26/05/2010 01:58 Leer artículo completo en
La Razón digital
La tolerancia absoluta, sin el más mínimo deseo de ennoblecimiento del prójimo, sería tanto como «pasar de él», tanto como decirle: «Nada me importa lo que te pueda suceder, lo que puedas hacer de tu vida ni de la de quienes te rodean». Esta actitud supone dejarse llevar por el ambiente que practica inconscientemente «el odio a lo excelente», es decir, oposición a cuanto sobresale de la masa en cualquier aspecto –también en virtud– de la media habitual.