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sábado, 26/07/14 - 14: 24 h

Mundo

La historia de película de Edward Snowden: así se fraguó el mayor chivatazo del ciberespionaje jamás revelado

María Torrens Tillack

martes, 11/06/13 - 13:31

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  • Cinco meses han tenido que pasar desde que el ciberespía Edward Snowden se pusiera en contacto con su primer ‘compinche’ periodista.
  • Los elegidos para revelar los supuestos abusos de los servicios secretos tuvieron que utilizar estrictas precauciones informáticas.
Desaparece el ex agente de la CIA que filtró documentos

Un enigmático correo electrónico apareció un día del pasado enero en la bandeja de entrada de Laura Poitras. “Quiero su código de encriptado”; “necesitamos un canal seguro”. Poitras, una de las periodistas y documentalistas más premiadas de EEUU, quedó expectante. Llegó un segundo mensaje: “Tengo información sobre el entorno de [los organismos de] Inteligencia. No será ninguna pérdida de tiempo para usted”.

Así lo ha contado Poitras a la publicación Salon. Aunque por aquel entonces ella aún no sabía de quién se trataba, el ciberespía arrepentido Edward Snowden tenía motivos para dirigirse a ella. Quería destripar el supuesto abuso en la vigilancia de la vida de todo estadounidense y ella es autora de varias películas-denuncia sobre polémicas políticas de EEUU, como la prisión de Guantánamo. Además, en la actualidad prepara un documental sobre vigilancia estatal, filtraciones, libertad en la Red y Wikileaks.

No es que esta mujer acostumbre a recibir correos así, pero ya había trabajado con la web de filtraciones de Julian Assange y sabía cómo conseguir el código que le solicitaba aquella persona aún sin identificar. Aún así, no era fácil. “Yo ya tenía códigos de encriptado, pero lo que él estaba pidiendo iba más allá de lo que yo empleaba en términos de seguridad y anonimato”, reconoce en la entrevista concedida a Salon.

Toda precaución era poca

Intercambiaron varios correos sin concretar demasiado. Ambas partes parecían andarse con pies de plomo. “Era todo teórico, pero tenía la sensación de que era legítimo [lo que me contaba]. Hacía afirmaciones y aseguraba tener documentación”, continúa el relato sin entrar en detalles.

Poitras seguía escribiéndose con su misteriosa fuente sin saber quién era ni dónde trabajaba. Comenzó a atar cabos más tarde, cuando en primavera se enteró de que su compañero de la Fundación Freedom of the Press (‘Libertad de Prensa’ en inglés) y periodista, Glenn Greenwald, también estaba recibiendo correos similares. Él es el periodista que ha publicado parte de las filtraciones el diario británico The Guardian.

Sea como fuere, a los tres protagonistas de esta historia les unía un fin común, la libertad de información que promueve la Fundación encabezada y fundada por esas fechas –entre otros- por una mítica ‘garganta profunda’ de EEUU. Daniel Ellsberg, que en los años 70 filtró los llamados “papeles del Pentágono” desvelando secretos sobre la Guerra de Vietnam, es uno de los líderes.

De ‘garganta profunda’ a ‘garganta profunda’, el exempleado de la CIA y analista de la Agencia de Seguridad Nacional  (NSA)  de EEUU había encontrado un buen nexo de unión para aliarse con Poitras y Greenwald. Pero no era el único motivo para ponerse en contacto con la primera: según la misteriosa fuente, la propia Laura Poitras era “una de las seleccionadas”. 

Eso, le explicó, significaba que “todo lo que haces, cada amigo que tienes, cada compra que haces, cada calle que cruzas implica que estás siendo vigilada”. Es precisamente lo que Edward Snowden quería denunciar, que todo ciudadano de EEUU está bajo el radar de los servicios secretos de EEUU.

No la convenció de la noche a la mañana para que se fiara de él. “Por supuesto que desconfiaba”, admite Poitras. Fue en febrero cuando esta experimentada documentalista consultó a su buen amigo periodista y doblemente ganador de un Pulitzer, Bart Gellman, qué opinaba sobre los correos y la fuente. Estuvo de acuerdo en que parecía de fiar.

“No hay salvación para mí”

De todas formas, Snowden también se andaba con pies de plomo. “Verax fue el nombre que eligió para sí mismo, “relator de la verdad” en latín”, escribió Gellman hace unos días en The Washington Post, el otro periódico donde se han comenzado a destapar los dudosos métodos de ciberespionaje de EEUU, sobre los que varios dirigentes europeos ya han mostrado su preocupación. Su pseudónimo no es más que el ejemplo más superficial del complejo sistema de contacto que estableció con sus periodistas de confianza.

Te matarán si creen que eres el único que podría poner fin a esta filtración y convertirles en los únicos dueños de esta información”, llegó a advertir un preocupado Snowden a Gellman. El periodista no cree que pudiera llegar a ese punto, pero entiende que estuviera gravemente preocupado. “No hay salvación para mí”, asumía por entonces el ciberespía que tras las primeras filtraciones decidió revelar su identidad a todo el mundo.

“Contactó con nosotros, no sabíamos cuáles eran sus planes, y en un momento dado nos mostró documentación”, cuenta Poitras, e insiste: “Hasta hace muy, muy poco no supe la identidad de la persona [que me escribía]”.

Fue el 16 de mayo cuando el periodista del Washington Post y colega de Poitras contactó por primera vez de forma directa con Snowden. El joven analista informático tampoco reveló su nombre a Gellman en aquella ocasión.

Preparando la huida tras la primera publicación

Unos días más tarde le propuso cómo llevar a cabo la publicación de una de las cosas que más le indignaban: un programa informático que supuestamente consigue información personal de los ciudadanos gracias a gigantes informáticos como Facebook, Google o Microsoft.

Pidió que publicaran una presentación en PowerPoint sobre lo que hace ese programa en un plazo de 72 horas y solicitó que The Washington Post incluyera un código encriptado en su web para que él pudiera demostrar que él era la fuente a la hora de pedir asilo en algún país como Islandia, por su destacable tradición en la defensa de la libertad de prensa.

El periódico estadounidense tardó dos semanas en sacar la información a la luz. De 44 diapositivas de aquel PowerPoint, únicamente publicó cuatro, por cuestiones de seguridad, explica el periodista.

Tanto Laura Poitras como Glenn Greenwald han asegurado que aún queda información por salir a la luz. Mientras mantienen el suspense, Poitras se limita a responder con un “no haré comentarios sobre eso” cuando se le pregunta si ella sabe dónde se encuentra ahora el ciberespía a quien vieron en Hong Kong para grabar su “confesión”. De momento, Edward Snowden ha desaparecido del espectro público. Ya no está en el hotel donde se alojó en Hong Kong.

Probablemente esté intentando conseguir asilo en Islandia, como pensó en un primer momento, o quizá haya optado por algún país de Latinoamérica siguiendo el de Julian Assange, que desde su refugio en la embajada de Ecuador de Londres intenta evitar su extradición a Suecia, donde se le requiere por presuntos abusos sexuales. Julian Assange, el soldado Bradley Manning y ahora Edward Snowden… parece el inicio de una saga de “soplones” de los embarazosos secretos de EEUU ante la luz pública.

María Torrens Tillack

Responsable de la sección Mundo

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