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viernes, 01/08/14 - 18: 18 h

Mundo

“Maté a 62 personas en el corredor de la muerte, pero debo vivir el presente”

María Torrens Tillack

viernes, 21/06/13 - 06:00

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  • El que fuera jefe del corredor de la muerte en el Estado de Virginia (EEUU) es ahora un firme luchador contra la pena capital.
  • Jerry Givens recuerda lo duro que le resultaba “administrar el veneno y ver cómo bajaba por la vía” al brazo del condenado.
Jerry Givens fue el jefe de los verdugos del Estado de Virginia (EEUU) durante 17 años

Mató a 62 personas. Por inyección letal o descarga eléctrica. Él apretaba el botón. Él ponía la jeringuilla en los brazos de los condenados y empujaba su extremo final para acabar con la vida de quienes ahora llama también “víctimas”. Y mientras, rezaba por el condenado y por la primera víctima. El que fuera jefe del corredor de la muerte durante 17 años en el Estado de Virginia (EEUU) es ahora un firme luchador contra la pena capital.

“Realizar una ejecución eléctrica es tan rápido, solo apretar el botón y la máquina hará el resto… La inyección letal es distinta, porque yo tenía la jeringuilla en mi mano y yo tenía que administrar el veneno y ver cómo bajaba por la vía. Te sientes más ligado [al acto de matar]”, recuerda ahora Jerry Givens con voz pausada y tranquila.

Durante aquel tiempo, siempre ocultó su tarea de verdugo incluso a su mujer. No quería dar problemas a su familia creando polémica entre los vecinos y conocidos. Admite que él estaba “muy a favor” de las ejecuciones, porque creía que “aquellas personas no merecían vivir, por lo que habían hecho”. Profundamente creyente, confiesa que esta reflexión no se la guardaba para él solo: “Se lo decía a Dios, pero no obtenía respuesta. Él nos permite tomar nuestras propias decisiones [y] yo lo iba a hacer de todos modos. Fue lo peor que podría haber hecho”.

Pero su secreto salió a la luz cuando en 1999 fue declarado culpable por un caso de lavado de dinero –en un juicio a puerta cerrada- y un periódico lo desveló. Cuenta que lo vio claro cuando le condenaron a 57 meses por un delito que -él mantiene- no había cometido. “Cuando fui sometido a un juicio injusto, creo que fue un mensaje de Dios, para decirme que no me necesitaban para hacer estas cosas [las ejecuciones]. No culpo a nadie por esos 57 meses, creo que fueron los cuatro mejores años de mi vida”.

No dejaba de pensar en las 62 personas a las que había ejecutado y el juicio al que habían sido sometidas, las personas que podían ser condenadas a muerte sin ser siquiera culpables. Para él, la solución ahora es una cadena perpetua, que se puede cambiar si aparecen nuevas pruebas que eximan al condenado. Ahora cree que solo Dios debe decidir cuándo debemos morir.

Sin embargo, hoy Givens no se lamenta por lo que hizo. “No siento arrepentimiento, porque sucedió. Yo no salía en busca de alguien a quien ejecutar. Tampoco lo disfrutaba. Cuando tomé el puesto de supervisor no teníamos a nadie en el corredor de la muerte, y me dije a mí mismo: ‘¿por qué iba alguien a cometer un crimen sabiendo que resultaría en su propia muerte? Es un suicidio’”.

Este hombre negro como el tizón asegura que es irrebatible el argumento a menudo esgrimido en EEUU contra la pena de muerte asegurando que las personas con menores ingresos –especialmente afroamericanos y latinoamericanos- tienen mayores posibilidades de acabar en el corredor de la muerte por un juicio injusto. Pero apunta: “Yo ejecuté a más blancos que negros”.

Aún se acuerda de los detalles de algunas ejecuciones en las que participó, pero no es algo que le quite el sueño. “La vida son solo 24 horas. Hay que vivir el presente”, repite como un talismán en esta conversación con lainformacion.com durante su reciente visita a Madrid para participar en el 5º Congreso Mundial Contra la Pena de Muerte.

“Ser verdugo no era mi trabajo principal, mi tarea era salvar vidas como supervisor del correccional. Así que me tenía que transformar de una persona que salvaba vidas a una persona que quitaría vidas. Esa transformación es muy difícil”, explica. Y añade: “Nunca gané dinero extra por ser un verdugo”.

Ahora es camionero. “Trabajo en las autopistas de Virginia, para hacerlas seguras. Estoy haciendo algo positivo, igual que venir aquí [a Madrid] y hablar con la gente”.

En un discurso que casi parece el de un convencido predicador, comenta a la informacion.com que “hablar puede llevar a otra gente a moverse en la dirección correcta y vivir una vida positiva, deshacerse de algo del odio que tenemos los unos hacia los otros, que lleva a algunos a matar y reemplazarlo con amor. Si te quieres a ti mismo, querrás a los demás”. De todas formas, subraya Givens, “todos tenemos una sentencia de muerte”, pero él hace tiempo que dejó de creer que deba ser un ser humano quien decida cuándo ha de llegar ese momento.

María Torrens Tillack

Responsable de la sección Mundo

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