El ser humano lleva ya algunas décadas enviando mensajes a las estrellas. Unas veces de forma no intencionada (emisiones de radio o televisión) y otras con todo el conocimiento de causa, como ocurre con el disco que viaja a bordo de la sonda Voyager, actualmente en los límites del sistema solar. Un disco que está recubierto con una fina película del isótopo 238 de uranio, cuya finalidad es que la potencial raza alienígena que lo encontrase fuese capaz de determinar su edad.