lunes, 13/02/2012 - 11:19 h
El desembarco de los inversores particulares españoles en las bolsas, que empieza en 1989 con las privatizaciones de empresas públicas, sufrió su primer gran desengaño con el pinchazo de la burbuja. Desde entonces, los ahorradores han perdido la inocencia y se comportan como auténticos tiburones.
Primavera de 1989. Repsol empieza a cotizar en bolsa en medio de una expectación sin precedentes. Por primera vez en la historia del mercado de valores español, una empresa pública da el salto a los mercados abriendo su capital de forma masiva a los pequeños inversores.
Hasta entonces sólo había un precedente en España, pero a muy pequeña escala: la colocación de acciones de Telefónica, las famosas ‘matildes’, que el actor José Luis López Vázquez hizo célebres en la década de los sesenta del siglo pasado.
Repsol marcó un antes y un después. La oferta pública de venta (OPV) fue un éxito extraordinario y llenó el bolsillo de los nuevos accionistas del grupo. Los sucesivos gobiernos socialistas de Felipe González colocaron sin solución de continuidad y en distintas fases las participaciones del Estado en Endesa, Telefónica y Argentaria.
Fue el boom del capitalismo popular, la primera vez que los españolitos de a pie compartían con los grandes inversores el capital de las empresas cotizadas.
Un cambio cultural en toda regla en la España que se asomaba por fin a Europa y se preparaba para organizar una Exposición Universal y unos Juegos Olímpicos. Unos tiempos aquellos en los que las propias compañías desembarcaban en la bolsa con la generosidad del recién llegado y con el objetivo de dejar el mejor sabor de boca posible a los inversores que confiaban en sus proyectos empresariales.
Era, en definitiva, la edad de la inocencia de los mercados españoles, tiempos en los que una OPV era sinónimo de ganancia segura. Una época feliz que abona el terreno para la gran burbuja en marcha: la tecnológica, que se extiende desde 1997 hasta 2000 y coge a los inversores españoles en pleno romance con la renta variable. Fuera de España, la situación era muy similar. Los ahorradores tenían la cartera cargada de acciones y el mercado veía en los valores tecnológicos el nuevo Eldorado para sacar brillo a sus carteras.
No importaba que las cifras de facturación no validaran las previsiones de negocio de las compañías y de los propios analistas bursátiles. Incluso, muchos de estos últimos dictaron la sentencia definitiva para terminar de hinchar la burbuja al afirmar que la empresa cotizada que no apostara por Internet no tenía futuro.
La respuesta de las grandes compañías fue contundente y hasta los grandes transatlánticos españoles sucumbieron a los cantos de sirena: Santander compró Patagon en el año 2000 por 585 millones de dólares (528 millones de euros de entonces) y BBVA lanzó el banco por Internet Uno-e... y algo más.
La entidad presidida por Francisco González pagó a Telefónica más de 80.000 millones de pesetas de las de entonces por el 3% de Terra.
A cambio, el portal más emblemático de la burbuja española entraró en Uno-e a través de una ampliación de capital. Por cierto, ¿saben a cuánto estaba valorado el banco online por aquel entonces? Unos 400.000 millones de pesetas o 2.400 millones de euros de los de hoy. La locura colectiva terminó en una gran decepción.
Los directivos de la Red volvieron a la corbata y los ingresos y el cash flow sustituyeron las extrañas y novísimas proyecciones de ebitda que habían convertido en oro la –en la inmensa mayoría de las ocasiones- más absoluta nada.
De Repsol a Terra
Muy poco antes del desplome, el cambio de ciclo estaba consumado. Habían pasado diez años desde la salida a bolsa de Repsol y era Terra quien debutaba en el parqué. El icono de Internet en España salió a bolsa en noviembre de 1999 a 37 euros y llegó a cotizar por encima de los 150 euros el 14 de febrero de 2000. A partir de ahí, comenzó una debacle que concluyó con su contestada OPA de exclusión en 2003 . Fue el mayor sinsabor conocido hasta ese momento por los inversores españoles y, en definitiva, el final del capitalismo popular.
Desde entonces, los inversores han cambiado su perfil. Han perdido la ingenuidad, son más exigentes y han aprendido a leer la letra pequeña. Los que apostaban por las empresas a largo plazo y eran la viva imagen de la estabilidad, hoy son tan tiburones como el que más. Venden el primer día de cotización, aún a costa de tener una menor rentabilidad, pero con las espaldas cubiertas ante la previsible caída del valor. Todo lo contrario a la inocente confianza que se demostró con Terra y justificada por los propios datos del mercado
En los diez últimos años, unas cuarenta empresas han salido a bolsa con resultados que, como mínimo, producen desencanto, y apenas una cuarta parte cotiza por encima de los precios a los que fueron vendidas en el mercado. Los ejemplos más claros son Criteria, Iberdrola Renovables, Vocento y BME. Todas ellas capitalizan entre un 30% y un 40% por debajo del valor al que se estrenaron en el parqué, con la única excepción del grupo editor de ABC, cuyas acciones valen un 70% menos del precio al que se sacaron a bolsa. La otra cara de la moneda son Iberia, Gamesa e Inditex, tres rara avis de éxito en sus ofertas públicas de venta.
El pinchazo de la burbuja fue, por tanto, el punto de inflexión del perfil del inversor español, que no se parece nada al fenómeno que alumbró la última década del siglo pasado. Veinte años más tarde y dos burbujas pinchadas después –la tecnológica y la inmobiliaria, que todavía colea- los ahorradores acumulan los sinsabores suficientes como para que nadie les considere unos recién llegados.
Otra cosa es que hayan aprendido la lección, ellos y los propios empresarios. Los promotores que adquirieron empresas a precio estratosféricos en el tramo final del boom del ladrillo pueden dar buena fe de cómo se las gastan los mercados. Por lo visto, no terminaron de aprender las muy buenas lecciones del pinchazo tecnológico, que parece tan lejano pero cuyos efectos seguimos sufriendo hoy.
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