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La muerte de un “patriota afgano”

18/07/2011 06:30 | Jean MacKenzie | GlobalPost
El asesinato del hermano del presidente de Afganistán, no es una buena señal para las tropas de EEUU. Mientras hacen el petate y piensan qué les espera de vuelta en casa, los talibanes siguen demostrando su presencia. ¿Está Afganistán preparada para guiar su democracia?
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“Convertimos a nuestros líderes en héroes sólo cuando están muertos”, lamentaba un joven hombre de negocios afgano que dirige una compañía de análisis de riesgos en Kabul. Hablaba hace un mes, mucho antes de que Ahmed Wali Karzai, el hermanastro del presidente, fuese asesinado por su propio guardaespaldas en Kandahar el pasado martes.

El “héroe” que tenía en mente era el general Daud Daud, el polémico jefe de la Policía en la zona norte, que murió en un ataque suicida el 28 de mayo en la provincia de Takhar. Aunque se decía desde hacía mucho tiempo que Daud era un traficante de drogas y un matón, el Gobierno afgano y el Ejército de EEUU le premiaban por una razón: luchaba contra los talibanes y mantenía en orden una volátil zona del país.

Con AWK, como se conocía al hermano del presidente, la situación era parecida. Pocos dudaban de las acusaciones de corrupción que le rodeaban. En privado, quienes se han beneficiado de lucrativos contratos de los militares extranjeros en el sur dicen que nada se podía hacer sin la firma de AWK y, por supuesto, sin una generosa recompensa.

Hay pocas dudas también sobre sus conexiones con el tráfico de drogas. En octubre de 2008 el New York Times publicaba un extenso artículo sobre las relaciones con el narcotráfico de AWK, con citas de altos cargos gubernamentales que confirmaban dichas acusaciones.

Pero Ahmed Wali era el hombre fuerte en Kandahar. También estaba, según numerosos informes, en la nómina de la CIA. Era un hombre que cooperaba con EEUU y sabía cómo ganarse los favores.

AWK negó enfáticamente dichas acusaciones, incluida la de la conexión con la CIA, asegurando que sus enemigos políticos estaban detrás de ellas. El presidente Hamid Karzai también defendía a su hermano pequeño, exigiendo reiteradamente a quienes le acusaban que demostrasen lo que decían.

Quienes hablaban mal de AWK eran a menudo amenazados, detenidos, o peor. Los periodistas en Kandahar temían a Karzai, y según The New York Times, quienes se atrevían a hablar abiertamente sobre sus conexiones con la droga acababan en la cárcel o muertos.

Pero Karzai gobernaba Kandahar con mano de hierro, y prometió dureza contra los talibanes. Como jefe del Consejo Provincial, su poder tenía que haber sido bastante limitado. Pero logró hacerle sombra por completo al gobernador de la provincia, Tooryalai Weesa, hasta el punto de que se le conocía como el “rey” de Kandahar.

Al propio Weesa parecía no importarle. El martes elogió efusivamente a AWK, calificándole como un “verdadero patriota afgano” que había sido “mártir de los enemigos de Afganistán”.

“Reacciona como si se hubiese muerto Abraham Lincoln”, decía con mordacidad un contratista internacional.

AWK no fue un gran hombre; puede que ni siquiera fuese un buen hombre. Pero su muerte ha dejado un importante agujero en el centro de la política de EEUU en Afganistán. Kandahar es el simbólico corazón de la insurgencia, y ha sido el centro de gran parte del aumento de acciones militares que supuestamente han dado un giro a la guerra.

Con la inminente retirada de un contingente importante de fuerzas de EEUU, y con la promesa de otra amplia reducción en un futuro próximo, la administración Obama necesita mantener el discurso de “progreso” (en lugar de “frágil” y “reversible”) que está promoviendo.

EEUU se muestra firme en que no saldrá corriendo de Afganistán. No se trata de una derrota, insisten constantemente, sino de una victoria para nosotros y para la gente de Afganistán. Estamos entrenando a los afganos para que se cuiden a si mismos, para que asuman la responsabilidad de su propio Gobierno y seguridad.

Pero el martes pasado lo que se respiraba en Afganistán no era ambiente de victoria. Kabul fue cerrado a cal y canto, con controles de seguridad repletos de armas a lo largo de toda la capital. Kandahar, en donde se celebró el funeral del fallecido, se convirtió en una auténtica fortaleza para recibir al presidente y muchos otros políticos de alto rango.

Los talibanes han reivindicado el asesinato. Apenas ha sorprendido a nadie, ya que los insurgentes están tratando de presionar psicológicamente tanto al Gobierno afgano como a las fuerzas internacionales.

Una cadena de asesinatos y ataques a personalidades (la muerte del jefe de la policía de Kandahar en abril, el ataque al Ministerio de Defensa ese mismo mes y, por supuesto, la muerte de Daud en mayo) han dejado claro que ninguna figura prominente está a salvo.

Muchos dudan de que los insurgentes estuviesen realmente detrás del asesinato de AWK. Su muerte a manos de Sardar Mohammad, muy cercano a la familia, tiene más bien los tintes de una disputa personal.

Las opiniones de los miembros del Parlamento de Kandahar están divididas.

“Ahmad Wali Karzai estaba maltratando a otras tribus y su guardaespaldas acabó matándole”, afirma Shakiba Hashimi, quien señala que la férrea seguridad en torno a la residencia de Karzai en Kandahar impedía el acceso a los talibanes.

Pero Haji Mohammad Omar Nangyalia, otro diputado de Kandahar, no está de acuerdo. Sostiene que Karzai fue asesinado por quienes quieren torpedear el proceso de paz. “Ahmed Wali Karzai fue asesinado por los enemigos de Afganistán. Era una figura importante y un fuerte partidario de las conversaciones de paz en el sur”.

El Ejecutivo afgano rechaza especular sobre quién puede estar detrás del asesinato.

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