Cómodamente vivía el Madrid allá por el minuto 15, cuando el marcador enseñaba un demoledor 34-19. Aquello parecía finiquitado. Clifford Luyk, en vista de los hechos, decidió mover el banquillo y hacer partícipes del festín a los no habituales. Cinco minutos después llegó el descanso y la ventaja del Madrid dormía en la basura (35-32). La profundidad del banquillo blanco empieza a ser parecida a la de un guá. Al Madrid le sostienen, y no siempre, sus cinco titulares y Santos en labores defensivas.