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jueves, 24/07/14 - 08: 39 h

narcotráfico

Holanda se ha hartado del turismo del porro

Paul Ames | GlobalPost

martes, 09/02/10 - 06:45

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Tras las quejas de sus países vecinos por la proliferación de lugares de venta en las zonas fronterizas, las autoridades holandesas están poniéndoselo cada vez más difícil a los coffee shops para mantenerse abiertos. Pero no sólo eso, sino que los propios dueños de estas peculiares cafeterías han llegado a proponer convertirlas en clubes privados para evitar la entrada de turistas en visita relámpago al país para consumir marihuana.
Escaparáte de una tienda de venta de semillas y cannabis en el centro de Ámsterdam (Holanda)
(Ámsterdam, Holanda). En un salón, alejado de la calle y destinado a la venta de hachís, un joven espera pacientemente. Lleva un piercing en el labio inferior y una gorra de béisbol con imitaciones de piedras preciosas. Se inclina sobre la barra para hacer su pedido. “Chocolate caliente, por favor”, dice en un inglés con un fuerte acento extranjero. “¿Con crema?”, pregunta el joven camarero del 420 Café. “Sí, gracias”.  

Un grupo de adolescentes ingleses también bebe lo mismo. Sus buenos modales contrastan con sus camisetas con diseños de heavy metal. Sobre ellos, una enorme pantalla muestra un documental sobre la vida de las aves en Antártida. Un pingüino protege a su cría de una gaviota mientras dos chicas españolas debaten si ‘colocarse’ con “White Widow” o “Blueberry” –algunas de las marcas de marihuana en la carta- o tomar un trozo de la “torta espacial”, hecha con mantequilla de cacahuete, chocolate y marihuana.  

En el interior de este bar centenario, convertido ahora en coffee shop, da la impresión de que el consumo de drogas en Ámsterdam se ha moderado desde que el Gobierno holandés despenalizó el hachís a finales de los años 70. “Algunos miembros de mi tribu y, creo que también me puedo incluir, son considerados ciudadanos respetables”, afirma Michael Veling, propietario del 420 Café. “Incluso tenemos una relación comercial con Hacienda”, explica Veling quien también es portavoz de la Asociación del Comercio Minorista de Hachís, un grupo que reúne a más de 700 coffee shops que venden drogas legalmente en Holanda.  

Han pasado 30 años y Ámsterdam sigue atrayendo a jóvenes turistas que lo único que quieren es fumarse uno o dos porros sin tener que estar vigilante por si viene la policía. Sin embargo, la actitud de los holandeses comienza a cambiar. Los diversos gobiernos conservadores de los últimos años han aumentado las restricciones a la venta de hachís y los jóvenes del país se sienten cada vez menos atraídos por los coffee shops. En noviembre pasado, un informe del centro de control de drogas de la Unión Europea desveló que los jóvenes holandeses fumaban mucha menos marihuana que los de los países vecinos. Según el estudio, un 11,4 por ciento de los holandeses entre 15 y 24 años había consumido hachís durante el año anterior, una cifra inferior al 14,3 por ciento de hace ocho años. Holanda ocupa el décimotercer lugar entre 23 naciones europeas, detrás de países como España, Italia y la República Checa, que duplican la cifra holandesa.  

En el 420 Café, los únicos clientes del lugar son un grupo de cincuentones, amigos del dueño, que se muestran contentos mientras escuchan la música de Frank Zappa y Jimi Hendrix. “No es tan emocionante [para los chicos holandeses] como lo es para otros jóvenes. Además tuvimos una educación y una actitud de tolerancia, de modo que nuestros hijos tienen conocimiento de las drogas”, explica Veling. “Nuestros clientes son principalmente de Inglaterra y EEUU, pero debido a la crisis también ha aumentado el resto de europeos. El verano pasado vinieron los primeros grupos de chinos, de clase media, que creo que es un mercado prometedor”. 

Veling es una persona especial entre los propietarios de coffee shops, porque es miembro activo –y también fue regidor- del partido Llamada Demócrata Cristiana del primer ministro Jan Peter Balkenende, el grupo político que ha tomado medidas drásticas contra la venta de droga en Holanda. Los coffee shops ahora pueden vender un máximo de cinco gramos por cliente, comparado con los 30 gramos de hace unos años. En 2007, se puso en marcha una norma para impedir la venta de hachís en los lugares donde se servía alcohol, lo que quiere decir que los coffee shops tienen que elegir entre drogas o alcohol. Eso explica que el café, el té y el chocolate sean las bebidas "fuertes" del 420 Café. Además, está prohibida la publicidad del hachís, por lo que no pueden usar la clásica imagen de la hoja de marihuana que aparece en las camisetas que venden las tiendas de souvenirs.  

Muchos ayuntamientos no dan licencias para la apertura de nuevos coffee shops y actúan rápidamente para cerrar aquellos que infringen las normas. La prohibición de fumar tabaco en todas las cafeterías y bares holandeses –aplicada en julio de 2008- los perjudicó seriamente, porque los cigarrillos de hachís normalmente se mezclan con tabaco. Ahora ya no hacen caso a la restricción. “Existe una gran variedad de normativas absurdas”, explica Fredrick Polak, un veterano y defensor de normas más flexibles con las drogas. “No funciona, es contraproducente… el Estado no tiene que interfirir en lo que quieran hacer los ciudadanos adultos y lo que quieran meterse en el cuerpo”. 

Polak, un hombre de cabello blanco de 67 años, es psiquiatra y trabaja en la unidad de drogodependientes de Ámsterdam. Dice que las autoridades holandesas han cedido a la presión de las naciones vecinas, preocupadas porque muchos de sus jóvenes compraban droga en Holanda y la llevaban a sus países. Las autoridades francesas, belgas y alemanas están particularmente preocupadas por la aparición de lugares de venta en ciudades fronterizas, por ello el Gobierno holandés se ha propuesto atacar el “turismo de las drogas”.  

Las localidades de Bergen op Zoom y Rosendaal, cerca de la frontera belga cerraron seis de los ocho coffee shops que tenían el año pasado después que los habitantes de esas localidades se quejaran del ruido y el comportamiento de los más de 25.000 “turistas” que pasaban por el lugar cada semana.

En Maastricht, al sureste del país,las autoridades locales han propuesto convertir los coffee shops en clubs privados sólo para miembros, lo que en la práctica mantendría a los visitantes extranjeros de entrar en estos locales. Chechkpoint, el coffee shop más grande del país, ubicado en la frontera con Bélgica en la localidad de Terneuzen, se cerró en 2008. Pero hasta entonces atendía a unos 3.000 clientes diarios. 

Polak se queja de siga habiendo elementos criminales que tengan un papel en el mercado del canabis debido a una anomalía en la ley: está permitido el comercio minorista, pero no al por mayor, lo que -según él- en la práctica obliga a los dueños de los coffee shops a obtener su materia de redes criminales, involucradas igualmente en exportaciones ilegales, etc.
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