Para los evacuados por la crisis nuclear que viven en un complejo de ocio en las colinas de Otama, la llegada de tres monologuistas ha supuesto un breve respiro de la vida posterior al desastre de Fukushima. Hay chistes, canciones y camisetas gratis. Pero el mayor éxito de la tarde es cuando los cómicos se meten con el atormentado primer ministro japonés Naoto Kan. “Nos sentimos enfermos por el modo en el que está manejando la crisis”, dice uno de los actores del trío.
El resentimiento sale a relucir fácilmente entre los cerca de 100 evacuados en Otama, todos ellos vecinos de ciudades demasiado cerca de la central nuclear de Fukushima Dai-ichi, que continúa sin estar bajo control tres meses después del terremoto y el tsunami.
Algunos de ellos se quedaron sin empleo cuando se ordenó la evacuación, que obligó a 80.000 personas a abandonar sus hogares sin saber cuándo podrán volver a ellos (si es que algún día pueden). Varios niños que viven en el complejo están siendo cuidados por familiares, mientras sus padres buscan trabajo en otras ciudades.
“Estamos todos aquí encerrados, y estamos empezando a estar cansados de esto”, dice Asami Igari, que espera poder encontrar un trabajo y una vivienda social en la cercana ciudad de Koriyama.
La casa que ella y su marido, un empleado de la central, tenían a 10 kilómetros de la accidentada planta nuclear es inhabitable. “Nuestra casa y nuestras tierras están arruinadas por la radiación, así que pueden pasar años antes de que podamos regresar”, asegura.
Pero pese a haber dejado atrás sus contaminadas ciudades, los evacuados no se han librado del todo de la sombra de la radiación.
Otama, a más de 56 kilómetros de Fukushima Dai-ichi, es una de las docenas de comunidades que registran lecturas anormalmente altas de radiación, lo que está provocando temor sobre los daños a largo plazo en la salud de sus habitantes, especialmente de los niños.
El mes pasado las escuelas de Otama retiraron capas de suelo contaminado de los patios de recreo.
En la escuela primaria Oyama, unos 225 alumnos tienen entre 6 y 12 años, la tierra está ahora enterrada, cubierta por lonas, en una zanja justo a la salida de la oficina del director, Hiroyuki Ando. “Nos preocupaban los altos niveles de radiación, así que consultamos a científicos y a las autoridades municipales de educación y retiramos el suelo nosotros mismos”, explica.
Los resultados fueron espectaculares. Aunque nunca fueron una amenaza directa para la salud, las lecturas de radiación en el suelo del patio de recreo pasaron de 1,32 microsieverts por hora a 0,25 microsieverts, aunque siguen siendo superiores a antes del desastre, cuando eran de 0,04 microsieverts.
La decisión del gobierno en abril de aumentar el máximo permitido de radiación seguro para los niños de 1 milisievert al año a 20 milisieverts provocó el enfado de los padres, que acusaron a las autoridades de ignorar las consecuencias potenciales a largo plazo para la salud de los niños.
Semanas después, el escarmentado Ministerio de Educación dijo que intentaría reducir el máximo de radiación para los niños a su nivel original. Pero sigue siendo una “intención”.
Pero el cambio de actitud en Tokio y el descenso de los niveles de radiación en los patios “descontaminados” como los de la escuela primaria de Otama no han conseguido tranquilizar a los habitantes.
A principios de la semana pasada una coalición de organizaciones cívicas y ecologistas de la zona de Fukushima difundieron una petición de emergencia exigiendo la evacuación de los niños y de las mujeres embarazadas de los “puntos calientes” de radiación fuera de la zona de exclusión.
“Dado que los niveles de radiación atmosférica no muestran indicios de disminuir, los habitantes de zonas fuertemente contaminadas seguirán soportando fuertes dosis de radiación, tanto externa como internamente”, dicen.
Greenpeace también ha demandado la evacuación de embarazadas y niños de la ciudad de Fukushima, a 65 kilómetros de la central nuclear, en donde dice que la gente está acumulando entre 10 y 20 milisieverts de radiación al año tan sólo con la exposición a la atmósfera.
“Eso es totalmente inaceptable”, denuncia Jan Baranek, jefe de la campaña de Energía de la organización ecologista. “Después del accidente de Chernóbil el gobierno soviético decidió evacuar a cualquiera que viviese en un lugar en donde la dosis anual superase los 5 milisieverts”.
Para solucionar lo que Greenpeace ha calificado de “limbo informativo” las autoridades municipales van a distribuir en septiembre medidores de radiación a los 34.000 niños de la ciudad, después analizarán los datos mensualmente para evaluar los riesgos por posible acumulación de exposición a radiaciones.
Ando coincide en señalar que las autoridades no han dado suficiente información sobre los riesgos a largo plazo para los niños, que dada su juventud podrán ser más susceptibles a desarrollar cáncer de tiroides o de otro tipo cuando sean adultos.
“La mayor parte de los padres aquí se mostraron firmes a la hora de remover el suelo del patio, aunque el Gobierno insista en que no hay riesgos. No sabemos los efectos que tendrá la radiación en unos 10 o 20 años”, añade.
En los pueblos alrededor de Fukushima, una zona ya bastante despoblada, la compleja realidad posterior a la catástrofe significa que Otama, un pueblo hasta ahora de sólo 8.600 habitantes, verá cómo su población se multiplica debido a la llegada de refugiados nucleares.
Más de 20 alumnos de la escuela primaria Oyama son recién llegados, evacuados de las ciudades de Tomioka y Minamisoma. Se espera que haya unos 80 más a lo largo de este verano. Cuando todas las viviendas provisionales estén terminadas, el pueblo tendrá unos 2.000 nuevos vecinos.
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