A sus 66 años, debajo de la túnica azafrán y las zapatillas de trekking sin calcetines con las que se viste, detrás de ese aire de Louis de Funes espiritual, Matthieu Ricard es un hombre fortísimo, un atleta de las emociones positivas. En 2006 pasó días meditando enchufado a decenas de sensores cerebrales y dentro de la fría y ruidosa oscuridad de un escáner cerebral.