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La doble moral de la prensa alemana ante el crimen

17/07/2009 06:33 | Cameron Abadi – GlobalPost para lainformacion.com
El ataque a un anciano germano acaparó la atención de los medios de comunicación sensacionalistas. La muerte violenta de una joven egipcia mientras tesfificaba en un juicio ha pasado inadvertida.
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BERLÍN – En la Navidad de 2007, dos jóvenes abordaron a un anciano en una estación del metro de Múnich y lo golpearon con tanta rudeza que acabó en un hospital en estado crítico. Hace menos de dos semanas, una mujer de 32 años, con cuatro meses de embarazo, testificaba en un tribunal de Dresden cuando el acusado se acercó al estrado y la apuñaló 18 veces. La mujer murió.

Estos dos espeluznantes ataques, separados por 18 meses, muestran dos reacciones muy diferentes dentro de la sociedad alemana. El primer incidente se convirtió instantáneamente en un escándalo, comida para la prensa amarillista y objeto de una polémica política que duró varios meses. El segundo incidente recibió una atención superficial en los medios de comunicación y desapareció de la esfera pública al poco tiempo.

Esta diferencia de reacción revela el doble estándar con el que lucha Alemania pero al cual aún no se ha enfrentado. En el ataque en el metro, los atacantes eran musulmanes de origen turco. En el del tribunal, la víctima era musulmana, egipcia. Los alemanes saben actuar en el primer caso, pero no el segundo.

Era de esperar que la prensa amarilla alemana, que normalmente conoce el terreno que pisa cuando se trata de sacarle partido a hechos de sangre, aprovechase el ataque para aumentar sus ventas. Los detalles eran, sin duda, lo suficientemente horrorosos. El 1 de julio, Marwa al-Sherbini, una farmacéutica de 32 años, embarazada, testificaba en un juicio contra un hombre, conocido como “Alex W” que la había insultado a ella y a su hijo en un parque cercano a su casa.

Cuando el acusado la atacó en el estrado con un cuchillo, la única persona que fue en su auxilio fue su marido. Éste también resultó apuñalado varias veces hasta que la policía entró en la sala y, por error, le disparó, creyendo que era el atacante. El hombre está ahora en estado grave en un hospital alemán.

Manifestaciones en Egipto

Sin embargo, Alemania no parecía conmovida hasta que el resto del mundo llamó la atención sobre el caso. Cientos de miles de egipcios salieron espontáneamente a las calles cuando el cuerpo de al-Sherbini llegó a Egipto para su entierro, acompañado de su hijo de tres años que fue testigo del ataque.

Los egipcios protestaban por su muerte y los prejuicios que la habían provocado, y se mostraban indignados -algo que no se vio en Alemania-  por el hecho de que tal acto de barbarie pudiera ocurrir en un tribunal de justicia. Los políticos alemanes sólo reaccionaron rápidamente cuando percibieron que podrían estar a las puertas de una crisis diplomática.

Una semana después del ataque, el gobierno de la canciller Angela Merkel expresó sus condolencias formales y anunció que analizaría el asunto con el presidente egipcio Hosni Mubarak, aprovechando la conferencia del G-8 en Italia. Para no ser menos, el líder del partido Social Demócrata, Franz Müntefering, anunció que asistiría a un homenaje religioso para al-Sherbini programado para esta semana.

No sería justo decir que el asesinato de al-Sherbini es un reflejo de una sociedad fundamentalmente hostil a los musulmanes. Sin embargo, sí da una idea de la relación entre la mayoría de la sociedad alemana y las minorías musulmanas, caracterizada por una gran tensión.

Aiman Mazyek, secretario del Consejo Central Musulmán de Alemania, refutó la semana pasada las afirmaciones del portavoz del gobierno de que los hechos del asesinato seguían sin esclarecerse. “La prueba de que se trata de un crimen por fobia al Islam es apabullante”, afirma. “La prudencia está bien, pero parece como si se lo quisieran quitar de encima”.

“Escaso” apoyo

Unas horas antes, en la habitación del marido de al-Sherbini en el hospital, Mazyek habló de la reacción “inexplicablemente escasa” tanto de los medios de comunicación como de los políticos.

Desde los años 60, Alemania ha acogido una importante población turca. El problema es que en muchos casos los alemanes siguen –después de décadas- haciendo el papel de anfitriones porque se han negado a recibir a los recién llegados como conciudadanos.

Los primeros inmigrantes de Turquía tenían la condición de trabajadores temporales que regresarían a sus casas cuando Alemania ya no les necesitara. Las leyes que regulan la nacionalidad alemana han obstaculizado incluso a los descendientes de segunda y tercera generaciones la posibilidad de obtener un pasaporte alemán.

No existía una provisión en caso de que los inmigrantes se quedaran y trajeran a sus familias. Actualmente en Alemania viven casi 3,5 millones de musulmanes –un 4 por ciento de la población- y a menudo su vínculo político y económico con Alemania, y viceversa, es una nebulosa.

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