La conciencia de que Cataluña era sólo una parte de España y no una nación independiente la encontramos también en los reyes que ejercieron sobre ella su soberanía. Así, cuando en 1271 Jaime I salió del concilio de Lyon tras haber ofrecido la cooperación de sus hombres y de su flota para emprender una cruzada, exclamó: «Barones, ya podemos marcharnos; hoy al menos hemos dejado bien puesto el honor de España».