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¿Estamos ante un efecto dominó de democratización en el mundo árabe?

María Torrens Tillack

viernes, 11/02/11 - 17:11

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La Revolución de los Jazmines en Túnez ha acabado con la dictadura de Ben Alí y la Revolución de los Jóvenes en Egipto al final ha podido más que Mubarak. Mientras las entrañas de otros países cercanos se revuelven, indagamos en las diferencias y similitudes que existen entre ellos para entender qué puede pasar a partir de ahora.

“Si cae Egipto, caerán otros muchos detrás”, afirma tajante Waleed Saleh, profesor de lengua y literatura árabe en la Universidad Autónoma de Madrid. “Es un país central del mundo árabe y musulmán. No hay marcha atrás. Tiene una influencia enorme”.

Este iraquí afincado en España explica que esa influencia no se debe solo a la situación geográfica del país gobernado hasta ahora por Hosni Mubarak (en el centro del norte de África y pegado a la península arábiga con el canal de Suez de por medio), sino a dos factores principales: Egipto es el país más grande de la zona en términos de población, con 80,4 millones de habitantes. Además, tiene un “valor simbólico y cultural”. Saleh cuenta que en los países árabes “todos hemos tenido profesores egipcios” y se ven películas hechas en ese país.

Egipto es un símbolo para la región y el mundo árabe, pero también para las relaciones internacionales”, añade María Dolores Algora, experta en el mundo árabe-musulmán y profesora de la Universidad San Pablo CEU. A pesar de ello, no cree que el contagio de las revueltas de Túnez y Egipto -que ya se ha reflejado en varias manifestaciones en países tan dispares como Yemen, Jordania o Argelia- vaya a ser tan sencillo.

Caída del telón de acero versión árabe

¿Tan insólito como cuando cayó el Muro de Berlín y los países comunistas fueron llegando a su fin uno detrás de otro? “A todos se nos ha pasado por la cabeza esa comparación”, acepta Waleed Saleh. Pero Jorge Aguadé, experto en el Magreb, matiza: “El bloque soviético tenía una integración económica y todo estaba relacionado entre sí. Pero la economía egipcia no interfiere en sus países vecinos ni apenas hay intercambios entre países árabes, sino con Europa. Los países árabes pobres como Egipto son dependientes de que sus trabajadores emigren a países como a Arabia Saudí”.

Aguadé explica que tanto en Túnez como en Egipto “era evidente que se trataba del final de un sistema”, porque ambos jefes de Estado eran ya muy mayores. Recuerda que en Argelia también es el caso, con un presidente enfermo, pero apunta que la libertad de prensa allí es mayor. “La sensación del fin de una era no existe en otros países del mundo árabe”, asegura.

Un factor determinante según Aguadé puede ser el precio de los productos básicos en la región. Están subvencionados en los países de la zona, pero “cualquier subida puede provocar problemas si los gobiernos no logran financiarla”. Y sin duda alguna, Al Jazeera –que se puede ver a través de los satélites- y las imágenes que se están viendo gracias a que ya no existen solo las cadenas estatales controladas.

“Yo creo que aparte de Egipto, Yemen es un país muy frágil. También Argelia, Jordania …. Esos tres países pueden ser los próximos. También Libia mismo, a pesar del poder de Muammar al Gadafi, porque no tienen ningún apoyo del pueblo”, apunta Saleh.

Pero las monarquías de Arabia Saudí o Marruecos son otro cantar, según estos expertos. “El sistema en Marruecos dista de lo que era antes de la llegada de Mohamed VI al poder: hay más margen de libertades y la situación económica no es tan mala como en Egipto.

Las monarquías del Golfo [Pérsico], como Arabia Saudí tienen una estructura particular, con la situación económica muy resuelta y los que tienen problemas son los inmigrantes de países como Egipto”, ejemplifica el profesor de la UAM.

Democratización o fin de una era

No es lo mismo acabar con un dictador, como Zine Dine al-Abidine Ben Alí en Túnez, que establecer una democracia. Más allá de que se necesita un periodo de transición, habrá que ver en primer lugar hasta qué punto se aceptan todos los partidos antes prohibidos (los islamistas están prohibidos tanto en Túnez como en Egipto). Además, queda por ver qué papel tendrá el Ejército (los militares egipcios han prometido actuar en el interés del pueblo) u otros miembros del anterior régimen (primer ministro en funciones de Túnez, Mohamed Ghanuchi).

En cualquier caso, se espera que en los dos países donde hasta ahora se están produciendo reformas, también pueda participar la oposición en el juego político. Y parte de esa oposición la conforman los partidos islamistas.

“Las élites tendrán que darse cuenta de que cuando esto ha sucedido en países tan importantes como Egipto, hace falta una serie de reformas. Habrá presiones del exterior en esta línea, pero no para el derrocamiento de los regímenes”, opina Algora.

¿Debemos temer la llegada del islamismo radical?

“Si se apuesta por la democracia, en estos países eso incluye a los partidos de corte islamista. Pero hay que distinguir a los diferentes partidos islamistas que puedan acceder al juego político”, indica Algora.

“Es una pieza más del ajedrez de la democracia. Pueden enriquecerla. ¿Qué miedo nos pueden dar los islamistas en Malasia o Indonesia donde se practica la democracia?”, pregunta Saleh. “No tenemos que condenar al islam, sino a los islamistas radicales que no tienen ninguna simpatía hacia la democracia y los derechos humanos”.

¿Y forman parte de los radicales los Hermanos Musulmanes, el grupo islamista prohibido en Egipto después de cometer un atentado contra el presidente Gamal Abdel Naser en los años 50?

“Los Hermanos Musulmanes no son radicales. De ellos salieron radicales, pero Rachid Ghanuchi [el líder de este grupo que ha vuelto ahora a Túnez tras años de exilio en Francia] es un hombre moderado: él es un islamista del modelo turco más que el iraní o el de Bin Laden”, explica Waleed Saleh.

Aún así, la presidenta del Centro Egipcio por los Derechos de la Mujer, Nehad Abdul Komsan, asegura que el ideario de los Hermanos Musulmanes relegan a la mujer a un papel de madre y objeto sexual. Aunque también matiza que ellos no le dan miedo, sino la "cultura fundamentalista arraigada en la sociedad egipcia".

“Una buena parte de ellos sí deben de ser moderados. Es lo que el Ejército [en cuyas manos ha quedado el gobierno transitorio de Egipto] toleraría”, apunta Aguadé. “El problema [para conocer el papel] del islamismo es que como ha sido ilegal, no se sabe realmente la fuerza que tienen. Por otro lado me cuesta creer que el Ejército egipcio tolerara eso. Los ejércitos en el norte de África son bastante laicos”.


María Torrens Tillack

Responsable de la sección Mundo

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