lunes, 13/02/2012 - 10:30 h
Las cicadas son unas de las pocas plantas que sobrevivieron a la época de los dinosaurios. Parecidas a las palmeras, las que están en estado salvaje están desapareciendo a pasos agigantados, pues constituyen un verdadero imán para contrabandistas que después de robarlas las venden por miles de euros a sus clientes. En Sudáfrica han decidido poner fin al problema creando una base de datos del ADN de las plantas.
(Johannesburgo, Sudáfrica).
Las cicadas son unas de las plantas más antiguas de la tierra. Hay fósiles milenarios que las sitúan antes de la época de los dinosaurios. Durante el periodo jurásico estaban desperdigadas por todo el planeta, pero hoy en día sólo se encuentran, y cada vez menos, en ciertas zonas tropicales y subtropicales.
En un intento de combatir con alta tecnología a los contrabandistas de cicadas, unos científicos de la Universidad de Johannesburgo han lanzado un proyecto para identificar especies mediante el ADN (un sistema conocido como “barcoding”) y crear una base de datos de estas plantas.
El proyecto podría servir para ayudar a la policía y a los servicios de aduanas a identificar especies de cicadas que son robadas o sacadas de contrabando de los países.
Los coleccionistas llegan a pagar hasta 7.300 euros por algunos ejemplares grandes o raros de estas plantas. Algunos jardines botánicos han adoptado incluso medidas de seguridad para proteger sus cicadas.
“Las cicadas son plantas tan populares, y hay una demanda tan grande, que lo que la gente está dispuesta a pagar es de locos”, asegura Philip Rousseau, el estudiante de Botánica de la Universidad de Johannesburgo que ha puesto en marcha el proyecto.
Su iniciativa está centrada en las cicadas Encephalartos, endémicas de África.
Sudáfrica tiene un número excepcionalmente alto de especies de cicadas en peligro de extinción, pese a tener unas leyes estrictas que regulan la comercialización de estas plantas. Para poder tener una cicada en Sudáfrica, hay que pedir un permiso especial, pero esto es algo difícil de controlar. De modo limitado, las cicadas se pueden usar también para rituales indígenas, como el “muti” o medicina tradicional.
La “Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres” (CITES por sus siglas en inglés) restringe la comercialización mundial de estas plantas, y todas las especies de Sudáfrica caen dentro de las catalogadas en grave peligro de extinción. Esto significa que el mercadeo con estas plantas silvestres está totalmente prohibido, y que la comercialización de las cultivadas en viveros está muy regulado.
Pero estas restricciones no han logrado impedir el robo de ejemplares de jardines botánicos, reservas naturales o de lugares salvajes, donde las cicadas podrían extinguirse incluso antes de que se logre identificarlas formalmente. Cuando en 1995 se identificó una nueva especia de cicada en Sudáfrica, al cabo de unas semanas de su descubrimiento ya había desaparecido por completo de su enclave natural por culpa de los ladrones.
“La demanda de cicadas es absolutamente ridícula”, dice Rousseau. “Si es nueva y está en peligro de extinción, la gente simplemente la quiere”.
Para pasarlas a través de las fronteras, los contrabandistas arrancan las hojas de las plantas, lo que dificulta muchísimo la identificación de la especie, especialmente si se carece de personal especializado en la materia.
El objetivo final del proyecto de barcoding (proporcionar un código de barras) es poder proveer a los agentes de aduanas de un aparato portátil que les permita sacar una pequeña muestra de la planta y analizarla de inmediato comparando su ADN con la información de la base de datos.
Este aparato, que tendría muchas otras aplicaciones, está siendo desarrollado por científicos en Canadá, pero todavía queda un largo camino por recorrer, quizás más de una década, según explica la profesora Michelle van der Bank, de la Universidad de Johannesburgo (UJ). Sin embargo, asegura que se podría avanzar mucho más rápidamente si se implican en su desarrollo compañías privadas.
“Es bastante urgente. Estamos perdiendo especies endémicas que no han sido descubiertas todavía”, se lamenta.
Para conseguir codificar el ADN de una planta, los científicos toman una pequeña muestra y lo tratan con productos químicos. La máquina que secuencia el ADN en la UJ cuesta más de 110.000 euros y tarda un día en llevar a caboel proceso.
El problema es que la planta tan sólo puede ser identificada si la base de datos tiene algo con qué compararla.
Los datos de las cicadas pasarán a formar parte de una iniciativa internacional llamada TreeBOL, que pretende catalogar todos los árboles del mundo. Van der Bank y la UJ tienen como objetivo identificar el ADN de todos los árboles de África.
Todo esto forma parte a su vez del proyecto International Barcode of Life, de la Universidad de Guelph, en Canadá, que está trabajando para catalogar la biodiversidad del planeta en una base de datos online que ya tiene casi 70.000 datos genéticos de más de 800.000 especies.
Aunque cada vez son más raras en la naturaleza salvaje, en Sudáfrica todavía pueden verse cicadas en los jardines de hoteles y universidades, incluida la de Johannesburgo, así como en los casas privadas.
La Cycad Society of South Africa pretende promover la colección legal de cicadas (puesto que la comercialización de especies cultivadas es legal) y fomentar el conocimiento sobre estas plantas. En una zona prominente de la página web de esta sociedad se puede ver un enlace hacia la policía, para informar de cualquier dato sobre comercio ilegal de cicadas.
En los Jardines Botánicos de Durban, algunos ejemplares de cicadas robadas en noviembre tenían más de 75 años. Estas plantas pueden crecer cientos e incluso miles de años; un tallo largo llegar a tardar 800 años en formarse del todo.
“Han sobrevivido todo este tiempo, pero ahora apenas están sobreviviendo”, dice Rousseau.
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