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domingo, 26/10/14 - 00: 58 h

Mundo

'Hablan los chinos': Niños de papá

Ana Fuentes, periodista y autora de 'Hablan los chinos' (Ed. Aguilar)

miércoles, 26/09/12 - 14:06

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  • Adelantamos el primer capítulo del libro 'Hablan los chinos' (Ed. Aguilar), en el que habitantes de la segunda potencia mundial de todos los estamentos sociales muestran su vida.
  • Los 'niños de papá', con los que la autora y excorresponsal en China Ana Fuentes compartió fiestas, nos dejan por un momento formar parte de sus vidas.
Detalle de la portada de 'Hablan los chinos' (Ed. Aguilar)  -Foto: Imagen cedida por Ed. Aguilar

“Mano”. “Perdone, ¿cómo dice?”. “Mano”, repite el portero como un autómata. Su compañero, otra mole de dos metros de altura encargada de revisar los bolsos, me indica que debo dejarme estampar en la mano el sello de entrada. Las chicas del ropero se ríen tapándose la boca. La discoteca ha reforzado su protocolo de seguridad hace unos meses: hay más clientes con dinero que antes, más drogas, más peleas.

Es una de las salas de moda en Pekín, construida a lo grande y decorada como la peor pesadilla de un minimalista: baños de mármol negro, paredes forradas de tela negra con brillos, cortinajes de seda violeta y macetones con flores artificiales. Junto a la cabina del discjockey se alza una fuente de estilo barroco con su querubín incluido. Para apreciar los detalles las pupilas tienen que acostumbrarse a la oscuridad. Las discotecas chinas son mucho más ruidosas y están aún menos iluminadas que en Occidente.

Estoy buscando a Xiao Chen. Hemos quedado en vernos en la barra para no perdernos. Me siento en un taburete al lado de una pareja que pide ocho chupitos. Ella se aparta la melena de la cara y agarra un vaso con cada mano dando un grito agudo de felicidad. El chico, que le lleva el bolso como suelen hacer los novios chinos, se ríe y hace lo propio. Se los beben a pares y piden otra ronda.

La pista está vacía. Los camareros se cruzan en todas las direcciones rumbo a las mesas del fondo, cargados de hielo, botellas y bandejas de fruta fresca. Al principio de la noche nadie baila: es la hora de los jiu ling (酒令), los juegos para emborracharse. Algunos se juegan con dados, otros con cartas o con acertijos o con los dedos de la mano. Los hay antiquísimos, de la época imperial, o tan recientes que incorporan el argot de moda. El propósito es el mismo: que los contrincantes se agarren una buena curda.

Desde una esquina alguien me hace señas. Distingo a Xiao Chen, que se ha cortado el pelo dejándose una minicresta. Me tiende la mano con timidez. “Bienvenida. Siéntate, por favor”.

Dos chicas menudas saludan levantando ligeramente la barbilla. “Éstas son Mimi, mi novia, y Li Lei, la novia de Tim. Él ha ido a pedir más alcohol, pero ahora viene”, explica Xiao Chen haciendo a un lado los bolsos de las chicas para dejarme sitio. Me hundo en uno de los sofás de cuero negro y me disculpo por llegar tarde aunque no sea cierto. En realidad los chinos siempre se presentan a las citas antes de tiempo. “Tranquila, aún no hemos empezado a jugar”, dice Li Lei guiñando un ojo a su amiga. Mimi hurga en su bolso Marc Jacobs y saca un juego de dados.

“¿A qué te gusta jugar a ti?”, pregunta Mimi mientras se enciende un cigarro rosa. Me tiende el paquete, decorado con estrellas y corazones. “Coge los que quieras. Son importados de Japón”.

Tim llega con un cubo de cervezas y se seca las manos para saludarme. “Veo que tenéis todo preparado para los dados. Cuando queráis. Os voy a machacar”, dice soltando una carcajada.

Li Lei se incorpora como un resorte, se hace un moño y se quita el reloj Cartier edición limitada, tan absorta que parece un cirujano a punto de operar. Mimi lanza los dados.

---PUEDES LEER LA ENTREVISTA A LA AUTORA DE 'HABLAN LOS CHINOS', ANA FUENTES, AQUÍ.---

Los chinos son unos fuera de serie con el cálculo. Para comprobarlo, lo mejor es jugar con ellos. Les encanta competir, apostar y hacer aspavientos. Al cabo de tres rondas Li Lei se perfila como vencedora. No se le ha movido ni un pelo del moño. Xiao Chen está colorado por el alcohol y se ha desabrochado dos botones de la camisa. Llama al camarero y le pide vodka y otro plato de sandía. Compra dos botellas a cien euros cada una.

Mimi está histérica. Se revuelve en su asiento y se quita todas las pulseras porque le molestan. Tamborilea con los dedos en el cristal de la mesa mientras le llega su turno. Xiao Chen la mira, muerto de risa. “Es muy competitiva”, bromea. “Si no gana, después le cuesta dormir”.

“Idiota”, responde ella, y le da un coscorrón. “No sirves para nada”. Él se apresura a abrazarla y ella lo rechaza haciéndose la ofendida. Luego se deja querer. Muchas parejas chinas se relacionan así.

Un camarero que parece menor de edad, con pelusa en el bigote, se lleva nuestra cubitera para rellenarla de hielo. Nuestra mesa cuesta dos mil yuanes [doscientos treinta y ocho euros], aproximadamente el doble de lo que el muchacho debe de ganarse al mes trabajando toda la noche seis días a la semana. En China no se dejan propinas. Al cliente, sobre todo al de las mesas, hay que aguantarle prácticamente todo.

Mimi se levanta tambaleándose un poco por los efectos del alcohol y anuncia que va al baño. Li Lei agarra su bolso y la sigue. Les toca esperar cola durante algunos minutos, y aprovechan para actualizar su cuenta de Weibo, el Twitter chino. “¡Sonríe!”, le dice Li Lei a Mimi enfocándola con su iPhone. Mimi hace la V de victoria y tira un beso a la cámara. Su amiga se ríe y teclea veloz en la pantalla con las uñas azul marino, pintadas a juego con el vestido.

Los baños de mujeres dan pie para un estudio relámpago sobre las diferencias de clase. Las clientas como Mimi y Li Lei son altas, de melena abundante y dientes perfectos. Se protegen del sol y usan cremas especiales para tener la piel blanquísima. Sumando la ropa, el maquillaje y los complementos, llevan encima miles de yuanes. Manejan teléfonos de última generación y se escandalizan al comprar preservativos en el dispensador automático de la discoteca, por lo que pueda surgir. En cambio las ayi, las chicas de la limpieza, miden un palmo menos, tienen la piel aceitunada y las manos ajadas por la lejía. Llevan uniformes marrones de tela sintética, zapatillas de tela y el pelo recogido en un moño con redecilla.

En cuanto una clienta sale del retrete, una ayi entra para limpiarlo. Lleva unas pinzas de madera enormes para recoger los papeles que han caído fuera de la taza. Mimi y Li Lei se pasan veinte minutos definiéndose la raya del ojo y ahuecándose el pelo. Las ayi las miran fascinadas, como si fueran actrices de cine, y les tienden toallas de papel para que se sequen las manos. Una sonríe a Mimi con devoción a través del espejo. Tiene una cara bonita, pero la dentadura destrozada. Mimi ni siquiera se da cuenta. Se pone brillo en los labios y me guiña un ojo.

“¿Volvemos a la mesa?”, pregunta colocándose el flequillo por enésima vez.

La pista ya está abarrotada. El discjockey lleva puesto un gorro de lana aunque la temperatura del local supera los 40 ºC y coquetea con las chicas que hacen cola para saludarlo.

“Dios, ¡está buenísimo!”, aúlla una menudita que se ha descalzado para trepar a la plataforma. Sin tacones mide metro y medio. Una vez arriba, se calza en dos segundos y empieza a contonearse como una gogó profesional. “Madre mía”, le digo a su amiga. “Qué bien baila, ¿no?”. “Todas vamos a clase de pole dance”.

En Pekín se han puesto de moda las clases de estriptís y barra americana. Las mujeres aprenden a desnudarse y a trepar como gimnastas al ritmo de Shakira, uno de sus mitos occidentales. Las escuelas les prometen que se pondrán en forma en dos meses después de un embarazo o que conseguirán elevar su caché sexual. “Estos bailes devuelven la chispa a las relaciones”, decía una profesora entrevistada por una revista femenina de Pekín. “Eso no lo da el Pilates”.

Tim y Xiao Chen ya se han terminado la primera botella y atacan la segunda. Tim sigue como si nada, con el tupé engominado y las gafas de pasta retro, pero Xiao Chen está empapado de sudor y no da pie con bola. Cuando se levanta para dejarnos paso, se resbala y tira una copa.

“Siempre igual”, protesta Mimi. “No sabes beber”.

Xiao Chen la mira con los ojos vidriosos, extiende las manos en plan teatral y tararea una estrofa de Cuento de hadas (童话, tong hua), un éxito romántico en los karaokes: “Tienes que creer, creer en nosotros...”, canta en falsete.

Ella suelta un bufido, se cuelga el bolso y se va. Nos quedamos petrificados. Li Lei le hace un gesto a Tim, que empieza a recoger las cosas de Xiao Chen. “Creo que tenemos que irnos, lo siento”, se disculpa Tim, “nuestra amiga tiene mucho carácter”.

Xiao Chen, avergonzado, se abrocha la camisa como puede y me da la mano. “Nos veremos pronto”, balbucea. “Buenas noches”, dice Li Lei y me estrecha su mano de niña. “Good night”, repite en inglés.

El camarero imberbe se apresura a apartar las butacas para dejarles paso. Al ver que todavía quedan más de cien euros intactos en alcohol, suspira y empieza a vaciar los ceniceros.

---PUEDES LEER LA ENTREVISTA A LA AUTORA DE 'HABLAN LOS CHINOS', ANA FUENTES, AQUÍ.---

Tim, Xiao Chen y sus novias son lo que en China se conoce como fu er dai (富二代), hijos de nuevos ricos o niños de papá. Viven en una burbuja gracias a la fortuna de sus progenitores. No saben lo agobiante que resulta el metro pequinés por las mañanas: se levantan a la hora que tienen a bien y conciertan sus citas a través del iPad en restaurantes, galerías y cafés. No les preocupa encontrar trabajo ni comprar una casa, como a la gente de su edad. De la noche a la mañana improvisan excursiones en barco que cuestan decenas de miles de yuanes. Cuando les pregunto a qué se dedican, contestan evasivos que a “los negocios”.

Los millonarios chinos son una especie huidiza que evita explicar el origen de su patrimonio. Se sabe que cada vez son más: novecientos sesenta mil residentes en China poseían más de un millón de euros a mediados de 2011, según la revista Hurun, el equivalente chino de Forbes. No superan los 40 años de media y la mayoría ha hecho fortuna en la empresa privada. Un 20 por ciento, aprovechando el tirón del sector inmobiliario, y el 15 por ciento, en Bolsa. Lo que todos tienen en común son sus buenos contactos en las altas esferas. De hecho, tres de cada diez ocupan un cargo político. Durante el maoísmo los ricos eran “capitalistas explotadores” a los que había que perseguir, pero en la década de 1980 el Gobierno se sacudió los complejos. Muchos analistas sostienen que el gran acierto del Partido Comunista ha sido integrar en sus filas a los “capitalistas” en lugar de hacerles sentir una clase ajena al sistema cuya legitimidad podrían llegar a cuestionar.

En líneas generales hay dos tipos de ricos: los que ostentan y los que no. Los primeros se comportan como niños malcriados. Se saltan los semáforos en rojo en sus coches de lunas tintadas, maltratan a los camareros y compran sin medida en tiendas exclusivas. Vale la pena pasarse por un centro comercial de lujo para verlos en acción, escogiendo bolsos, abrigos de visón y diamantes. Pagan en metálico con fajos enormes, ya que el billete de mayor valor en China es el de cien yuanes (doce euros). A menudo se regalan escapadas a París, Nueva York, Londres y Milán para fichar las últimas tendencias y tiran la casa por la ventana: en 2011 realizaron setenta millones de viajes (un 25 por ciento más que el año anterior) y gastaron en ellos cincuenta y dos mil millones de euros, según la Academia China de Turismo. Debido a los impuestos las marcas occidentales cuestan mucho más en China, así que cuando salen compran todo lo que pueden (suele haber un tope en el número de artículos que puede llevarse cada cliente). Las mejores firmas extranjeras tienen personal para atenderlos en mandarín y les ofrecen productos a medida, como joyas de jade o con los animales del horóscopo chino.

Los potentados en Pekín viven en urbanizaciones privadas a las afueras, como la mayoría de expatriados. Pasear por alguna de ellas no tiene desperdicio, empezando por los nombres: Versailles, River Garden, Champagne Town... La clave es que tengan un nombre extranjero, pero con alguna palabra conocida como paradise o château. Detrás de las verjas de seguridad se encuentran avenidas llenas de fuentes, columnatas y falsos estucos. Una de esas villas con jardín, sauna y piscina particular puede superar los cinco millones de euros.

Los verdaderos multimillonarios, sin embargo, procuran mantener un perfil bajo. Saben que están en el punto de mira: si llaman demasiado la atención, el Gobierno puede investigar sus cuentas. Además, en un país con tantas desigualdades, donde aproximadamente el 60 por ciento del PIB se concentra en manos del 0,03 por ciento de la población, según las estadísticas oficiales, a la gente le exaspera que los ricos campen a sus anchas. Para evitar agresiones y secuestros cada vez más ricos contratan guardaespaldas.

A Tim y a Xiao Chen los han educado para ser discretos. Xiao Chen, por ejemplo, es voluntario en una ONG. Sus compañeros se dieron cuenta de que no era como ellos porque no tenía además un trabajo remunerado. Terminaron de confirmar sus sospechas cuando lo sorprendieron al volante de un BMW aunque él siempre aparcaba lejos de la oficina.

Cuando conocí a Xiao Chen, en el otoño de 2010, el tema de los niños de papá y sus privilegios estaba al rojo vivo en Internet a raíz del caso Li Gang. Un buen día a este señor, que era un alto cargo de la Policía de Hebei, la provincia que rodea Pekín, lo llamaron de comisaría diciéndole que su hijo de 22 años, Li Qiming, había atropellado a dos chicas y se había dado a la fuga. Según los testigos, iba conduciendo a toda velocidad por el campus de la universidad cuando arrolló a las chicas, que iban en patines (una murió, la otra quedó malherida) y siguió su camino como si nada. Cuando los guardas de seguridad le cortaron el paso y le exigieron que se bajara del coche, el joven, con dos copas de más, empezó a berrear: “¡Venga, denunciadme si os atrevéis! ¡Mi padre es Li Gang!”.

El asunto caldeó los foros de Internet en cuestión de horas y dio lugar a las parodias más rocambolescas. Cuatro días después del incidente se convocó un concurso de poesía clásica en la Red cuyo único requisito era incluir un verso que dijera: “Mi padre es Li Gang”. Más de seis mil personas enviaron sus poemas. Los chinos son muy ocurrentes para estas cosas. Por mucho que el susodicho padre saliera en la televisión oficial pidiendo perdón con lágrimas en los ojos, Li Qiming se convirtió en el símbolo de los ricos abusones. La historia fue una de las más mediáticas de 2010. En enero de 2011 el joven fue condenado a seis años de cárcel y a pagar una multa de ochenta y dos mil ochocientos dólares a las familias de las dos víctimas.

Xiao Chen quería evitar que la gente le colgara el cartel de millonario sin escrúpulos. La primera vez que nos vimos me citó en un café italiano al que sólo van chinos de clase media-alta (el resto no suele tomar café) aunque no necesariamente muy adinerados. Charlamos de todo un poco: de su pasión por los deportes, de lo complicado que era moverse por la ciudad con tanto atasco, del buen café que servían en ese sitio... Agotadas las trivialidades, se puso serio y, mirando su botella de San Pellegrino, me espetó: “Que sepas que yo no me considero un niño de papá”.

“¿Cómo te definirías?”, pregunté de la forma más delicada que supe en chino.

“Soy una persona normal. Tengo dinero, pero soy igual que los demás”.

“Pero no tienes los mismos problemas que la mayoría de gente de tu edad, como, por ejemplo, no poder comprarte un piso, ¿no?”, insistí.

Xiao Chen sabía de lo que le estaba hablando y torció el gesto. En China la gente odia cuando los ricos se declaran gente corriente, pero para él era injusto generalizar. “Nos maldicen porque creen que para llegar adonde estamos hemos pisado al resto o violado los principios éticos de la sociedad. Son unos pocos los que hacen quedar mal a los demás. La mayoría de los ricos son buenas personas. Han recibido una educación mejor y precisamente por eso no se les pasa por la cabeza actuar sin pensar en los demás”, soltó de un tirón.

Le temblaba la voz y noté que lo más prudente era cambiar de tema.

Nos vimos otras veces, pero ya nunca solos. Xiao Chen se presentaba en todas partes con Tim, el amigo con el que estuvimos aquella noche en la discoteca. Tim había estudiando en Canadá, se defendía en inglés a la perfección y tenía respuestas para todo. Xiao Chen le reía las gracias y mientras iba bebiéndose todo lo que le caía entre manos, hasta que se le pasaba la vergüenza y metía baza en la conversación.

Viéndolos mano a mano, nadie diría que sólo hacía cinco años que se conocían. “Xiao Chen es como mi hermano menor”, anunció Tim el primer día que nos presentaron. “Tendríamos que habernos conocido antes porque nos gustan las mismas cosas. Ahora pasamos todo el día juntos para recuperar el tiempo perdido”, repuso Xiao Chen, riéndose.

Cuando cogimos confianza, me explicaron que se apreciaban tanto porque tenían historias parecidas. Los padres de Xiao Chen eran funcionarios del Ejército reconvertidos en empresarios que supieron subirse al tren en los ochenta, cuando se privatizaron miles de empresas estatales. Para Xiao Chen eso significó criarse con las niñeras y el chófer. “Mis padres se pasaban el día fuera de casa haciendo negocios y tuve una infancia bastante triste. Me costaba hacer amigos porque cada dos o tres años me cambiaban de colegio. Hemos vivido en Henan, en Tianjing, en Nanjing y en Harbin[1]. Conservo cinco o seis buenos amigos, no más, y cada uno vive en una ciudad distinta”, relató.

Durante una época quiso estudiar en el extranjero, como otros chicos de su clase, pero sus padres tenían otros planes para él. “Mi madre no me veía lo suficientemente maduro como para volar solo e insistió en que me quedara en China. Nunca entendí ese interés por retenerme cuando apenas me había cuidado de pequeño, pero se empeñó en que mantuviera el vínculo con el ejército y me matriculó en un internado militar”.

En el fondo no le pareció mala idea irse a vivir con gente de su edad en lugar de aburrirse jugando solo. Pasó seis años en una de las escuelas más elitistas de China, levantándose al amanecer y haciendo ejercicio hasta la extenuación. “Tengo muy buenos recuerdos de aquella época”, contó. “En las escuelas militares se vive un ambiente especial. No te dan apenas libertad, todo tiene que estar autorizado y en ese sentido la rutina es aburrida. Pero los lazos que forjas con tus compañeros son increíbles. Son hermanos, o más que hermanos. Agradezco a mis padres que me mandaran allí”.

La escuela era mixta y al poco de llegar se fijó en una de sus compañeras, Mimi. Era discreta y buena corredora de fondo. Se hicieron amigos y empezaron a salir en secreto, ya que el reglamento prohibía las relaciones entre alumnos. Años más tarde, cuando ya eran una pareja consolidada, conocieron a Tim: fue en 2007, en una reunión de antiguos alumnos con gente de otro internado. Tim acababa de volver de Canadá y había ido a saludar a sus amigos de la infancia. Desde entonces los tres se han visto prácticamente a diario.

Tim tampoco había tenido mucho margen de acción en la vida. Sus padres también eran empresarios. Siempre habían vivido en Pekín, pero viajaban constantemente por negocios. Lo dejaban con sus abuelos y lo llamaban por teléfono, casi siempre desde la sala VIP de algún aeropuerto antes de embarcar. Tim habla de sus padres con respeto, pero al hablar de su abuelo, que tiene 101 años, se le ilumina la cara. Lo adora. “Fue él quien me crio. Siempre me cuenta historias de la guerra porque luchó contra los japoneses en Harbin en la década de 1930. Es la persona más importante en mi vida”.

Cuando cumplió 8 años, a Tim también lo enviaron a un colegio interno. “Mis padres no tenían tiempo para ocuparse de mí. Querían que me forjara una personalidad fuerte con capacidad de sacrificio y sin problemas para relacionarme dentro de un grupo. Si me hubiera quedado en casa, habría pasado solo la mayor parte del tiempo y hoy no tendría habilidades sociales”, dice, convencido.

Cuando volvía a casa en vacaciones, le compraban lo que quisiera: ordenadores, máquinas tragaperras, bicicletas de carreras. Sus amigos vivían igual, así que le parecía lo normal. Al terminar el colegio sus padres le anunciaron que se marcharía a Canadá a cursar la secundaria y una licenciatura en Finanzas. El plan era que volviera a China siendo bilingüe y con un título extranjero bajo el brazo. Él lo acató. “Al principio la carrera no me sedujo mucho. Hubiera preferido Diseño Gráfico, pero me convencieron al decirme que en Canadá podría esquiar todos los días. Y era verdad: ¡es el paraíso de la nieve!”.

Pasó allí siete años que califica de “gloriosos”, usando sin reparos la tarjeta de crédito de su padre. Se sacó el carné de conducir y se compró una moto y dos coches. Recorrió con sus amigos las mejores pistas de esquí de Norteamérica. Aprendió un inglés más que aceptable y podría haberse quedado trabajando, pero en cuanto se licenció su familia lo reclamó de vuelta.

“¿Nunca les llevaste la contraria?”, pregunté.

Negó solemne con la cabeza.

“Mi padre sabía que en China había muchas oportunidades, y que yo podría triunfar más fácilmente aquí que en el extranjero. Por eso me pidió que volviera. No siento que me haya presionado. Nuestro concepto de amor filial es distinto del que existe en Occidente: lo sé por mis compañeros en Canadá. Los chinos podemos ser tercos con nuestros padres, pero al final hacemos lo que nos dicen. Tenemos un proverbio que dice: “Escucha a los ancianos y te ganarás el pan”.

---PUEDES LEER LA ENTREVISTA A LA AUTORA DE 'HABLAN LOS CHINOS', ANA FUENTES, AQUÍ.---

A Tim, generoso y vital, le encantaban las sorpresas. Me envió un mensaje al móvil: “Nos gustaría invitarte a cenar. ¡Espero que aguantes el picante!”. Me citó en una dirección del nordeste de la ciudad, en la habitación 208A. Supuse que se trataba de un hotel o un club. Cuando quieren celebrar algo, los chinos prefieren reservar una sala privada.

Resultó ser uno de los mejores restaurantes coreanos de la ciudad. Cuando llegué, había una fila de coches de lujo aparcados en la puerta, la mayoría con las lunas tintadas: tres Audi, dos Mercedes, un Ferrari y dos BMW. La maître que recibía a los clientes en la entrada llevaba un pinganillo como los regidores de televisión. El restaurante era un inmenso cubo de cristal distribuido en tres niveles. En la entrada había jarrones de orquídeas y un cuarteto de cuerda interpretaba a Mozart junto a un estanque con carpas rojas. Uniformadas con el hanbok, el traje tradicional coreano, las camareras formaban un pasillo para recibir al público. “Bienvenido”, entonaban al unísono, primero en mandarín y luego en coreano, cada vez que pasaba un cliente. Los camareros, también con auriculares, conducían a cada comensal a su mesa. La habitación 208A estaba en el segundo piso detrás de un jardín tradicional con piedras y árboles naturales.

Estaban todos sentados a la mesa: Tim, Mimi, Li Lei y Xiao Chen. Tim ya se había encargado de pedir, haciendo gala del gusto chino por la abundancia. Parecía un banquete de boda: col picante fermentada, ensaladas, tres tipos de arroces coreanos, tortillas de camarones, pulpo y cebolleta, empanadillas de setas y fideos fríos gelatinosos.

“¡Pasa y siéntate! ¡Un minuto más y nos lo comemos todo!”, bromeó Li Lei, señalándome con los palillos. Mimi sonrió mientras masticaba. Se había rizado las puntas de la melena y llevaba un vestido beis con cuello redondo que le daba un aire de muñeca antigua.

Una camarera nos repartió cuencos de porcelana con una sopa humeante de pollo negro y jengibre, excelente para curar catarros. En el centro de la mesa colocó una piedra caliente y dos bandejas de filetes de ternera finísimos. “Xiao Chen se ocupa de la barbacoa”, anunció Mimi. Obediente, Xiao Chen tomó las pinzas y empezó a mojar la carne en salsa antes de asarla sobre la piedra.

Li Lei picoteó la ensalada, sorbió algo de sopa y anunció que estaba llena. Se encendió uno de sus cigarrillos rosas. Tim y Xiao Chen también fumaban, pero tabaco Chungwhua, el favorito de los empresarios. Es el que se regala en los banquetes oficiales, el tabaco patriótico por excelencia, ya que el paquete es rojo con cinco estrellas amarillas, como la bandera china, y tiene dibujada la plaza de Tiananmen. Dicen que tiene un gusto a ciruela.

Se notaba que los cuatro amigos se llevaban bien. Empezaron a contar anécdotas sobre conocidos comunes del internado. Tim vivía tan intensamente las historias que se levantaba para representarlas. El resto se reía sin parar. A Li Lei le rodaban los lagrimones por las mejillas. Xiao Chen miraba a su amigo con admiración al tiempo que remataba una botella de soju, el licor de arroz coreano. “Estos dos se conocieron en aquel internado”, dijo Tim, señalando a Xiao Chen y a Mimi. “Pregúntale a ella cómo entró porque es un misterio”.

Carcajada general. Miré a Xiao Chen, pero fue Mimi la que respondió. “Es una historia muy larga, así que no me pidas detalles”, bromea. “Básicamente, mis padres no son militares, pero entré en el internado porque tenían contactos”, dijo. Atrapó un trozo de pepino de la ensalada con los palillos y empezó a roerlo. “Ya sabes”, enfatizó con retintín, “en China los contactos son muy importantes”.

Se refería al guanxi, (关系), que literalmente significa “red de contactos”, pero que para los chinos abarca mucho más. Es una llave que abre puertas para ingresar en una buena escuela, entrar gratis a un concierto o librarse de una multa de tráfico. Pero también, llevada el extremo, para que una empresa consiga una licitación pública millonaria o un delincuente no vaya a la cárcel.

“¿Querías ser militar?”, pregunté a Mimi. “¿Militar? ¿Yo?”, contestó perpleja. “¡Qué aburrido! Lo que pasa es que aquí en China los militares tienen un estatus especial. Ir a sus escuelas es la manera de encontrar un buen trabajo”.

Algo más que los cuatro tenían en común: sus padres lo habían organizado todo para que formaran parte de una élite. “Lo han dado todo por nosotros”, explicó Xiao Chen. “Nos han facilitado mucho las cosas, pero eso también implica mucha presión”. Tim asintió en silencio. “Todos los padres quieren que sus hijos tengan éxito en la vida”, prosiguió Xiao Chen, “pero en nuestro caso nos han preparado desde pequeños. No podemos decepcionarlos”.

Casi la mitad de los millonarios en China está deseando abandonar el país[2]. Quieren que sus hijos reciban una educación internacional, huir de la contaminación. También escapar de la inseguridad jurídica: saben que pueden caer en desgracia de la noche a la mañana, como les ha ocurrido a decenas de magnates y funcionarios acomodados[3]. Uno de los mejores ejemplos es el de Huang Guangyu, presidente de la cadena de electrodomésticos Gome. En 2007 los medios lo describían como un emprendedor ejemplar, hecho a sí mismo, que empezó vendiendo radios en la calle y consiguió amasar la mayor fortuna de China. Apareció en la lista de millonarios de la revista Hurun y tres años más tarde fue condenado a 14 años de prisión por negocios ilegales, manipulación en Bolsa y soborno.

Para no correr la misma suerte los ricos evitan las listas públicas. Muchos, en cuanto pueden, emigran. Su destino preferido es Estados Unidos, seguido de Canadá y de Singapur. Solicitan un visado de inversor extranjero, que con el tiempo les garantiza la residencia permanente. Estados Unidos concede cada año diez mil de estos visados a quienes inviertan un millón de dólares en una empresa local o la mitad en una zona rural o con mucho desempleo. En 2007 pidieron acogerse a este programa doscientos setenta millonarios chinos[4]. Tres años después eran casi tres mil. No todos lo consiguen porque es preciso cumplir ciertos requisitos[5], pero están dispuestos a pagar miles de dólares a varias agencias para que les ayuden con los trámites.

La familia de Tim es una excepción. Son profundamente nacionalistas y nunca han pensado en irse. Cuando el joven estudiaba en Vancouver, sus compañeros chinos, todos con grandes patrimonios, soñaban con conseguir la nacionalidad canadiense. Preferían comprarse pisos allí, donde realmente serían los dueños. En China uno puede poseer un coche, una empresa, y hasta un yate, pero por ley el suelo sobre el que está edificada su casa es del Estado[6]. Pese a todo los padres de Tim querían que su hijo volviera: tenían contactos en Pekín que no debía desaprovechar.

Al principio el joven se sintió extraño. Había estado siete años fuera y desconocía los códigos sociales. Su padre lo sometió a un intenso entrenamiento, paseándolo cada noche por reuniones y fiestas. Quería que abriera bien los ojos, escuchara, y después escogiera el negocio que quería montar. El dinero no era un problema. “Los amigos de mi padre me explicaron las reglas para ser empresario en China”, me explicó Tim. “Lo primero es ser buena persona, honesto y humilde. Escuchar los consejos de los demás para tratar de compensar nuestros defectos. También es importante ser elocuente porque la mayoría de los tratos se cierra gracias a las relaciones personales”, explicó.

Constató que en China primero se hacen los amigos y luego se cierran los acuerdos. “En América es posible que dos socios no tengan afinidades personales más allá del negocio. Aquí es al revés. A veces supone un problema, porque si un amigo te propone un trato, aunque no sea muy rentable, tienes que aceptarlo porque es tu amigo”.

Se decidió por fundar una compañía para promocionar la cultura china. Su familia no lo presionó para que obtuviera beneficios a corto plazo. Lo fundamental era que proyecto tenía cierto glamour y estaba conectado con China. “Viviendo fuera me di cuenta de que cada país tiene un sabor único. Sin embargo, aquí muchos jóvenes parecen renegar de sus orígenes. Prefieren la cultura importada, Facebook, el hip hop. Las modas occidentales ganan peso y la idiosincrasia china se diluye. Si seguimos así, en dos siglos este país será como cualquier otro. Tenemos que sacar partido a lo que somos”.

El modelo sería Japón, que ha conseguido poner de moda sus tradiciones de moda siglos después y exportarlas a todo el mundo. “Seguro que has oído hablar de la ceremonia del té y de los arreglos florales nipones: pues vienen de China”, puntualizó. “Antiguamente las cuatro actividades que distraían a la alta sociedad china eran quemar incienso, preparar el té, los arreglos florales y la caligrafía. En la Dinastía Tang un monje que se llamaba Jianzhen[7] las llevó a Japón. Los japoneses las rodearon de rituales ceremoniosos y hoy las venden como propias. Y ganan millones”.

De momento Tim organiza fiestas con amantes de las artes tradicionales. “Damos a conocer la cultura puramente china”, explicó. “Queremos que la gente al menos sepa qué es chino y qué hemos importado de otros lugares”. Al final son reuniones para que los millonarios se conozcan y hagan negocios.

Le pregunté si se consideraba nacionalista y le hizo gracia. “¿Quieres decir que si me gusta mi país? Claro”, se rio, “¿a ti no te gusta el tuyo? Pero eso no tiene nada que ver con mi negocio. Yo monté mi empresa porque mi familia me lo sugirió, pero también porque, por mis conocimientos de marketing y finanzas, creo que la cultura tradicional china tiene mucho potencial. No es lo único a lo que me dedico, también soy socio inversor en otras compañías. El negocio de la cultura me permite conocer a gente bien posicionada, me da acceso a otras empresas en las que colocar capital. Todo está conectado, ¿entiendes?”.

A su lado, Mimi parecía contrariada. Se tocó nerviosa los pendientes, unos brillantes en forma de lágrima, e interrumpió a Tim para preguntarme a bocajarro: “Vamos a ver, ¿tú te crees ese rollo de que en Occidente hay democracia?”. Se hizo el silencio en la mesa. Mimi no esperaba una respuesta. “En Occidente”, prosiguió, “os pensáis que la democracia es una especie de religión que os purifica. Pero no tenéis países perfectos. Mirad lo que está pasando con la crisis. A la gente en China lo que le interesa es que vive mucho mejor que antes”.

Li Lei, que trabaja en la televisión central CCTV, observaba como si fuéramos tertulianos de su cadena. Era la más reservada de todos y, según decía Xiao Chen, la más brillante. “¿Qué piensas del Gobierno chino?”, preguntó sirviéndome otro vaso de licor. Contesté con diplomacia: “Lo que yo piense no importa. Estoy aquí para saber lo que pensáis vosotros”. De golpe, a Mimi se le pasó el enfado. “Lo has dicho todo sin decir nada... ¡pareces china!”, concluyó con una carcajada. “Dejemos la política, es demasiado aburrida. ¿Sabéis que mi madre quiere ir conmigo al museo del sexo? Lo vio el otro día en un reportaje que sacamos en la tele y me ha llamado tres veces para preguntarme cuándo la voy a llevar”.

Las camareras llamaron a la puerta y pidieron permiso para limpiar la mesa. Trajeron dos bandejas de fruta fresca y pequeños flanes de té verde, cortesía de la casa. Tim propuso un brindis por el coche nuevo que iba a recoger al día siguiente. No quiso decir qué modelo era para dar una sorpresa a Li Lei. Era uno de lujo porque llevaba meses en lista de espera. Xiao Chen anunció que se tomaría el día libre para acompañarlo. “Eso es un amigo. Aunque claro, tú no tienes que trabajar porque tu familia te ha cedido un presupuesto bastante amplio”, bromeó Tim.

Xiao Chen se puso colorado. “Sí que trabajo”, se excusó, mirándome. “Con mis padres tenemos varias empresas inmobiliarias y nos dedicamos a vender e invertir”. Reconoció que sus horarios son flexibles y gracias a eso se dedica a lo que le gusta: esquiar en invierno y jugar al golf en verano. Tim había tenido entrenadores personales desde pequeño y le estaba enseñando. También les gustaba viajar. “Vamos mucho a Hainan[8]. Al extranjero casi nunca, porque tenemos que pedir visado para casi todas partes”, explicó Xiao Chen. “Además yo tengo que estar pendiente del negocio, no puedo irme muy lejos”.

Le pregunté si se veía en el mundo inmobiliario. “Bueno... Un negocio tiene que tener dos aspectos: que te guste y que sea rentable. Si conviertes lo que te gusta en un negocio, puedes dedicarte a él muchos años. Si tu único objetivo es ganar dinero, cuando lo consigues te entran ganas de cambiar. Por lo general los chinos hacemos negocios mirando a corto plazo, para ganar dinero”.

“Éste es un país muy materialista”, bromeó Mimi.

“Pero todavía nos preocupa la familia”, apuntó Tim. “La gente conserva el sentimiento del deber filial. Por otro lado, la competencia es agotadora. Hay demasiada gente, todos con ganas de destacar. Cuando llegué no conseguía acostumbrarme”. Abrió otra botella de soju.

Xiao Chen se puso serio, quizá por los efectos del alcohol. “Para mí lo peor es que la gente nos mire mal por tener dinero. Nosotros también necesitamos la aprobación de los demás. Por ejemplo, si nos compramos una casa, la gente dice que la han pagado nuestros padres. A mí eso me hace sentir incómodo, porque quizá no la pagaron mis padres. La gente habla sin saber. Me gustaría que me diera igual lo que la gente piensa, pero no soy capaz. Y eso condiciona mis sueños”.

Le pregunté cuáles eran sus sueños y Mimi se rio. “Yo no tengo”, dijo muy borracha. “La vida es muy oscura”. Se rieron todos. Xiao Chen se lo pensó un rato antes de contestar. “El mío es vivir un tornado. Tiene que ser brutal”, dijo.

Cuando salimos, ya no quedaba nadie en el restaurante. Los camareros estaban barriendo y nos hicieron reverencias cuando nos despedimos. Tim y Li Lei se ofrecieron a llevarme en su 4X4, pero preferí que me diera el aire después de tanto licor. Con el gesto desencajado, Xiao Chen llevaba del brazo a Mimi, que andaba a trompicones con sus tacones imposibles. La ayudó a sentarse en el Ferrari descapotable.

“Buenas noches, que descanses”, me dijo Xiao Chen estrechándome la mano. Mimi esbozó una sonrisa, y echó la cabeza hacia atrás en el asiento. El motor arrancó y se perdieron enseguida entre los rascacielos. Del estruendo, un niño que pasaba por la calle con su abuelo rompió a llorar.

---PUEDES LEER LA ENTREVISTA A LA AUTORA DE 'HABLAN LOS CHINOS', ANA FUENTES, AQUÍ.---



[1] Las ciudades están situadas respectivamente en el centro, el sudeste y el nordeste del país.

[2] En octubre de 2011 Hurun y el Banco de China publicaron un informe con esta conclusión.

[3] Según un especial de Hurun, de los mil trescientos treinta millonarios o multimillonarios chinos clasificados como tales por la revista entre 1999 y 2008, treinta y seis tuvieron problemas con la justicia más tarde. En agosto de 2009 dieciséis estaban en la cárcel, tres esperando sentencia y diez sometidos a investigaciones oficiales. Siete habían desaparecido o había huido al extranjero porque tenían causas judiciales pendientes.

[4] En 2011 casi dos mil setecientos habitantes de China continental solicitaron el visado para inversores. Mil lo consiguieron. En Canadá existe un programa similar para inversores con un límite de setecientos visados anuales.

[5] La demanda se ha disparado tanto que varios países limitan la concesión de visados para inversores extranjeros. En julio de 2011 Canadá fijó su tope en setecientos de estos visados al año. Una semana después de anunciar esta restricción se completó el cupo: seiscientas noventa y siete solicitudes provenían de China.

[6] Hasta 2008 la concesión duraba un máximo de setenta años. La nueva Ley de Propiedad Privada, que entró en vigor en enero de 2008, introduce como novedad que al finalizar ese plazo la concesión se renueva automáticamente. Eso hace que se reduzca la inseguridad de los ciudadanos y que en la práctica se parezca más a la plena propiedad que antes aunque no llega a serlo.

[7] Jianzhen llevó el budismo a Japón en el siglo viii.

[8] La isla de Hainan es uno de los destinos más famosos de vacaciones para los chinos.

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