Es una arquitectura de la imaginación, desprendida de matemáticas y leyes físicas. Son los espacios impulsados por lo que Marguerite Yourcenar denominó un «cerebro negro». Un infinito de escaleras entrecruzadas que preceden a las Escher, pero más oscuras, lastradas de un barroquismo mayor y despojadas de ese divertimento inocentón, esa amabilidad tan de cómic y entretenimiento que posee la obra del alemán.