y sólo siete de cada diez
creadas por aquel entonces han sobrevivido más de dos años.
¿Aguantaría el empresariado español tanto nivel de fracaso?
Difícilmente, salvo que cambie su mentalidad.
Otro factor diferencial es el proceso burocrático y su
coste. Crear una pyme en España consume unos 47 días e implica
llevar a cabo diez procedimientos distintos. El precio para
ponerla en marcha supone el 15% de los ingresos per cápita del
país, con un capital mínimo de 3.000 euros, según datos del
Banco Mundial.
En EEUU, bastan seis días y seis simples operaciones
para poner en marcha una empresa, con un coste que
apenas es el 0,07% de los ingresos. En la ciudad de Manhattan,
cuna del capitalismo por excelencia, para crear una corporation
(el equivalente a la sociedad anónima española) hay que pagar
195 dólares y se puede obtener la autorización en 24 horas en
casos de urgencia. Si se prefiere una LLC (equivalente a una
sociedad limitada), el coste es de 200 dólares.
Otro hecho diferencial
es que la SBA apoya a las minorías, especialmente a
los afroamericanos, asiáticos e hispanos, a través de distintos
programas. Un estudio elaborado por Robert Fairlie en 2008
puso de manifiesto que los emprendedores inmigrantes generaron
el 12% de los ingresos totales de las empresas de EEUU.
Bajo estas circunstancias y con las trabas que surgen en España,
algunos de los empresarios más jóvenes y aguerridos no han
dudado en saltar el charco.
Luís Álvarez, director general de
Wonderland Group, hizo las maletas en 2006, en plena cúspide
de su carrera, para probar suerte en la Gran Manzana. Su aventura
culminó con la rubrica de un contrato en exclusiva con el
teatro Manhattan Center. “Vienes con mucho miedo. Al tomar
la decisión de dejar una empresa que rueda muy bien, sientes
que quizá con tu ausencia las cosas podrían dejar de funcionar”,
dice. Dueño del Teatro Häagen-Dazs Calderón de Madrid,
Álvarez ha producido, dirigido o presentado en su teatro espectáculos
teatrales de la talla de Queen’s, We Will Rock You
o Fame the Musical. Aquí, en la cuna del musical, en la Gran
Manzana, su consagración vino de la mano de 101 Dálmatas.
Una prueba más de que, en EEUU, los sueños se hacen realidad.
Eso sí, hace falta un buen plan de negocio y, sobre todo,
saber trabajar duro.
Brendon Grimshaw compró una pequeña isla para repoblarla.
El apoyo del público, el arma principal para combatir la crisis.
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Un equipo de científicos desentraña el mecanismo.
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