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martes, 02/09/14 - 23: 42 h

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Alarma en el Sahel: familias que sobreviven comiendo hojas cuatro días a la semana

María Sorribes Catret

viernes, 02/03/12 - 07:15

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Abdoul, Ibrahim, Mariam o Diahara son testimonios vivos de la alarma que se extiende por la región del Sahel, sur del Sáhara. Evitar la muerte de más de un millón de niños pasa por no olvidar una tragedia que, pese a la incansable y eficaz labor humanitaria sobre terreno, acecha noche y día a las familias del Sahel.
Alarma en el Sahel  -Fotogaleria: Accion Contra el Hambre
“Me llamo Ibrahim tengo 52 años y vivo en Tchinbabatan. Soy cabeza de familia en un hogar de 14 personas, entre ellas cuatro niños menores de cinco años. Sólo conseguimos comer dos veces al día. Vivo de la agricultura y de lo que me dan algunos animales. Gracias a mi producción, el año pasado tenía diez kilos de cereal para  mi familia, pero este año solo tenemos seis.

He vendido dos cabritos y un carnero. Ahora sólo nos quedan tres cabras. No sé cómo vamos a aguantar hasta la próxima cosecha”. (Ibrahim Hamza, Región de Maradi (Níger)

Níger es uno de los países en los que suena más fuerte la voz de alarma en la región del Sahel. Junto con Mauritania, Malí, Chad y Burkina faso se lleva la peor parte en la amenaza de un nuevo foco de hambre, tras la hambruna que asoló Somalia.

Lo más difícil llegará en primavera. Para abril se esperan más de 2,6 millones de casos de desnutrición aguda, según Acción Contra el Hambre. 3,5 millones de personas estarán en situación de inseguridad alimentaria.

“Mariam tiene 18 meses, pesa 4 kilos y medio y mide 76 centímetros. Es la cuarta hija y cayó enferma hace tres meses por un destete brusco. Su madre se quedó embarazada cuando la niña tomaba leche materna.

En Mauritania la tradición manda que una mujer no puede amamantar mientras está en estado. Tras dejar el pecho, Mariam empezó a perder peso y sufrir diarreas y vómito, sumadas a complicaciones como tos, fiebre o disnea.

Luego llegó la apatía. Mariam dejó de reaccionar, dejó de llorar, y dejó de comer. El diagnóstico: malnutrición aguda severa.”
(Madre de Mariam, Guidimakha (Mauritania)

La historia de Ibrahim Hamza y de Mariam, dos de los receptores de los programas de ayuda de Acción Contra el Hambre que ya han empezado a recuperarse, representan perfiles típicos en una familia del Sahel: muchas bocas, pocos recursos. 

20 millones de personas en esta región del sur del Sáhara basan su economía en una agricultura de supervivencia. Una zona en la que el 90% de su producción está a merced de recurrentes periodos de sequía. Cuando hay lluvias escasas, los cultivos de cereales y los pastos para alimentar al ganado se ven afectados. Y este año en el Sahel ha llovido especialmente poco.

Las primeras víctimas de la escasez de agua son los niños. Diahara, una de las niñas atendidas por los centros nutricionales de Acción Contra el Hambre, tiene 16 meses y pesa 7 kilos. Algo más que Mariam, que con más edad pesa 4 y medio.El percentil mínimo para un niño de sus características debería ser de entre 10 y 11 kilos, según la OMS

En épocas normales, en la región del Sahel la malnutrición aguda supera el 10%, según confirma Guido Cornale representante de Níger para Unicef y coordinador humanitario de Naciones Unidas.

Ahora, con el déficit  de las cosechas, uno de cada dos niños menores de cinco años está en riesgo de sufrir malnutrición crónica, según datos de Intermon Oxfam. “En crisis los adultos sufren, pero los niños mueren”, sentencia Cornale.

“Todos estamos igual, porque ninguna familia ha sido capaz de recoger una cosecha suficiente.

Mi marido ha comenzado a trabajar en una mina de oro, pero no es suficiente. De siete días, cuatro comemos hojas silvestres y el resto de la semana gachas. Sé que el principal motivo de la desnutrición de mi hijo es mi mala alimentación”.
(Boutiana Dahandi, Fouga Gnagna.Burkina Faso)

La alarma del Sahel es en realidad un cúmulo de factores negativos no sólo medioambientales. A la escasez de lluvias se suman otras razones como la altísima vulnerabilidad acumulada de crisis anteriores. “Las familias aún no se han recuperado de la “estación de hambre” de 2010. En ella quedaron endeudados por pedir préstamos para alimentar a sus familias o comprar un poco de ganado para subsistir.

"Este año, sin stock en las cosechas no pueden saldar sus deudas y mucho menos acceder a nuevos préstamos”, cuenta Ana González de Intermon Oxfam. “Recuperar un pequeño rebaño de cabras u ovejas que se pierde por falta de alimentos durante una sequía cuesta al menos 3 años. Uno de vacas, 10 años”.

“Para mí una 'soudure' [época de hambre desde que se acaba una cosecha y se recoge la siguiente] corresponde a una búsqueda sin esperanza de unos cuantos kilos de mijo o sorgo (cereales básicos de la alimentación en la región).

Me toca caminar kilómetros hasta llegar a comunidades vecinas para pedir prestado un poco y nutrir a mi familia. Esta situación ha provocado la pérdida progresiva de mis hijos porque no llegaba a alimentarles”.
(Soultané Mint Moctar, Selibaby Mauritania)

Aunque la sequía y la pobreza es común, cada país cuenta incluso con más agravantes endémicos. En Níger por ejemplo, la presión demográfica, con una tasa de fertilidad de 7.1 niños por mujer según Unicef, sumada al incremento de los precios de los alimentos en los mercados y los más de 25.000 refugiados que han huido del conflicto de Mali hasta su territorio, vuelven la situación crítica.

Lo positivo es que la alarma ha saltado pronto, los gobiernos locales y regionales han reaccionado priorizando programas urgentes de ayuda y la comunidad internacional ya está en marcha.

Aún hay demasiada hambre. Hambre real de la que acaba matando. Se acaba el stock de la cosecha anterior. El cambio climático continúa rugiendo en el Sahel y este año no ha habido apenas lluvia.

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