miércoles, 22/05/13 - 04: 11 h
Bangkok, 7 mar (EFE).- Después de sufrir los abusos del régimen vietnamita, de atravesar las junglas y de sobrevivir en un campo de refugiados de Camboya, la odisea de la familia Bahnar, considerada apátrida, se prolonga, como ocurre con todas aquellas que aguardan ser acogidas por algún país.
Bangkok, 7 mar (EFE).- Después de sufrir los abusos del régimen vietnamita, de atravesar las junglas y de sobrevivir en un campo de refugiados de Camboya, la odisea de la familia Bahnar, considerada apátrida, se prolonga, como ocurre con todas aquellas que aguardan ser acogidas por algún país.
Los cuatro integrantes de esta familia de la minoría étnica degar, o montañeses en Vietnam, forman parte de la legión de 12 millones de apátridas que, según la ONU, repartida por el mundo.
Atrapados en un "limbo legal" y excluidos de la asistencia por la mayoría de las organizaciones humanitarias, los degar, que viven esparcidos por varias zonas montañosas de Indochina, denuncian que sufren la desatención internacional, la carencia de derechos y la persecución por parte de las autoridades de Vietnam.
Aseguran que al régimen comunista de Vietnam le irritan sobremanera sus creencias cristianas y el hecho de que se aliaran a las fuerzas estadounidenses durante la guerra (1965-1975).
Los Bahnar, que se identifican con un apellido distinto al real para evitar represalias a parientes que dejaron atrás, escapó de Vietnam y ahora vive en un pequeño apartamento de Bangkok habilitado por la Fundación del Comité Tailandés para los Refugiados.
En este piso comparten espacio la madre, Van, de 37 años, con su hijo de 10 y su hija de 13, y Duyên, una pariente de 27.
Están considerados apátridas de facto, es decir, aquellos que tienen formalmente nacionalidad, pero esa ciudadanía no les brinda protección efectiva.
"En Vietnam, la Policía nos detenía constantemente porque somos cristianos, no teníamos libertad. Mi marido murió a los tres días de salir de la cárcel por las palizas que le dieron", relata a Efe Van.
En su aldea, la familia sufría constantemente abusos por parte de la Policía, que le llegó a requisar los móviles para que no llamaran al extranjero, y a los pequeños se les prohibió acudir a la escuela o al dispensario médico.
Las represalias, incluidos los arrestos y torturas, se recrudecieron en su aldea cuando hace unos ocho años los degar decidieron manifestarse en protesta contra la prohibición de celebrar servicios religiosos.
Tras enterrar al progenitor, la familia Bahnar cargó dos maletas con sus pocas pertenencias, sorteó los controles policiales y escapó de Vietnam por la frontera con Camboya.
Tras andar durante tres días a través de la jungla, Van y sus dos hijos llegaron a Camboya, donde se reunieron con Duyên en un campo de refugiados de Naciones Unidas.
"Mi hijo tuvo que ser tratado en el hospital por problemas en la piel a causa la travesía", explica la madre.
En el campo, como el resto de los cerca de 600 refugiados, tenían derecho a dos kilogramos escasos de arroz por persona a la semana y a emplear para su aseo personal el agua que era reutilizada porque no había suficiente para todos.
Unos siete meses después, y ante la amenaza de una repatriación a Vietnam, la familia Bahnar escaló las alambradas del recinto y atravesó Camboya de este a oeste para cruzar la frontera tailandesa.
La familia sobrevivió en la ciudad de Chiang Mai, al norte de Tailandia, gracias a la ayuda humanitaria prestada por una agrupación, hasta que la Policía les envió a un centro de detención de Bangkok, donde pasaron un año y ocho meses.
"Las mujeres y los niños dormíamos sobre mantas en el suelo en un cuarto común, donde no había sitio suficiente. Sólo podíamos salir al patio dos veces por semana, durante una hora y media o dos y la comida siempre era escasa", recuerda Duyên.
Tailandia no reconoce el estatus de refugiado o apátrida porque el país no es firmante de las convenciones al respecto de la ONU, pero liberó a la familia, en respuesta a las gestiones de la Fundación del Comité Tailandés, sobre la base de que la legislación local protege a los menores.
Ahora, los Bahnar confían en que Naciones Unidas les brinde la oportunidad de acogida en un tercer país.
Los niños, que durante la odisea han aprendido algo de tailandés e inglés, acuden mientras tanto a un colegio de Bangkok e incluso han sido vacunados de la hepatitis A y B, el tétanos y la polio.
"Se encuentran física y mentalmente bien. Les ha venido bien estar con la madre. Tienen una actitud abierta, sin miedo a hablar", explicó la doctora Kobkul Wattanawong, del hospital BNH en el que fueron atendidos.
Por Gaspar Ruiz-Canela
(Agencia EFE)
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