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jueves, 18/09/14 - 14: 08 h

Mundo

La historia del niño rico que decidió hacerse pobre para seguir a Dios y acabar con la esclavitud del siglo XXI (1/2)

María Torrens Tillack

domingo, 21/04/13 - 07:00

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  • Hijo de Pilar Sartorius y discípulo directo de Teresa de Calcuta, el padre Christopher ha cambiado su vida acomodada por una más que modesta vida en Etiopía.
  • Su corazón continúa en República Dominicana, donde lucha contra los abusos de la industria azucarera.
El Padre Christopher Hartley Sartorius posa con los niños de los cañaverales dominicanos por los que lucha  -Foto: Cedida por Christopher Hartley/Fundación Misión de la Misericordia (prohibida su reproducción total o parcial fuera de este reportaje)

Jonny nació en medio de una plantación de caña de azúcar de la República Dominicana. Pero no es dominicano, porque sus padres son haitianos. Tampoco es haitiano, porque no ha nacido allí. La única patria de este joven es la plantación donde se despierta y acuesta cada mañana para pasarse el día cortando caña de azúcar sin tener apenas algo que llevarse a la boca.

No tiene cocina en la chabola de hojalata que comparte con sus progenitores. Tampoco le hace falta, pues dicen por el batey (como llaman allí a la plantación) que la sensación de vacío en el estómago es ya tan habitual que ni duele. Hasta el agua la toman del mismo lugar donde bebe el ganado.

El Padre Christopher Hartley Sartorius sintió la bofetada de esta realidad del cañaveral dominicano en 1997. Llegaba de asistir como párroco a los más ricos de Nueva York en la catedral de San Patricio, aunque también había estado en el Bronx y en las misiones de la Madre Teresa de Calcuta en la India.

“El silencio del cañaveral me sobrecogía cuando iba en un todoterreno chapoteando por el lodo, era como estar circulando por una postal, un lugar donde no existe el tiempo”, recuerda el Padre Christopher al rememorar su llegada para lainformacion.com. Pero no tenía nada de poético: “Es el silencio que nace de un miedo que te paraliza, la clave de toda esa perniciosa industria. Allí la gente está muerta de miedo. Allí el miedo paraliza”.

Un centenario cortador de caña de azúcar en República Dominicana  -Foto: Joana Socías/Fundación Misión de la Misericordia (prohibida su reproducción total o parcial fuera de este reportaje)

Cuenta que fue Teresa de Calcuta quien le enseñó la “tenacidad y perseverancia en el amor” por los más desfavorecidos y quien le mostró el camino de su sacerdocio cuando aún se formaba en el seminario de Toledo en España. Por aquella época (finales de los años 70) aprovechó unas vacaciones para ayudarla con los más pobres de los pobres. Supo que quería dedicarles también su vida y se convirtió en uno de los fundadores de la rama de hombres de aquella congregación cuya entrega le había embaucado, los Misioneros de la Caridad.

Atrás habían quedado ya hacía tiempo las comodidades de su casa paterna, la de la hija de los condes de San Luis, Pilar Sartorius, y el heredero inglés de las mermeladas Hartley. Hace ya más de quince años que el Padre Christopher vive, sueña y respira el aire de los cañaverales dominicanos. Poco importa que ahora esté a miles de kilómetros, en la igualmente paupérrima Etiopía.

Allí también le necesitan, pero asegura que llegó al desierto forzado por las presiones de la industria azucarera dominicana. “Usted deje de joder aquí, porque aquí siempre ha sido muy tranquila la vida hasta que usted vino a revolotearlo todo”, le habían advertido tiempo antes. En 2006 se convirtió en una mosca cojonera que ya había molestado demasiado a los poderosos dueños de las tierras donde vive Jonny y la Iglesia dominicana acabó pidiéndole que se fuera.

En el púlpito de la miseria (Ed. La Esfera de los Libros) es el libro de la periodista Joana Socías que plasma ahora sobre el papel la historia y la lucha de este sacerdote anglo-español.

Jonny trabaja sin descanso para intentar conseguir al menos una tonelada (sí, una tonelada) de cañas de azúcar al día. Si las fuerzas y el acostumbrado estómago vacío no le traicionan y corta dos o tres toneladas cada día, al final de la semana puede llegar a cobrar 12 euros. Eso si el contable no extravía o manipula el registro de la caña cortada. Más de una vez ha llegado el sábado para cobrar su salario semanal y se ha tenido que volver con las manos vacías a casa o con menos de lo que le correspondía realmente.

Hasta los bueyes reciben mejor trato que estos trabajadores. “Un buey es mucho más caro que traficar con una persona. [Si le pasaba algo,] venía volando un veterinario. Cuando una mujer se ponía de parto, allí no venía nadie”, asegura Hartley Sartorius.

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María Torrens Tillack

Responsable de la sección Mundo

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