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Domingo, 02/08/15 - 16:22 h

Mapas sin mundo

Domingo, 27 de enero del 2013 - 01:42

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Nos queda mucho por aprender en cuanto a cultura política. Un presidente como Obama, que casi pierde las últimas elecciones debido a las dificultades por las que atraviesa la economía norteamericana, ha dedicado la mayor parte de su discurso de investidura a verbalizar la pasión por la igualdad que anida en la genética de aquella sociedad. La economía es crucial, determinante, pero, a la hora de enfatizar un compromiso con los ciudadanos, hay otros valores que preponderan y que resultan más íntimamente comunes al conjunto de la población. En realidad, un análisis pormenorizado de la alocución no descubre conceptos nuevos, transgresores, que desborden el perímetro de los lugares de siempre. Pero no hace falta: la pasión y la honestidad con las que son articulados los descubre como enteramente actuales y emocionantes, con ese valor raro de las palabras que, bien dichas, asientan realidades resistentes y duraderas. ¿Desde cuándo en España no se ha escuchado un discurso verdaderamente emocionante, capaz de hacer co-partícipe al oyente de lo que se está exponiendo, hasta el punto de que se sienta creador de esa realidad? ¿Quién participa en este país de las palabras del otro si no es desde el punto de vista de un partidismo mediocre y empobrecedor? Desde el sentimiento de superioridad que nos otorga ser parte de la vieja Europa, siempre miramos al otro lado del Atlántico con la sonrisa condescendiente de quien mira a un niño grande: quizás, tantos siglos de historia ya solo sirvan para no tener nada que decir, para fosilizarnos en el desprecio sistemático de todo aquello que constituye la diferencia, la diversidad. Creemos que lo tenemos todo conseguido cuando, en realidad, no poseemos nada. La credibilidad que agarrábamos con las manos se ha escurrido como un puñado de arena fina: ni un solo rastro de ella, nada de auténtico en lo que tocamos -a lo sumo, en los momentos de máximo esplendor, nos comportamos como malos recicladores de antiguayas sentimentales que nos arrojan al abismo de lo patético-.

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