sábado, 11/02/2012 - 22:18 h
Un puñado de países viven bajo una fuerte influencia de partidos ultraderechistas. En la gran mayoría de casos se trata de formaciones que han ido sumando adeptos en los últimos tiempos gracias a haber conseguido que su mensaje xenófobo y euroescéptico calara en una sociedad cada vez con más inmigrantes y, en los últimos años, abocada a la crisis.
Sólo hay un país en la Unión Europea capaz de emular la inestabilidad política italiana y es Bélgica, constantemente amenazada por el riesgo de escisión inminente debido a las tensiones entre flamencos (neerlandeses, en el norte del país, la zona más rica) y valones (francófonos, en el sur del país, la zona más pobre). Al albur de dichas tensiones, el Vlaams Belang (“Interés flamenco”), un partido xenófobo, homófobo y ultranacionalista, se ha convertido en una fuerza clave en el país.
Aunque es un partido joven (se fundó en 2004), en realidad su aparición supuso la refundación del ultraderechista Vlaams Blok, ilegalizado por sus postulados tras más de 30 años de historia. Bajo uno u otro nombre, los ultras belgas han ido experimentando un continuo ascenso: controlan la segunda mayor ciudad del país (Amberes) con más de un tercio de los votos (PDF), en las elecciones estatales flamencas de 2004 sumaron un 24.2% de los votos (casi doblando el 12.3% de 1995 y el 15.5% de 1999) y formó parte del desaparecido grupo europarlamentario de extrema derecha Identidad, Tradición y Soberanía. En estos últimos comicios han conseguido dos escaños en el Parlamento Europeo, con un 9,85% de los votos.
La complejidad política de Bélgica es tal que hay que separar los resultados electorales de ambos bloques para poder verlos en contexto. No obstante, a pesar de que en las elecciones estatales de Valonia carecen de representación, la fotografía de los resultados nacionales muestra un crecimiento más lento, aunque constante: en las últimas elecciones, las de 2007, consiguió un 12% de los votos, (por el 11% de 2003 y el 10% de 1999). En las europeas no les ha ido tan bien: se han quedado sin representación tras sumar sólo el 1,33% de los votos.
En la zona francófona del país se repite la tendencia, aunque con una representación menor: la delegación belga del Frente Nacional de Le Pen ha pasado de un 4% de los votos en 1999 a conseguir el doble en las elecciones estatales de 2004. La conclusión se antoja terrible: el destino del país que representa el corazón de Europa, constantemente amenazado por el riesgo de escisión (el ex primer ministro llegó a presentar su dimisión tres veces), puede estar en manos de dos partidos ultranacionalistas enfrentados.
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