sábado, 26/05/12 - 03: 22 h
Esta historia va de pérdida, melancolía, traiciones, abandono y muerte. Esta historia, pese a ser un pedazo de Argentina, no es un tango. Es más bien un cuento, que de eso también saben en aquellas tierras.
El 'corralito', ése es el nombre de una historia que es verdadera y que este fin de semana cumple 10 años: el 3 de diciembre se publicó el decreto que limitaba la retirada de efectivo de los bancos en la segunda mayor económica de Latinoamérica, aunque desde el 1 se sabía lo que iba a ocurrir.
Argentina colapsó, su sistema financiero echó la baraja y el país suspendió cualquier pago a sus acreedores internacionales. ¿Se puede sacar alguna conclusión para lo que ocurre hoy en día? ¿Hemos aprendido algo?
De aquella, los presidentes cayeron a pares, la pobreza alcanzó cuotas del 57% de la población, las escuelas se vaciaron, en la calle morían jóvenes a disparos de la policía y los saqueos se sucedían en supermercados y casas particulares. ¿Qué quieres ser de mayor? Desempleado... como mi padre, contestaban los críos.
Aunque estamos empezando el cuento por la mitad. Hay que remontarse una década más lejos para entender lo ocurrido en Argentina hace diez años. Mientras caía el Muro de Berlín, el país sudamericano se sumió en la hiperinflación, después de toda una década de los 80 con la economía estancada y los precios descontrolados.
La salida fue sorprendente y, a la postre, germen de lo sucedido en el cambio de siglos. En abril de 1991 se implantaba el plan de convertibilidad, por el que se fijaba el valor del peso argentino a la par del dólar estadounidense. Al mismo tiempo, y esto es importante porque le cortaba las alas para el futuro, se limitaba estrictamente la capacidad del Banco Central para generar nueva moneda.
Pero eso no importó demasiado en aquellos felices noventa, toda vez que el país creció hasta 1997 con una tasa media del 6% anual. Incluso se vivió lo que se consideró entonces una prueba de fuego de la eficacia de la convertibilidad: cuando estalló en 1995 la crisis en México, el PIB cayó bruscamente y el paro subió al 18% en Argentina. Al año siguiente se volvió a la velocidad crucero y Buenos Aires se convenció de que el plan había resistido.
No obstante, la crisis mexicana fue todo un aviso de que el lobo se acercaba y, como aquel pastor del cuento, Argentina no le hizo caso. A partir del segundo semestre de 1998, el país entró en recesión y ya no saldría hasta mucho tiempo después, casi una década más tarde.
Factores internos... y también externos
Porque, a partir de 1998 empezaron a encadenarse las malas noticias. Primero, vinieron de fuera, con el impago decreatdo por Rusia y la devaluación del real brasileño en enero de 1999. Argentina, cuyo Banco Central no tenía poder alguno sobre la moneda, no pudo reaccionar con devaluaciones propias. Y éste fue su primer lastre.
Hubo muchos más. Mientras que las demás economías emergentes recuperaban el paso, el PIB nacional entraba en estado de coma, lo que derivó en déficit fiscal y, a la postre, en dudas cada vez más crecientes sobre la sostenibilidad de la deuda soberana...
Y no, no hemos saltado y estamos contando la situación de Grecia, Italia o España. Estamos aún a finales de los 90 y en el cono sur. Para el año 2000, los inversores exigían un interés récord para comprar deuda argentina (en su caso, la prima de riesgo se medía con la de Estados Unidos y, en algún momento de la crisis, llegó a los 5.000 puntos básicos de diferencia).
Justo en aquel momento entró en escena un protagonista, a mitad de camino entre un príncipe azul y la bruja del castillo (depende de quién le juzgue): el Fondo Monetario Internacional.
Para los locales, el FMI está más cerca de una vieja rencorosa que de salvador. Algo de razón tienen. Después de haber aceptado rescates de países asiáticos en los años precedentes, de pronto el FMI decidió escarmentar a los malos pagadores a través del ejemplo argentino y no otorgarle ayuda sin duros recortes de por medio.
Dicen que el nuevo Gobierno de Bush en Washington tuvo mucho que ver en la restricción del organismo internacional. Básicamente, la doctrina de la primera potencia mundial se basaba en la idea del riesgo moral de salir siempre al rescate de cualquier país, sin importar qué parte de culpa tiene el país en esa bancarrota.
Como me van a rescatar, no me lo tomo en serio, podrían pensar en el futuro los incumplidores. Exacto: es lo que defiende ahora Alemania respecto a los sucesivos rescates de Grecia.
Así que el FMI de entonces, como la Bruselas de ahora, exigió recortes y más recortes. Aún hoy, en sus informes posteriores a la crisis, el Fondo le echa la culpa de todo a los argentinos, de los que asegura que se había disparado su deuda externa por encima del 100% del PIB, que no había solucionado las rigideces del mercado laboral, que había perdido toda la credibilidad ante los inversores y que su balanza comercial era un desastre.
Para colmo, no había empresas públicas que privatizar para obtener dinero fresco porque ya se habían vendido años antes. La capacidad de maniobra era nula. Dependía de la ayuda externa.
Desde el exterior se olió la sangre y aprovecharon, al igual que ocurre con la insistencia sobre las cajas españolas o el bajo Impuesto de Sociedades irlandés (que siempre aparecen en las negociaciones), para exigir el fin de la convertibilidad como primer paso hacia un rescate.
A todo esto, la economía argentina entró en la primavera de 2001 agotada y dimitieron dos ministros de Finanzas en pocos meses para dejar paso a Domingo Cavallo, el mismo hombre que ideó la convertibilidad y salvó al país a principios de los noventa.
A él corresponde el dudoso honor de implementar nuevos ajustes y de intentar una última y desesperada medida, decretando que la convertibilidad no sólo dependería del dólar, sino también del euro cuando éste igualase al billete verde.
Fue su tumba. Los mercados se lo tomaron como la duda definitiva. Para septiembre, Buenos Aires ya no esperaba nada del Fondo y tampoco recibía crédito alguno de los inversores internacionales. De forma paralela, los bancos perdían depósitos a millones (cerca de 20.000 millones de dólares entre primavera y otoño) y el sistema financiero se encontró con que sólo podía financiarse con bonos del Gobierno que no iba a cobrar.
El 3 de diciembre, finalmente, se publica el decreto conocido como 'corralito' (aunque el ministro ya avisó de su implantación el día 1), por el que se limitaba la retirada de efectivo de las entidades bancarias a 250 dólares a la semana. Aunque no había límite para pagar en cheques, la población se echó a la calle y empezaron las manifestaciones y caceroladas.
Los saqueos vaciaron estanterías en los supermercados y los gobernadores aconsejaron a los vecinos que se vistieran de blanco por las noches para diferenciarlos de los ladrones de negro.
El 20 de diciembre se celebró la gran manifestación de la crisis argentina en la plaza de mayo, donde murieron seis jóvenes bajo los disparos de la Policía. Se declaró el estado de sitio. Dimitió el Gobierno de De la Rúa, a quien le sucedió un más efímero aún Rodríguez Saa...
Pese a su poco tiempo en el cargo, él fue quien anunció que el país entraba en default ante sus acreedores internacionales. En total, cerca de 100.000 millones de dólares sin pagar.
Le sustituyó, a los pocos días, Eduardo Duhalde, que puso en marcha una ley de emergencia económica por la que se ponía fin a la convertibilidad. Todos los créditos se pesificaron y el dólar se devaluó en un 30% (el llamado 'corralón). Es decir, los dólares mutaron a pesos a un cambio mucho menor (unos meses después el canje fue de cuatro a uno) y la población empobreció radicalmente.
¿Y no era el fin de la convertibilidad la exigencia principal del FMI? Sí, lo era. Una vez conseguido, el Fondo siguió pidiendo responsabilidades a Argentina como no lo había reclamado pocos años antes a México o al sudeste asiático.
Nadie rescataría esta vez a la princesa, que tendría que salir de su celda ella sola. Las relaciones entre FMI y Argentina nunca volverían a ser las mismas. El Fondo defiende su gestión y más o menos deja claro que el país se metió en el barro por sus propios errores y el 'corralito' sólo empeoró la situación.
Desde su soledad, el Gobierno de la segunda economía de América Latina consideró, en un documento de conclusiones publicado por ellos mismos en verano de 2004, que "el cuerpo técnico del Fondo no parece estar totalmente preparado para hacer frente a una situación en la cual una crisis de gran magnitud ha estallado ya".
¿Una profecía o, ya que esto empezó como un cuento, la parábola final de lo que ocurre ahora en la zona euro?
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