jueves, 23/02/2012 - 13:38 h
Tercera y última parte de la crónica que pretende transmitir lo que pasó por mis ojos y oídos desde las 18h del jueves 4 de agosto hasta las 15.20h del día siguiente. La comisaría de Moratalaz fue la última parada – y la más larga- del día.
Esas doce cosas salieron de los bolsillos de mi pantalón en la comisaría de la Policía Nacional en Moratalaz (Madrid).
Después de horas junto a policías empiezas a entender su jerga. Por ejemplo, la Policía no utiliza esposas, ellos prefieren llamarlas grilletes o simplemente grillos, y no te desplazan en un cajón minúsculo, sino en un vehículo de enlace.
Sin embargo, una definición más aproximada o explicativa de este ‘vehículo de enlace’ sería: cajón en la parte trasera de una furgoneta o jaula mal iluminada, calurosa y sucia dentro de un furgón. Aunque sólo viajamos tres personas, había espacio para dos o tres detenidos más.
Sin cinturón y sentados de lado a la marcha de la furgoneta, nos llevaron a la comisaría. Cristina hablaba, aunque lo único que llegaba era un murmullo por el ruido que hacía el pequeño ventilador que intentaba sacar algo de calor del habitáculo. Bruno iba callado, con la cabeza apoyada en su rodilla derecha.
Los teléfonos no dejaban de sonar y brillar a través de mis bolsillos. Pero con las manos a la espalda era imposible pensar en coger el teléfono, y menos conseguir hablar. Desde la redacción no dejaban de llamarme. La furgoneta se detiene.
Comisaría de Moratalaz
Tras esperar diez minutos nos bajaron de la jaula, fuera estábamos tres detenidos y cuatro policías. Más agentes nos esperaban en la quinta planta, algunos con pasamontañas otros con la cara descubierta.
Cristina y Bruno fueron los primeros en subir en el ascensor con dos agentes. Un minuto más tarde subía con otros dos policías. Con acento canario y gallego, me preguntaron por qué estaba detenido. “Por hacer mi trabajo, soy periodista”.
Desde la una y hasta las cinco de la madrugada estuvimos en un aula para policías. Tiempo suficiente para quedarse con algunos detalles: cinco o seis filas de pupitres delante, una mesa grande a la espalda con una estantería al lado, dos ventanas a la derecha (una de ellas con las persiana torcida), y dos puertas a la izquierda. En las paredes: dos fotos dedicadas (una del Rey y otra del Príncipe), un crucifijo y unos diez o quinces pósters-resumen y sus respectivas placas de agradecimiento sobre investigaciones relacionadas con casos de terrorismo y/o bandas criminales.
Después de vaciar nuestros bolsillos y cachearnos, realizaron el 'inventario' personal de cada uno. En fila y de espaldas a la mesa principal, nos mandaron estar sentados y calladitos. Nada de hablar entre nosotros. Tampoco había agua para nosotros. Gracias a su insistencia, Cristina consiguió ir al baño. En mi caso no insistí, aunque sí pedí. Conclusión: en Moratalaz hay sequía.
A partir de aquí las horas son difusas. Sin reloj y sin móvil, era complicado contabilizar el paso del tiempo. Pregunté la hora a los agentes en dos ocasiones.
Bienvenidos sean los médicos
Los siguientes en llegar fueron tres técnicos sanitarios del SUMA para limpiar y curar las heridas de quiénes lo deseáramos. Tras revisar el golpe en la espalda de Cristina, decidieron trasladarla al hospital Gregorio Marañón (una hora después estaba de vuelta). Antes de irse me limpiaron la cara, la herida de la ceja y el golpe en la espinilla.
Debía estar portándome bien. Para que los sanitarios pudiesen atenderme bien me habían quitado los grilletes. No me los pusieron otra vez hasta que nos bajaron a los calabozos. A las 3.30h llegó el cuarto detenido, Jesús, lleno de contusiones, con la camiseta muy sucia y bastante nervioso.
A lo largo de las cuatro horas que estuvimos en el aula, dos policías vestidos de paisano y con la cara cubierta entraron y salieron varias veces para leernos nuestros derechos e informarnos de los delitos que se nos imputaban. Mis acusaciones eran tres: desobediencia, atentado y lesiones a la autoridad. No firmé el documento.
En las películas había visto que a los detenidos les dejaban un teléfono para realizar su llamada. De algún modo, las películas son un poco mentirosillas. Ellos son los que llaman, en mi caso al coordinador de la tarde en el periódico, habíamos hablado por teléfono cuatro o cinco veces desde las 18.00h, y ahora estaba pendiente de cualquier señal.
¿Diez horas o diez días?
A las cinco de la mañana estábamos saliendo hacia el edificio en el que están los calabozos. Más tarde supe que a esa misma hora, el director de lainformacion.com llevaba tres horas enfrente de la comisaría intentando entrar, conseguir algo de información sobre mi estado y tirando de todos los hilos posibles para sacarme de allí.
La entrada a los calabozos es... ¿discreta? Podrías pensar que estás bajando a un garaje, pero no, la única entrada que hay es un pasillo con una puerta de gruesos barrotes que no dejan dudas acerca del sitio en el que estás entrando.
Lo peor de un calabozo es el aislamiento, y peor que el aislamiento es la desorientación, además del aburrimiento y la sensación de no tener controlado el paso del tiempo. Compartía celda con Bruno. No entablamos conversación alguna, no había ánimo para ello. El aire viciado y con un ligero aroma a lejía no ayudaba a relajarse y conseguir quince minutos de duermevela era misión imposible.
Todos los detalles que se pueden dar sobre esas últimas horas giran sobre el agobio, la tensión, el mal sueño de no poder dormir y la colchoneta sobre la que intentas acomodarte, las voces y gritos de otros detenidos, el policía vociferando los nombres de los que serían juzgados esa mañana en Plaza de Castilla, el 'desayuno', la visita al baño solo por beber algo de agua o refrescarte un poco la cara y todo acompañado de la voz omnipresente del policía de turno, metiendo prisa al que ha conseguido que le dejen ir.
FIN
A las 12h vi las primeras caras amables después de más de doce horas. Las abogadas estaban allí. Quise abrazarlas, pero conseguí no hacerlo. En aquél momento me informaron de la posibilidad de tardarán un día o varios en salir de allí.
De vuelta en la celda la mente se acelera cuando piensas: ¿24, 48 o 76 horas más? Sin luz natural, sin duchas, sin cubiertos, sin un vaso de agua, sin hablar con nadie, sin leer nada... Una hora y media después me volvieron a sacar para hacerme la ficha completa: huellas dactilares de todo tipo, fotos, muestras de ADN... y al calabozo otra vez.
“¿Quieres comer?”, me dijo a través de las rejas el policía nuevo. “Elige, patatas con pescado o cocido”, al final eligió él. No llegué a abrir el envase caliente, creo que algo dentro de mí quería creer que no iba a necesitar comerme eso.
Una hora más tarde, a las 15h otro agente se acercaba a la celda, “venga, que te vas”.
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