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Día Mundial del Refugiado: Ir al 'cole' en un campo de refugiados para olvidar la sangre y comenzar a vivir

María Sorribes Catret

miércoles, 20/06/12 - 09:12

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La rutina de ir a clase todos los días ayuda a los niños a recuperarse de la huida, del trauma que supone la violencia y la inseguridad. En los campos, una nueva esperanza comienza de la mano de las ‘mates’, la geografía o el suahili.

Ir a la escuela es también un "primer auxilio" para los refugiados

Empieza el ruido. Poco a poco, los primeros murmullos parecen salir de un altavoz. Hasta que por fin, una vez más, se hace de día en el campo de refugiados más grande del mundo.

Con el sol llegan los nuevos. Familias ataviadas con hatillos de tela, otras desnudas sin más pertenencia que el desarraigo. Y la sed.

En la escuela toca dibujo. El profesor recoge los resultados sin recordar ya su sobresalto del primer día. Disparos, sangre, cuerpos, bocadillos que chillan y lágrimas. Les ha pedido que recuerden la huida. A partir de aquí, piensa, “todo irá hacia delante”.

El campo de Dadaab (Kenia) acoge hoy a más de 460.000 personas, en su mayoría mujeres y niños, según Acnur. “Cuando llegan aquí, los niños sólo han visto violencia, abusos y balas”, comenta a lainformacion.com Emmanuel Nyabera, responsable de comunicación del Alto Comisionado de Naciones Unidas para el Refugiado en Kenia.

Muchos ni siquiera saben lo que es un colegio, una pizarra o un profesor. El primer día de clase es una jornada de celebración. Comienza para ellos una nueva vida. Las lagunas no importan. La solución para “ponerse al día” son cursos acelerados de aprendizaje básico, en los que se enseñan las bases de primaria. Más de 1.500 niños en Dadaab ya han comenzado a sumar o a leer sus primeras palabras.

Para superar el trauma que supone la huida y la violencia del viaje hasta el campamento, es fundamental la sensación de estabilidad y seguridad, explica Nyabera. Por ello, la rutina de ir a clase todos los días ayuda a los niños a recuperarse. Les proporciona protección psicológica y capacidad de desarrollo personal.

Para las organizaciones humanitarias es fundamental que la educación comience durante el primer estadío del flujo del refugiado, inmediatamente después de que la protección y la comida estén cubiertas. En Dadaab se han habilitado catorce colegios y escuelas de primaria, y seis de secundaria.

Normalmente, son los propios refugiados quienes lo buscan desde el principio. “Lo primero que suelen preguntar los padres nada más llegar es: ¿hay médico y maestro?”, comentan desde Acnur.

Ir a la escuela en los campos es completamente gratuito para ellos. Además, en algunos como el keniata Dadaab, las organizaciones humanitarias permiten que los niños que no son refugiados pero viven y deambulan alrededor de los campos, también acudan a los colegios de dentro.

La seguridad de estar controlados en clase también aleja a los niños de los peligros de los gigantescos complejos del tamaño de una ciudad. “Evitamos riesgos. Por ejemplo, muchas niñas, incluso pequeñas, han sido atacadas y violadas cuando iban a buscar agua para la familia”, cuenta SaveTheChildren. “La educación debe ser parte de la respuesta humanitaria a las emergencias”.

En los campos que acogen niños de países islámicos, comenta la organización, la educación contribuye a asegurar la futura integración de colectivos marginados en su propio país como las niñas, cuya tasa de analfabetización roza el 70 por ciento. Por ejemplo en Somalia.

Muchas veces, la falta de recursos ni siquiera es un problema. Bajo tiendas o carpas y con lonas de plástico convertidas en pizarras, cientos de niños responden a coro "One, two, three, four… “.

La escasez de profesorado se gestiona con cursos de formación a algunos refugiados adultos, que se convierten en maestros. Actualmente, se consiguen cuotas de un profesor por cada 100 alumnos aproximadamente, indican desde Acnur.

“Con menos medios, seguimos el mismo programa escolar que exigen los colegios oficiales de Kenia. Esto incluye matemáticas, ciencias, inglés, suahili, etc. Nuestro mayor problema es el número de alumnos. Muchas veces las clases están superpobladas”, comenta Nyabera, a pesar de que una tercera parte de los aproximadamente 200.000 niños de Dadaab aún no acude a la escuela.

La mayor satisfacción para Emmanuel es que hoy, 20 años después del comienzo de Dadaab, algunos estudiantes que nacieron aquí han vuelto a sus países ya universitarios.

“Gracias a nuestra formación algunos han conseguido becas para estudiar en universidades africanas de prestigio. Y ahora, más de dos décadas después, han vuelto a casa para trabajar en el futuro de sus países”.

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