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jueves, 18/12/14 - 13: 33 h

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La increíble historia del único hombre que ha conseguido escapar con vida de los ‘campos de la muerte’ de Corea del Norte

Roberto Arnaz

sábado, 06/04/13 - 07:00

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  • Vivió durante 23 años en el Campo 14, una de las prisiones para disidentes políticos más duras y mortales del país.
  • Para escapar tuvo que trepar sobre el cadáver de un amigo para saltar al otro lado de una verja electrificada. Consiguió llegar a Corea del Sur y cuenta su experiencia en un libro. 
Este es Shin Dong-hyuk, el único hombre que ha conseguido escapar con vida de los ‘campos de la muerte’ de Corea del Norte  -Foto: Amazon.com

Su único crimen fue nacer en una familia en la que dos de sus miembros habían huido a Corea del Sur durante la guerra. La condena: cadena perpetua, desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte. Sin embargo, tras 23 años atrapado en el Campo 14, el más temible de los de los ‘campos de la muerte’ en los que el régimen norcoreano encierra a los disidentes políticos, Shin Dong-hyuk decidió que era el momento de escapar a su destino.

Después de presenciar el fusilamiento de su madre y su hermano, Shin se convenció de que debía huir. Así se convirtió en el único hombre que ha sobrevivido a uno de los múltiples gulag construidos por el régimen de Pyongyang y en los que, según la inteligencia estadounidense, podría haber hasta 200.000 presos obligados a realizar trabajos forzosos para pagar una supuesta traición al Estado.

La dramática fuga de Shin es el corazón de ‘Huida del Campo 14’, el libro en el que el periodista estadounidense Blaine Harden relata como el joven norcoreano consiguió escapar de su prisión: un enorme complejo de alta seguridad de más de 50 kilómetros de largo y 20 de ancho en el que cerca de 15.000 reos explotan sin descanso minas, granjas y fábricas.

Shin nació en el Campo 14 y, aunque nunca conoció una vida distinta, pronto comenzó a ser consciente de que vivía una pesadilla. “Su primer recuerdo es el de una ejecución”, escribe Harden al inicio de su relato. Por aquel entonces tenía sólo cuatro años.

Un día, mientras caminaba por los campos de trigo en los que trabajaba su madre, vio un montón de prisioneros arremolinados, algo poco común en el Campo 14. Allí las reuniones de más de dos reclusos están prohibidas, excepto en los ajusticiamientos, que son públicos y los reos están obligados a presenciarlos.

Shin se hizo un hueco hasta la primera fila y fue testigo de cómo un grupo de guardias ataban a un hombre a un palo de madera y lo acribillaban ante la mirada aterrorizada del resto de los presos. Esta sólo fue la primera de la docena de ejecuciones que presenció durante su estancia en el Campo 14, incluida la de su propia familia, acusada de conspirar para fugarse.

Cualquiera que supiese de un plan de escape y no lo pusiera inmediatamente en conocimiento de los guardias, era condenado a muerte. Y es que, en el Campo 14 cualquier incumplimiento de las normas se pagaba con la vida, incluso un simple roce no autorizado entre un hombre y una mujer.

La vida en el infierno

Nada más ingresar en el ‘campo de la muerte’, los presos eran segregados por sexos. Trabajaban juntos, pero dormían en lugares separados y, según la norma número 8 del código de la cárcel, “ante cualquier contacto físico sin permiso, los culpables serán fusilados de inmediato”. Los rectores de la prisión premiaban "con una pareja" la fidelidad de los reos.

A los menores se les inculcaba que estaban allí para “pagar por los pecados de sus padres” y que el trabajo duro y la obediencia a los vigilantes eran las únicas fórmulas para “borrar la culpa”. Se les inculcaba que sus familiares eran feroces competidores en la lucha por la comida y los guardias les educaban para ser chivatos. Las ratas, las ranas, las serpientes o los insectos eran un pilar clave en la dieta de supervivencia.

Pese a todo, Shin y su madre eran afortunados. Disfrutaban de los alojamientos más lujosos de este gulag a 50 kilómetros de Pyongyang: tenían su propia habitación, compartían una pequeña cocina con otras cuatro familias y disfrutaban del privilegio de contar con dos horas de electricidad al día. Eso sí, no disponían de agua corriente o muebles. Dormían sobre el frío cemento.

En el Campo 14 la jornada comenzaba a las 4 de la madrugada. Las mujeres, como la madre de Shin, se levantaban a esa hora para preparar el desayuno y la comida. Luego salían a trabajar en el campo, plantando o recogiendo arroz a pleno sol.

Los hombres eran empleados en tareas más físicas, como el transporte de la producción, la construcción o el manejo de maquinaria pesada. Así fue como Shin conoció al preso que le cambiaría la vida.

Una fuga desesperada

En octubre de 2004, el guarda capataz de la fábrica en la que trabajaba le hizo un encargo especial. Debía enseñar a un recién llegado, Park Yong Chul, el funcionamiento de las máquinas. Shin entabló enseguida amistad con Park, que le convenció de la necesidad de tramar un plan para fugarse.

Su nuevo amigo le abrió la mente al mundo exterior al joven nacido en cautividad y le explicó la historia de las dos Alemanias tras la Segunda Guerra Mundial y cómo los disidentes de Berlín arriesgaban su vida para saltar el muro que dividía la ciudad y huir hacia un futuro mejor.

Aquel relato no dejó de resonar en la cabeza de Shin hasta que un día, mientras podaba unos árboles junto a Park frente al perímetro exterior del campo de concentración, decidieron que era el momento de salir de allí: nadie les vigilaba, el puesto de guardia más cercano estaba a varios centenares de metros y sólo una valla electrificada les separaba de la libertad.

Park, valiente, saltó primero. No lo consiguió y quedó atrapado entre los alambres. Una fuerte descarga eléctrica acabó con su vida. Shin, que entonces contaba con 23 años, trepó por el cuerpo de su amigo para saltar al otro lado y corrió sin mirar atrás.

De manera clandestina, consiguió llegar a China y, de ahí, a Corea del Sur. Ahora vive en California, donde trabaja como embajador de paz para la ONG Libertad en Corea del Norte.


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