martes, 29/05/12 - 13: 51 h
(Ciudad de Guatemala, Guatemala). Sandra ya no sale por la noche. Vive en una de las zonas más notorias de Ciudad de Guatemala, con calles convertidas en zona de guerra por pandillas rivales. Eran como fuegos artificiales: pop, pop, pop, por todas partes. Así recuerda Sandra los disparos de una noche particularmente activa de hace unos meses (no nos quiere decir su apellido por razones de seguridad).
Al día siguiente se encontraron cuerpos esparcidos por toda la ciudad y por su barrio, El Limón, una serie de destartalados bloques de pisos de hormigón. Al menos 50 personas, la mayoría pandilleros, murieron en los dos días de ese fin de semana de agosto. Fueron tiroteados, estrangulados y apaleados hasta la muerte. Si se compara, podría sería el equivalente a 170 asesinatos en la ciudad de Nueva York, que tiene una población tres veces mayor y una media de cuatro asesinatos cada fin de semana. Aquel fue el día con más muertes del año en una ciudad que se ha convertido en sinónimo de crimen. Ese día también fue el último en que Sandra salió de casa después del atardecer.
La violencia es igual a buena reputación
Las pandillas son el elemento clave de una oleada criminal que está paralizando Guatemala. Sus habitantes, como Sandra, se sienten impotentes y asustados frente a la falta de límites de estas bandas, en donde se aceptan e incluso se jalean los crímenes más abyectos. Esta pandillas son además especialmente peligrosas, porque están en los primeros estados de su evolución, según explica Luis Rodríguez, autor de Always Running: La Vida Loca, Gang Days in L.A. y antiguo miembro de las pandillas del este de Los Ángeles (EEUU).
Las pandillas de América Central se diferencian de las de Los Ángeles en que operan sin reglas, explica Rodríguez, que también ha estudiado el barrio de Sandra. Todos se pavonean como los pandilleros de Los Ángeles, todos tienen símbolos, tatuajes, señales, pero no tienen la estructura. Todavía son demasiado jóvenes para haber desarrollado cualquier tipo de estructura, afirma. En los primeros tiempos de las pandillas de Los Ángeles, violar a una mujer era una buena manera de hacerse con una reputación. Yo conocí a un tipo que había violado a docenas de mujeres.
Según Rodríguez, las pandillas de esa ciudad evolucionaron y se dieron cuenta de que las tácticas brutales manchaban su reputación. Era malo para los negocios. Así que pararon. Las pandillas en Guatemala no han llegado aún a ese punto, dice.
Origen de las pandillas guatemaltecas
Muchas pandillas guatemaltecas tienen sus raíces en Los Ángeles. Durante la época de las guerras civiles centromericanas de la década de 1980 muchos salvadoreños terminaron refugiándose en los barrios hispanos de la ciudad californiana. Allí crearon maras, pandillas con nombres en honor a su país. La más famosa fue la Mara 18, en recuerdo a la calle 18 en San Salvador, y la Mara Salvatrucha 13, porque decían que los fundadores de la pandilla eran más listos que las truchas.
Los miembros de aquellas pandillas acabaron siendo expulsados de EEUU y rápidamente se desperdigaron por América Central. Aunque se echa la culpa de gran parte del crimen en el país a los cárteles mejicanos de la droga, algunos analistas dicen que los pandilleros guatemaltecos también tienen mucho que ver en la situación.
Diego, un niño moreno de 14 años que vive en un barrio con amplia presencia de las pandillas, asegura que cuanto más temerario sea el delito, mejor para la reputación de uno. Dice que las pandillas (él vive en una zona en donde operan tanto la Mara 18 como la MS 13) ya le han tratado de reclutar, pero que no se ha sumado a ninguna.
Si haces la peor cosa del mundo, te conocen, nos dice antes de que un amigo que se siente a su lado le indique que se calle.
Violaciones a mujeres y niñas en las cárceles
Las autoridades de Guatemala han creado grupos policiales para acabar con las pandillas, y ya han detenido y encarcelado a líderes conocidos por los sobrenombres de "El Diablo", "Sonrisas" y "Psycho".
Pero encarcelar a los pandilleros afecta relativamente poco a sus operaciones. Es más, las cárceles (y en especial una cercana a la casa de Sandra, en la Zona 18, en donde se encierra a los miembros de la Mara 18) sirven como centros desde donde se reparten órdenes.
Las cárceles son tan porosas que los miembros de las pandillas pueden dirigir sus organizaciones criminales desde dentro de ellas. Sus compañeros les llevan comida, dinero, teléfonos móviles y quizás incluso mujeres, explica Harry E. Vanbden, un profesor de la Florida Southern University que ha estudiado la cultura pandillera de América Central. Los guardias de las cárceles son tremendamente corruptos. Se puede meter dentro casi cualquier cosa, dice.
Sandra fue precisamente una de esas cosas. Cuando tenía 16 años fue llevada contra su voluntad a una cárcel y allí la violaron.
Me cogieron en una calle a unas manzanas de mi casa, y me dijeron que matarían a mi familia si no iba con ellos, recuerda. Me llevaron a la cárcel y me violaron. Dos hombres, uno detrás de otro. No lo recuerdo todo. He dejado de recordar.
La historia de Sandra no es la única. Un médico en una clínica de su barrio afirma que ha tratado a niñas de hasta 14 años que dicen que han sido violadas en la cárcel.
Aquí nos llegan mujeres o niñas que vienen de la cárcel. Las han violado y se sienten indefensas. No quieren denunciar los crímenes porque les da miedo, dice María Oliva, una psicóloga que trabaja con mujeres violadas en una clínica cercana a la cárcel. Es muy habitual.
Oliva asegura que en un año ha tratado a docenas de mujeres y niñas violadas en prisión, una estructura sin paredes que se encuentra en medio del vecindario. Otros dentro del sistema carcelario cifran la cantidad de violaciones en cientos.
La actuación de las autoridades
En diciembre de 2008, Global Post recibió una carta de un funcionario de prisiones de alto rango dirigida a la dirección del sistema carcelario. El texto afirmaba que un menor había sido violado dentro de la cárcel y que el jefe de los guardias no hizo nada por evitarlo.
Los funcionarios de prisiones aseguraron que estaban investigando las denuncias de violación, pero que no encontraban testigos. Es muy difícil de verificar, porque las niñas están bajo coerción y no cuentan nada a los guardias. ¿Cómo podemos ayudarlas si no dicen nada? dice Leida Juárez, una portavoz de prisiones. Es complejo, porque hay pandillas de fuera de la cárcel que están involucradas y ahí no tenemos poder, no tenemos control.
Juárez dice que los prisioneros han encontrado la forma de controlar y dirigir a los miembros libres de sus pandillas a través de sus teléfonos móviles. A principios de este año, el gobierno bloqueó la cobertura de telefonía móvil en las zonas alrededor de las cárceles para evitar que los prisioneros pudieran hacer llamadas. Las autoridades habían descubierto que los miembros de las pandillas habían estado aprovechando esas llamadas para ordenar crímenes y dirigir operaciones de tráfico de droga.
Además de cortar la cobertura, también transfirieron a algunos de los criminales más peligrosos, incluyendo a Sonrisas, El Diablo y Psycho- a una nueva prisión, fuera de la ciudad.
Su encarcelamiento alivió muy poco a Sandra: Pueden coger a cualquiera. Son el demonio. Les da igual a quién hacen daño.
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