lunes, 28/05/12 - 22: 52 h
“Mira los socavones en la calle y la pintura desconchada de los
edificios”, dice Abderrezak Kachane, el líder de la asociación de
vecinos. Camina por Valibout, un grupo de ruinosas viviendas de protección oficial en Plaisir, una pequeña ciudad en los suburbios de París.
Los
vecinos se ríen cuando se les pregunta cuánto llevan esperando a que
les arreglen las casas. Dicen que los ascensores suelen estar
estropeados, que hay algunos edificios llenos de ratas y que la calefacción va y viene.
“Cuando visitamos a nuestros parientes en Marruecos nos pavoneamos de vivir en Francia. Pero cuando ellos vienen aquí y ven donde vivimos no se lo pueden creer”, admite Kachane mientras observa unos grafitis pintados en una escalera.
Desde que se construyeron las viviendas en la década de 1970 las condiciones de vida en Valibout se han ido deteriorando y los vecinos, a menudo inmigrantes, sienten que Francia les ha dado la espalda.
“No tenemos agua caliente ni ascensores”,
se lamenta Mohammed, conductor de autobús. “A las autoridades locales
no les preocupa. No nos respetan. Pero somos una generación que puede
leer y escribir en francés. Conocemos nuestros derechos”.
Durante la pasada Navidad, los vecinos se pasaron una semana sin agua caliente ni calefacción porque las cañerías reventaron.
Si
bien han empezado a hacerse arreglos en los edificios (valorados en
unos 51 millones de dólares), muchos dicen que las mejoras van ya con
retraso. Kachane también se queja de que el arrendador, la empresa
estatal Opievoy, quiere subirles el alquiler para así pagar las obras.
Dice que los vecinos llevan años pagando reparaciones por su cuenta.
Opievoy no ha querido contestar a las preguntas.
Así que Kachane decidió apelar al pequeño estado de Qatar para conseguir ayuda.
“Leí
en el periódico que estaban lanzando un fondo de inversión, y pensé
¿por qué no nos podemos beneficiar nosotros de eso?”, dice Kachane,
recordando su alegría al enterarse de que su solicitud había sido
preseleccionada para ser estudiada en profundidad.
En diciembre
la Embajada de Qatar en París anunció que estaba lanzando un fondo para
ayudar a los empresarios en zonas empobrecidas de los suburbios franceses, conocidos como “banlieues”.
“No se trata de caridad.
Estamos buscando proyectos serios, razonables, sólidos, proyectos a
largo plazo en todas las áreas”, declaró al diario Le Monde el embajador
catarí, Mohamed Jahan Al-Kuwari.
Esta iniciativa del Gobierno catarí se enmarca dentro de un conjunto de inversiones que está realizando en Francia: en el equipo de fútbol Paris Saint-Germain, con la compra del 10 por ciento del conglomerado Lagardere y la construcción de un puñado de palacios, casinos y viviendas de lujo.
En Valibout la decisión de Kachane ha suscitado diversas reacciones.
“Creo que si funciona es fantástico”, asegura Nicole Avonde, una pensionista del barrio. “Quien nada arriesga, nada gana”, señala.
Pero
el funcionario Reda Derar, encargado de las relaciones de la comunidad
con la administración, dice que desaprueba profundamente esta posible
fuente de financiación. “Es un ataque a la soberanía del estado. No somos un equipo de fútbol”, dice Derar. “Si Qatar nos da algo, querrán algo a cambio”.
Nabil
Ennasri, presidente de un grupo de presión que representa a los
franceses musulmanes, cree que el estado árabe quiere desarrollar una
red de apoyos en Francia. “Qatar se quiere convertir en un gran actor
internacional, y en los últimos 15 años ha sido muy activo en el terreno
de los deportes, política, medios, religión y cultura”, opina.
“Francia
tiene una importante población musulmana de ascendencia árabe, que un
día, se quiera o no, desempeñará un importante papel en la política
francesa”, añade Ennasri.
La Embajada de Qatar no quiso participar en este reportaje.
En Francia viven entre cinco y seis millones de musulmanes, muchos de los cuales tienen sus raíces en las antiguas colonias del norte de África.
Benjamin
Pelletier, escritor y gestor de relaciones interculturales, sostiene
que Francia no ha logrado explotar y promover adecuadamente los activos
de esta población.
“Es vergonzoso ver
a otros valorar y promover el talento en nuestros suburbios”, dice. “Es
una señal clara de que hemos fracasado y abandonado esas zonas”.
Pelletier
sostiene que al ser más visible ahora la presencia de Qatar en Francia,
la nación árabe necesita defender de manera activa su imagen.
“En términos de diplomacia pública siempre es más interesante si la población local difunde tu mensaje.
Los franceses no se creerán lo que les diga el emir de Qatar, pero sí
creerán al director de una pequeña empresa de los suburbios”, explica.
La candidata presidencial de la extrema derecha Marine Le Pen criticó recientemente a Qatar por investigar en zonas “musulmanas” de las ciudades francesas:
“Creo que esta situación puede ser muy peligrosa. Estamos dejando a un
país extranjero escoger sus inversiones en función de la religión que se
profesa en una u otra parte de Francia”.
Kachane niega que vaya a
promover los intereses cataríes si el estado del Golfo decide invertir
en su barrio. “No quieren comprar los banlieues. Simplemente quieren apoyar nuestros negocios”.
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