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España

Mentiras y trucos del caso que lo cambió todo

30/09/2009 06:15 | Alfonso Egea para lainformacion.com
Hace sólo unos días se cumplía el octavo mes de la desaparición de una adolescente. El pasado 24 de enero una chica de 17 años se retrasaba a la hora de regresar a su casa y sin saberlo le ponía nombre a uno de los casos más intrigantes, más extraños y más complicados de los que ha tenido que ocuparse la Policía en la historia reciente de nuestro país. Marta del Castillo había desaparecido.
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Cuando parecía que los investigadores del caso habían bajado los brazos, cuando todo indicaba que el proceso de la instrucción judicial iba tocando a su fin, ayer un nuevo titular volvía a sorprender: “El juez ordena que busquen el cuerpo de Marta del Castillo en Camas”. Y hace tiempo que aprendimos que en este caso nada ocurre porque sí. Con Miguel Carcaño, el asesino confeso de la joven, entre rejas, con sus presuntos cómplices, Samuel Benítez y el menor de edad Javier, alias “El Cuco”, a buen recaudo, y con otros dos imputados, el hermano de Carcaño y la novia de éste, libres pero imputados, no es difícil imaginar de qué hilo ha tirado la Policía para dar con este nuevo escenario, esta nueva pista, esta nueva esperanza para una familia que lleva ya mucho esperando que Marta regrese con ellos.



La respuesta tiene nombre, se llama Rocío, apenas tiene 15 años y es un personaje secundario en esta historia que puede esconder todas las claves de tan execrable crimen. Rocío, con 14 añitos, mintió a la policía, mintió a su familia, mintió en directo y en prime time. Dijo que nada sabía de lo que su novio había hecho o no con Marta, dijo que la noche que Miguel asesinó a la joven ella no le notó nada extraño, que durmieron como cualquier noche, sin más. Pero olvidó mencionar el detalle de que Miguel, al día siguiente, le confesó con pelos y señales cómo y por qué había matado a Marta y dónde se había deshecho de su cadáver.



Aquel día dijo que lo habían arrojado al río, al famoso río donde Miguel un día contó que en compañía de sus amigos había ocultado el cuerpo de la joven y la vergüenza de haberla asesinado. Pero Rocío tampoco dijo ese día toda la verdad.



La investigación que lo cambia todo



Voy a imaginar, por un momento, que usted salió de España el 23 de enero de este año y que regresó ayer. Que allá donde estuvo no ha tenido acceso a Internet y que nada sabe del caso de Marta del Castillo. Lo voy a imaginar para poder explicarle los hechos que han rodeado a una investigación que lo ha cambiado absolutamente todo.



Semanas después de la desaparición de Marta la Policía, a través de su Unidad de Menores (GRUME), detuvo a Miguel Carcaño. El chico, amigo de la joven desaparecida, había sido la última persona que había visto a Marta con vida y se convertía en el principal sospechoso del caso cuando en la chaqueta que llevaba aquella noche se encontró sangre de la adolescente desaparecida.



Un cotejo con el ADN del cepillo de dientes de Marta fue la primera palanca que doblegó la voluntad de Miguel, quien hasta la fecha había soportado frío como un témpano todos los interrogatorios a los que los agentes le habían conminado. Pero aquella confesión hoy sabemos que sólo fue la 1.0, la primera versión pergeñada por la mente de un chaval de 18 años al que medio país se empeña en atribuir una mente criminal privilegiada y que realmente no es más que un buscavidas que siempre ha apostado por aquella puerta que se ha encontrado abierta.



Y después de Miguel la Policía detuvo a Samuel, traicionado por su amigo, quien de él dijo que fue la mente y las manos que pensó y materializó cómo deshacerse del cuerpo. Samuel confesó, es cierto, pero lo sorprendente no es que lo hiciera, sino que con sus palabras desmontara una coartada que el tiempo ha demostrado que es más que sólida.



Samuel Benítez cuenta con una auténtica manada de testigos que lo sitúan lejos del escenario del crimen a la hora que éste debió cometerse. Por cierto, un dato este imposible de esclarecer por el momento. Y después vino El Cuco, un chaval de 15 años a quien Miguel ha otorgado diferentes papeles en sus declaraciones según le ha convenido. El Cuco ha sido durante 8 meses desde colaborador necesario atenazado por el miedo, a violador consorte llevado por las drogas, pasando por asesino material y agresor sexual consumado mientras amenazaba a su amigo, cuatro años mayor que él.



¿Saben una cosa? No existe ni una sola prueba física que incrimine ni a Samuel ni a El Cuco en el crimen de Marta. Sólo las palabras de Miguel. Y nunca antes las palabras de un acusado han jugado un papel tan determinante en un caso, pero ¿qué esperábamos? La Ley lo ampara. Un acusado puede declarar tantas veces como estime oportuno y en todas ellas puede mentir tantas veces como deseé.



¿A quién protege Carcaño?



Pero el quid de la cuestión no es que Miguel mienta, sino, ¿por qué miente? Carcaño lo tiene crudo, nada ni nadie le libra de la más alta de las condenas por este caso, y ahora que sabemos que serán nueve ciudadanos libres quienes lo juzguen, menos aún. ¿A quién protege Carcaño? La Policía está convencida de que esa persona es Francisco Javier Delgado, hermano por parte de madre y pareja sentimental de María García Mendaro, ambos imputados en la causa y ambos en libertad, una libertad, por cierto, de la que mucho habría que hablar, ya que pese a compartir los mismos cargos que Samuel Benítez, la pareja disfruta de sus días lejos de Sevilla, en otra provincia andaluza, a la espera de lo que deparen los acontecimientos. Y lo crean o no, de la participación o posible relación con el crimen de los anteriormente nombrados poco más se puede rascar.



Miguel fue cambiando sus declaraciones y aportó hasta cinco versiones distintas del mismo hecho. En algunas Samuel ayudaba a sacar el cuerpo de la casa y en otras Carcaño lo exculpaba por completo, en unas Marta moría a las nueve de la noche y en otras cuando eran las diez y media pasadas. En el sumario del caso existen testimonios objetivos y demoledores, como los de un vecino de Carcaño y su novia que juraron ver a Miguel a las una y media de la madrugada del día de autos en el rellano de su casa, frente a un espejo, con una silla de ruedas… y estaba sólo.



Si su hermano estuvo en la casa mientras mató a Marta o después, si la novia de éste vio a Miguel allí esa madrugada porque se quedó estudiando en la habitación de su novio, esos son datos que sólo Miguel conoce, que nunca ha contado y que los afectados jamás han reconocido.



La clave está en Camas



Así que hagamos como la Policía y pensemos que todos los caminos llevan a Camas.

En Camas Miguel durmió tras matar a Marta, allí llegó a las once menos diez de la noche según su joven novia, la madre de ésta y otros miembros del clan. Y de allí se marchó poco antes de las cinco de la madrugada, camino de su trabajo, un bingo que tenía que limpiar.

El pasado 24 de septiembre la Policía firmó un informe que estaba en la mesa del juez instructor del caso al día siguiente. En él aseguran que han vuelto a interrogar a Rocío, la novia, y que ésta ha ampliado su confesión inicial: Miguel le contó el crimen, sí, le dijo que había matado a Marta, sí, pero no que su cuerpo descansaba ya en las aguas del río Guadalquivir o escondido entre la basura del vertedero de Alcalá de Guadaira… el cuerpo de Marta, según el informe policial, basado en una declaración de una menor que ha contado más mentiras que verdades dice que Marta está a unos centenares de metros de donde aquella noche durmió Miguel después de matarla: en Camas.

Hace un par de semanas los agentes echaron un vistazo por una arboleda cercana a la casa de Rocío. Nada. Ahora quieren buscar en una zanja, una zona cercana a un arroyo que la Unidad Especial de la Policía de Subsuelo ha confirmado que ha sido cubierta con tierra en los últimos meses. La histeria colectiva ha hecho que un vecino haya recogido una sábana con restos “de color rojo oscuro” en la zona… todos quieren encontrar a Marta. Y yo desconfío, de Miguel, de su novia y de una pandilla que sólo ha conseguido incrementar dos cosas: el dolor de una familia y el odio de la sociedad que tiene que juzgarlos. Hoy tal vez un agente grite que han encontrado algo, un resto, un vestigio, una prueba… habrán tenido que pasar ocho meses para dar con una certeza en un caso que lo ha cambiado todo.



* Alfonso Egea es periodista de investigación y autor de un libro, que se publicará en los próximos días, sobre el caso Marta del Castillo.

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